por Roberto “Beto” Araújo
Corsico era un gran caminador.
O sea,
que sabría montar es muy posible,
todos lo sabían por aquellos tiempos,
y no hay razón para pensar
que Corsico fuese diferente,
pero en verdad adquirió notoriedad
en tiempos de montas por andar a pie,
y entonces se acostumbró a andar a pie.
Hay quienes dicen que eso de andar a pie, se lo agarró a cuenta de que cuando era mozo, anduvo enredado en amores con la hembra de un estanciero dueño de horizontes, votos, haciendas y mujeres por las bandas de Buen Retiro, y en cierta ocasión un rival que lo tenía entre ojo y ojo, lo vendió al cojudo a cuenta de adulonería nomás y de rencor también, y el padrillo le armó una redada.
En tal estado, el Caudillo esperó una noche de luna nueva, y cuando lo supo adentro del rancho, ordenó rodear la morada de la querida y entró a chumbearla desde afuera. Corsico, sabiéndose rodeado, no tuvo más remedio que salir a la disparada.
Quiso montar, pero ni bien le sacó la manea al pingo, el overo asustado salió a la desbandada y todos los matones salieron en su procura, sin ocurrírseles que el paisano pudiese haber quedado a pie.
El hombre se fue caminando tranquilamente.
Decía Corisco y repetía, que dos veces pasaron por su lado al galope los de la partida de matones, sin prestarle la menor importancia, como si un hombre a pie, literalmente no existiera.
Claro que Corisco no los detuvo para darles explicaciones, enderezó pa la frontera y se hizo humo.

Caminando se salvó, y a puro paso de su andar parsimonioso llegó a Sao Borja, en procura de un capataz amigo que servía en los campos de los Goulart. Y por allá se quedó.
Eran principio de los años 20 y por esas vueltas de la vida acabó enredado con gente vinculado al movimiento tenentista, entre los Flores da Cunha y los Borges de Medeiros y otros de esa línea y acabó conociendo y afiliándose a la línea de pensamiento de un joven teniente, carismático y de vocación revolucionaria, llamado Luis Carlos Prestes, con el que conformó los primeros cuadros del incipiente partido comunista brasilero.
Cuando Prestes fue trasladado a Bahía y después a Rio de Janeiro, Corsico siguió a pie la peregrinación, en procura de reencontrar a su gurú ideológico, con el que había planificado ejecutar la revolución mundial.
Al pasar por el sertao nordestino, es mordido por una serpiente venenosa en el talón. Y ya en agonía, es atendido y curado por la gente del bando del Cangaso de Lampiao, e inmediatamente se suma a su gente, en el entendido de que en el cangaso habían semillas de revolución. Acompaña al cangaso por seis largos años, siguiendo de lejos el nacimiento de la columna Prestes, y cuando la columna revolucionaria avanza sobre el Nordeste, intenta sin éxito lograr que se unan, pues aparece la figura del Padre Cícero, quien le pide personalmente al Capitán Virgulino Ferreira (Lampiao), que se una al ejercito en el combate a la Columna de Prestes.
Contaba el mismo Corsico, que personalmente le pidió permiso a Lampiao para ir a incorporarse a la Columna Prestes y que el Capitán no solo le concedió autorización, si no que le pidió que le dijera a Prestes que no entrara al sertao, pues si lo hacía, él mismo debería combatirlo, atendiendo a un pedido del padre Cicero y ese no era su deseo.
Caminó cuarenta leguas por entre el seco sertao nordestino, entre el ejército y los cangaseiros y llegó a incorporarse a la columna Prestes. Después, la columna caracoleó por el Norte y se disolvió en Bolivia.
Allá por finales de los 70, caminando Corsico llegó nuevamente a la frontera, y se estableció en un ranchito entre las canchas del 14 de Julio y del Gremio santanense. Se lo veía por los atardeceres en su parsimonioso caminar por los alrededores del Sobradinho, conversando con la gurisada y haciendo alguna changa como estibador en los galpones de Zatar o Altamira.
Cuando los rastros del veneno de la serpiente comenzaron hacerse reuma en sus huesos, ya no pudo andar con la rapidez parsimoniosa que lo caracterizaba y se lo veía sentado en frente a su rancho entre la cancha de 14 de Julio y Gremio santanense. Fue cuando el Dr Apoitia le consiguió una pensión de guerra que le sirvió para ir tirando.
Algún vecino caritativo se le ocurrió, colgarle una campana de bronce frente al rancho con una piola que colgaba en la puerta, así, si por ahí Corisco precisaba de algo era solo tirar y los vecinos corrían en su ayuda.
Fue en un domingo de Gre-Cua, cuando la gente venía llegando a borbotones al estadio, que lo encontraron muerto tirado a medio metro de la piola. Se había atorado con un hueso de pollo. Quiso llegar a tirar de la piola, pero los pasos no le alcanzaron, pues por caprichos del destino, aquel que salvó la vida caminando leguas y leguas por selvas y sertoes, pampas y montañas, no pudo dar dos pasos en su propio rancho, para avisar que un hueso de pollo se había atrancado en el garguero.
Y por ahí termina la historia de este gaucho de a pie, que a pie recorrió los senderos de la vida, que le tomó el apodo a un célebre cangaceiro y que murió cuando ya no pudo dar un par de pasos.
otras publicaciones del autor



















Como siempre y ya es una muy buena costumbre, un relato muy ameno y llevadero.
Muy buen relato
Muy buen relato💗