El escribidor

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por Wilson Frechero



El índice derecho de Manuel
indicaba el lugar donde se encontraba
ese Faber 2B entre otros lápices,
lapiceras y marcadores
que meticulosamente se acomodaban
bien alineados en los estantes de esa papelería.
Siempre compraba de a uno.



Parte de su infancia, Manuel la había vivido en casa de su abuelo. Un viejo sin antecedentes intelectuales pero ávido de la lectura, lo que lo llevó en parte a subsanar esa deficiencia. De ahí que en su casa, aparte del patio embaldosado bajo la parra, al lado de un humilde galpón para herramientas y su pedazo de tierra para plantar, la biblioteca jugaba un papel muy importante
Fue así que Manuel, en una aburrida tarde de domingo, hurgando en la biblioteca de su abuelo, entre un viejo astrolabio de bronce, monedas antiguas, postales de letra cursiva casi ininteligible, una lupa con el cristal rajado, miles de libros y estampillas de los lugares más recónditos del mundo y ese típico olor a moho seco que desprenden los libros a lo largo de los años, descubrió entre unas láminas descoloridas con un velado color rosado, tres fotografías de los Prisioneros de Miguel Ángel.


Esas imágenes lo conmovieron de tal forma que, separándolas, las colocó sobre el piso de madera dura donde se quedó un buen rato parado para poder apreciarlas. Aquellos cuerpos que en un terrible esfuerzo intentaban fugarse del bloque de mármol, reflejaban en su tensa musculatura el deseo de salir de esa prisión fría y sólida.
Fue ahí donde, maravillado por su descubrimiento, se formó la idea de que casi todas las cosas estaban dentro de algún objeto y que dependía de la intuición y sensibilidad de cada uno, poder descubrirlas y así sacarlas a la luz. Había que utilizar dos elementos fundamentales, la herramienta adecuada y la
paciencia.

Manuel, impulsado por ese pensamiento y el deseo de encontrar la historia más hermosa del mundo, intentó el resto de su vida convertirse en escritor. Su pasión lo llevó a pensar que las obras literarias estaban escondidas dentro de algún lápiz, donde solo había que tener tesón y confianza de que, en algún
momento, el milagro ocurriría.
Y como todo explorador, soñaba ese día, donde de aquellos garabatos sin ningún sentido empezara a fluir esa historia soñada tanto tiempo y cuya excitación le impedía parar, hasta concluir con el último trazo de grafito en el punto final de la misma.

Obsesionado con la idea de que Cien Años de Soledad o La Peste, o París era una Fiesta, solo estaban en estado de letargo dentro de un lápiz y que afortunadamente, pero no sin falta de intuición, Gabo, Albert Camus o Hemingway habían sabido descubrirlas, dedicó el resto de su vida a consumir lápices buscando aquella pieza escondida tan preciada.

Supo investigar con qué tipo de lápiz escribían los autores, pensando que ello le aumentaba la posibilidad de encontrar otra obra digna de ser descubierta, de poder forzar en algo y obligar a la historia a surgir, a declarase libre de aquella prisión, y a manifestarse, por fin, al igual que Los Prisioneros.
Y así pasaba las noches, los ojos rojos con el sabor a grafito en su boca, rodeado de papeles arrugados o rotos que desbordaban la papelera noche tras noche en un enjambre de tachones. Esperando que en la otra oración apareciera, atrapante, la bella historia, que despertara emociones en cada oración, que hiciera recordar y evocar a quien la leyera en una lucha incesante al no poder dejar de leerla hasta el
final en una especie de droga imposible de abandonar

Había decido escribir a la noche, para él, eran esas horas donde las posibilidades de descubrir algo eran altamente favorables.
Nunca lo dejo de intentar, pero de los lápices solo salían algunos escritos que reflejaban pálidamente pequeños hechos autobiográficos, o historias que resultaban ya contadas o escritas, o incluso incoherencias ficticias sin ningún hilo conductor. Y aunque a veces los escritos sugerían alguna posibilidad de originalidad y el entusiasmo renovaba la expectativa, al poco rato se encontraba delante de unas pocas frases sin ningún valor aparente.
O si no, unos pensamientos aislados se intentaban unir forzadamente a trozos de imágenes diferentes que iban perdiendo contacto con la idea original resultando en una especie de Frankenstein literario.

Para Manuel eso se transformó en una forma de vida, pensaba que todas las cosas había que saber esperarlas ya que se encontraban latentes en algún lugar escondidas. A tal punto que lo mismo fue con todos sus vínculos. Para él, la maldad era solo la coraza del bondadoso, el egoísmo solo el escudo del solidario.
Lo mismo fue con aquella mujer llena de indiferencia y frialdad, esperaba el momento en que saliera aquella de la cual se había enamorado perdidamente y que trató de descubrir durante todos los años de convivencia. El sabía que en algún lugar, escondida, estaba allí esperando, obstinadamente oculta, aquel hecho que la sacara a la luz, como una pupa que en su fase de crisálida se transforma finalmente en una hermosa mariposa.

Muchos años lo fue intentando, pero nunca perdió la esperanza y ante las actitudes de desprecio e indiferencia, Manuel redoblaba la intención del encuentro mágico y definitivo.
Es de suponer que ante tan inverosímil visión de la realidad y de la vida, Manuel se fue apartando de la misma y su mundo se transformó en una realidad virtual donde esperaba encontrar lo que no existía, pero a su vez era la razón por la cual seguía intentándolo.

Acá, querido lector, prefiero dejarte diferentes opciones para el final de esta historia, ya que supongo que con tu buen criterio y experiencia lo harás optando por la que más acorde te parezca.

Manuel, en su sinrazón, tenía en apariencia una visión positiva, siempre esperó confiado encontrar esa veta del mineral precioso que tienen las cosas, pero también escondía el miedo a la realidad. El miedo a dedicar una vida a la búsqueda de una quimera que no existía.
Y si alguna vez se dio cuenta de que el mismo se había construido su propia prisión, evitaba de inmediato cualquier atisbo de tal pensamiento.

Dentro de él también había otra persona, pero quizás se dio cuenta tarde o sin más, se refugió en la escritura para evitar encontrarse con ella.
Hasta que una tarde, en su escritorio, ya cansado de escribir, acomodó los últimos escritos en un montón de hojas que se agrupaban en un extremo de la mesa y se apoyó en el borde de la misma, para separar la silla un poco y así poder levantarse.
Por la ventana se veían algunos techos grises que reflejaban el mismo tono que el cielo de marzo y las hojas de los plátanos, ya más ocres que verdes, teñían la tarde de algo especial.

Terminó de levantarse apoyando las manos en los posa brazos y se dirigió a un viejo mueble familiar de caoba clara, donde guardaba su impresionante archivo de escribidor. Al intentar abrir la puerta se cayó la tela que cubría la luna central del mueble y quedó de frente al espejo biselado enmarcado en esa vieja pátina amarillenta que dejan los años.
Y ahí estaba él, o lo que quedaba de él. Y sin dejar de mirarse y asombrarse un poco de lo que el tiempo le había dibujado bajo sus ojos y los pómulos marcados por sendas curvas que se unían a la comisura de sus labios algo resecos, el reflejo de su rostro le comenzó a decir:

Lo intentaste Manuel….
Y sin asombrarse, con una pequeña mueca de sonrisa triste, después de pestañear varias veces, le responde

–Si, llegue a escribir hasta 8 horas en un día. Quería asombrar al mundo, con algo que influyera en la vida de la gente, que me estudiaran en las escuelas, que fuera la edición permanente de las editoriales.
Mientras lo decía su cara se volvía a iluminar, incluso en un momento miró hacia arriba como una forma de reverenciar la gloria, lo supremo.

A lo que la imagen continuó.
Y construiste tu propio bloque de mármol. ¿Cuál es la gran obra Manuel, que diferencia tiene cualquier escrito con la gran obra? Es muy poca la diferencia.
Es lo mismo que puede escribir cualquiera, pero con formas edulcoradas, proporcionadas, con ritmo, no es un tema de contenido. Es un tema de como contáis esa historia, y además, no está escondida. Vos la escondiste como pretexto.

¿Cuál pretexto?

El de contar la historia de tu propia impotencia…

Manuel se calló. Siguió mirando unos largos segundos su imagen en el espejo, ahora inmóvil y dura. Dura como sus últimas palabras. Un pequeño pero agudo dolor se le instaló en el esternón, donde apoyó su mano derecha como intentado evitarlo al tacto.

Luego de un rato, agachó su cabeza, se miró las manos semi abiertas con las palmas hacia arriba, rozó con el pulgar derecho el callo sobre el índice formado por tanta horas de escritura, para terminar de abrir la puerta. Allí, extrajo aquel montón increíble de escritos ordenados en los diferentes estantes y los ubicó en el piso, al lado de la papelera.
A su vez, tomo la caja de infinitos toquitos de lápices gastados de diferentes marcas acumulados durante toda una vida y los volcó sobre aquel montón de hojas llenas de palabras que hablaban de cosas tan comunes y simples como del amor de la muerte y la traición. De esperanzas y engaños, de borrones y
manchas de café.

Arrimó la silla hasta ese sitio. Tomo la vieja lámina de Los Prisioneros, que aún conservaba clavada con chinchetas en la pared interior de la puerta del mueble archivo de caoba, y luego se sentó, pero esta vez apoyando sus codos en las rodillas. Colocó la lámina sobre aquella montaña de ideas, sacó una vieja caja de fósforos que siempre le gustaba hacer sonar en su mano mientras intentaba lidiar con alguna nueva ocurrencia, tomó dos o tres de ellos y fue prendiendo la pila en su parte inferior por diferentes puntos, asegurándose no tener que intentarlo de nuevo.

Al poco tiempo, el aire de la habitación se llenó de pequeñas mariposas negras volando nerviosas en un perfecto remolino, cuya boca se hacía cada vez más grande. En la humedad de sus pupilas se veía reflejada la llama que cada vez se hacía mayor. Llenó sus pulmones de aire, el poco que quedaba, se recostó hacia atrás y cerró los ojos definitivamente.


Manuel siguió escribiendo y a pesar de los pocos resultados, nunca renunció a su búsqueda. Siempre con aquel sueño recurrente. No bien se dormía, comenzaba a correr por aquel inmenso campo, donde se encontraba, balanceándose una gran muñeca rusa.
Y al parecer alcanzarla, la muñeca se caía y dentro de ella salía una menor que se alejaba aún más. Y así sucesivamente, cuando parecía alcanzarla, de la muñeca salía otra y comenzaba a alejarse nuevamente, hasta despertarse en un estado de exaltación sudorosa, pero convencido de que en algún momento lo conseguiría.

Y a pesar de que la artrosis le dificultaba seguir escribiendo como antes y la vista cansada le hacía acercarse a la hoja a una distancia mínima para poder releer sus textos, Manuel era feliz, ya que siempre mantuvo la esperanza.
Esperanza de encontrar a esa mujer de la cual se había enamorado, de abrazar al amigo que lo había traicionado, de encontrar la historia más linda del mundo y donde podía ver la belleza en lugares que nadie la encontraba. Y se dio cuenta de que cada uno de los hombres están formados de historias y quizás buscó en los lápices lo que simplemente tenía que buscar adentro.

Manuel parecía dormido, así lo encontró la señora que periódicamente le hacía la limpieza. Recostado hacia atrás, el mentón contra el pecho escondía una suave sonrisa que denotaba una profunda expresión de paz y tranquilidad.
Y bajo su mano, que aún apoyaba en la mesa, un conjunto de hojas donde se podía leer, con perfecta letra manuscrita, uno de los textos más hermosos sobre el alma humana. Manuel a través de la vida de un hombre, demostraba a la mentira como necesaria para su convivencia social, mientras su entorno evitaba continuamente el dolor de la verdad absoluta.

Quizás Manuel encontró el lápiz que tanto buscaba, o simplemente esa noche, en la eterna pradera de sus sueños, pudo alcanzar y abrazar a la última muñeca rusa.

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