De tesoros y entierros

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por Roberto “Beto” Araújo

Según mi amigo, historiador y antropólogo Fernando Miraballes,
hay más oro enterrado en la campaña del norte uruguayo y sur del Brasil, de lo que podría haberse encontrado en el mítico Dorado de Atahualpa.


Y justificaba su teoría en el hecho de que el estanciero fronterizo de finales del siglo XIX y principios del XX, por una cuestión de idiosincrasia, no confiaba en la escasa e incipiente estructura bancaria de aquel entonces y tampoco tenía medios más seguros de garantizar su capital efectivo, que transformarlo en oro y enterrarlo en un sitio seguro y secreto.

Y para colmo había mucha plata por la vuelta, y más que plata, “oro”, pues los negocios se hacían, cerraban y pagaban en libras esterlinas.  
En otras palabras, en monedas de oro.
Y como no abundaban los bancos, los potentados de entonces se las ingeniaban para esconder enterrando el fruto de sus ganancias y es por eso que hubo y hay por ahí, mucho dorado metal enterrado, que viene alimentando la fantasía de cazadores de tesoros profesionales y aficionados.
Porque si es verdad que mucho de eso se ha recuperado, mucho más aún está bajo tierra.

Es muy común escuchar en las tertulias folclóricas de una cocina campera, historias y leyendas de uno y otro, que de la noche a la mañana se topó con una olla de hierro sellada y lacrada, repleta de libras y otras monedas del mismo porte.
Y no ha de ser tarea sencilla calibrar con certeza cuánto hay de sonante y cuanto de fantasía en todas esas narraciones, pero tenemos elementos para proponer que, en términos prácticos, toda la ilusión se queda corta ante la dimensión de un tesoro diseminado por ahí, entre piedras y barrancos.

Cuenta una leyenda que la familia Mascarenhas, de célebre memoria en la frontera, perdió tres tesoros cuando “la parca” se llevó de sopetón a los depositarios de tales secretos.
El primero de ellos, Don Antonio Mascarenhas, de origen cruzado entre tano e irlandés, había acumulado una fortuna en sus años de tropero y contrabandista y una noche de finales de 1890, cuando se rumoreaba un alzamiento revolucionario en Rio Grande del Sur, después de haber recibido la visita del viejo caudillo Joca Tigre y degustado un suculento guiso de charque, muere de repente, ciertamente víctima de un golpe de hipertensión.
Y con él se fue el oro que hacía el erario de su joven familia.

Su viuda, ayudada por un capataz de apellido Antúnez Maciel, quien luego la tomaría por esposa, reconstruye su fortuna a cuesta del contrabando de armas para las fuerzas insurrectas de las huestes federalistas de Gumercindo Saravia.
Pero el destino parecía haberse ensañado con la fortuna de la viuda de Antonio Mascarenhas, pues dícese que en cierta ocasión, cuando despuntaba el año de 1905, el nuevo rico, al intentar vadear una picada crecida por las bandas de Cerrillada, muere arrastrado por la corriente.
La viuda no pudo ver a su estirpe recuperada, pues pese a que con mucho sacrificio su prole pudo levantar cabeza y armarse de un nuevo botín, que otra vez fue a parar en el fondo de una olla sellada, ya la matriarca había fallecido, aparentemente víctima de la gripe española del año 1918.

Poco tiempo después, otro infausto acontecimiento sepulta en la leyenda la fortuna de los Mascarenhas , pues Antonio (hijo), depositario del secreto del tesoro de la familia, cae de sopetón fatídicamente en una riña por polleras, en un bar de mala muerte en los arrabales de Rivera.
Hay quienes dicen que en verdad el mentado habría revelado sus secretos a una amante, una bailarina de un cabaret de Livramento , la que años después se habría hecho de los depósitos escondidos, pero todo eso es materia de leyenda y de difícil constatación histórica.

De una u otra forma, todo esto es pasto que alimenta la fantasía, no siempre infundada, de que por las quebradas de la Subida de la Diligencia, duermen aún los tesoros de la infausta familia.
Asi como allá, por campos de Sarandí de Arapey, aún hoy hay quienes rastrean la memoria de un voluminoso tesoro que, según versión folclórica, su dueño, un inglés tan rico cuanto avaro, antes de morir habría señalado que “aquel que encontrara la piedra de afilar, no necesitaría más trabajar”.

Siendo así, es sano, productivo y quizás rentable, seguir escudriñando los muros de piedras, los panteones abandonados y las marcas indelebles de los antiguos ombúes, donde Jesuitas y hacendados, fueron enterrando el fruto de su ahorro por décadas.

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