por Karina Ruiz – Diaz
Corría el año 53,
cuando un grupo de amigos de entre 18 y 25 años,
decidió crear un club en el barrio.
Los nombres que se barajaban eran tres,
pero cuando uno de ellos tiró sobre la mesa una caja de fósforos marca “Victoria”,
el trato quedó sellado.
Surgía así, el “Centro Social y Deportivo Victoria”, alma de Jacinto Vera.

Pasaron meses entre trámites y vueltas para obtener la habilitación, finalmente, el 23 de diciembre de ese año, se inauguraba la sede en un galpón de chapa situado en un terreno municipal en Itapebí y Joaquín Requena, con salida a Lorenzo Fernández. Utilizaron para la sede el garaje de una casa a cuadra y media por Itapebí, hasta el año 59.
Así lo contaron a aconteceres el presidente de la institución, Fernando Gómez y Diego Santana una tarde gris, en la cual se podía ver a un grupo de niños que, a pesar de la tenue llovizna, jugaban a la pelota en la cancha de este club de puertas abiertas.
“Allí juntaban a los socios, iban recaudando dinero, hasta que se pudo hacer la primer obra, una pieza que hoy forma parte del club. Posteriormente comienzan a traer escombro y cercan un perímetro, logrando hacer una cancha de básquetbol, con piso de bitumen”.
Una vez realizada la mudanza al predio actual, el club estuvo siendo auditado por el Ministerio de Educación y Cultura (MEC), pues no podía ser una institución con fines de lucro, debía contar con cierta cantidad de socios y tenía que cumplir diversos requisitos. Finalmente en el año 65, se logra la personería jurídica oficialmente.
Los primeros deportes que se desarrollaron fueron Patín, Ciclismo y Fútbol 11, siendo afiliados a AUFA (Asociación de Fútbol Amateur). Se practicaba Patín en Rodríguez Larreta, entre Guadalupe y Colorado, ya que eran las únicas calles que no eran empedradas.

“En la década del 60 se dejan todas estas disciplinas centrándose en el básquetbol, permaneciendo hasta 1975 afiliados en todas las categorías a la Federación de Básquetbol.
Posteriormente nos afiliamos a Fútbol de Salón hasta 1984. Habían dos divisionales, A y B y se logró ascender a la categoría A, pero era muy costoso porque exigían jugar en gimnasios cerrados. Todos esos factores, sumados a la situación económica que se arrastraba desde el 82, llevó a la desafiliación, explicaron Gómez y Santana.
“Volvemos a tener actividad deportiva por el año 92, en Futsal, el que también tuvo una pausa y se retomó en 2004, teniendo una buena participación y logrando triunfos importantes”. De hecho quién visita el Club puede ver algunos de los varios trofeos ganados en estas disciplinas.

El rol social del Club se fue modificando a través del tiempo, “antes no había internet, el centro de información era la peluquería, el almacén o el club. Se venía a la sede al mediodía del sábado y era donde se hacía el aperitivo y se reunían hasta 60 personas, la barra no se veía.
De noche pasaba lo mismo, la gente venía a jugar truco, billar, ajedrez. Para saber que pasaba en el barrio había que venir al club”, contaron.
En 1972 se tira todo el rancho de chapa y se realiza la actual construcción, que se puede diferenciar por los distintos niveles de los techos. Se hacen los dos baños, se trasladó la cantina y se mantuvo la cancha como estaba. En el año 82 se construyen los vestuarios y en 2002 el salón de fiestas, multiuso, con dos baños, que se utiliza para diversas actividades.

A la fecha son una decena de murgas las que ensayan allí a lo largo del año, convocando a los vecinos que asisten a sus ensayos en las nochecitas tibias de verano. Los niños pasan su tiempo libre en la cancha y el club está abierto para quién desee acercarse.
“El Victoria” se sustenta con la cuota social que es muy económica. Las murgas que ensayan allí pagan solo por diez integrantes, cien pesos cada uno, más allá de que estén integradas por más personas. Eso hace unos mil pesos al mes por murga y tienen derecho a hacer uso de las instalaciones coordinando los horarios.

Hay gimnasia para gente adulta, yoga y comenzará en breve un taller de teatro.
Paralelamente hacen uso de las instalaciones del club en forma gratuita distintos grupos. El Abrojo, que coordina un grupo de barrido otoñal integrado por madres solteras, en convenio con la Intendencia de Montevideo, utiliza el salón del fondo y parte del vestuario. Lo hacen desde 2013.
Hace poco firmaron convenio con otra ONG, Pro Amigos, que trabaja con niños y están coordinando para hacer distintas actividades con los chicos.
La Escuelita de Fútbol de los domingos es honoraria. Los Boy Scouts utilizan la plaza, pero los días feos usan el salón del fondo, donde tienen su depósito, se reúnen allí y salen a realizar sus actividades.

Pero no solo la gente va al club, en varias ocasiones y mostrando justamente como esta institución es parte de la esencia del barrio, es el club quién va a la gente. Así pasó cuando, por ejemplo, se hizo un evento para recaudar fondos y ayudar a una maestra del barrio que luchaba contra el cáncer, o cuando realizan peñas para ayudar a quién lo necesita.
Por todo esto, es que cuando a principios de setiembre la Intendencia de Montevideo clausuró la sede, el dolor, incertidumbre y ganas de ayudar a revertir la situación, fue enorme.
Las redes sociales difundieron la situación y no faltaron las muestras de apoyo y testimonios que daban cuenta de cómo “el Victoria” marcó positivamente la vida de tanta gente. “Al club de barrio lo hace grande su gente”, “Mi segunda casa mi club mi barrio”, “Un lugar solidario para aquellos que lo han necesitado. De encuentro, de enseñanzas. Toda una historia”, “Un Club Victoria tan lleno de vida, que nos dió momentos de felicidad ,tardes de juntarnos con amigos ,murgas y más”…

Desde Estados Unidos, Brasil, Suecia, Noruega, Israel, escribían para preguntar cómo podían ayudar. A través de Change.org se juntaron unas dos mil quinientas firmas para apoyar al Victoria, a las cuales se sumaron más, llegando a las tres mil. Desde internet al puesto de Ricardo, que funciona junto al club, la gente se movilizó para no perder algo tan esencial para el barrio y su gente.
También para Fernando y Diego supuso un golpe inesperado. “Es mi segunda casa” cuenta Diego. “Todos los días paso a ver como está todo”. Fernando señala que el club es tan parte de su vida, que las cenizas de su padre las esparció en el árbol que está frente al club, el que justamente fue plantado por su padre.
Finalmente se logró su reapertura y se trabaja intensamente para que la comuna renueve la concesión del terreno.
Hay optimismo y ganas, pero sobre todo compromiso de un barrio que necesita de este espacio para continuar creciendo y fortaleciendo ese espíritu de comunidad, que desde siempre reinó en sus calles de adoquines.














Muy bueno! Concientizar y abrir mentes para que se concienticen a sí mismos. Trabajo de hormigas cono lo planteaba Mao. Sigamos!!!