por Roberto “Beto” Araújo
Anabela fue regente de quilombo
durante toda su vida.
Me contó cierta vez el viejo Salvador Devida,
que creo para el caso habían andado enredados en amoríos,
que en sus tiempos de esplendor,
Anabela había regenteado burdeles grandes
por Santa María, Santiago, Garibaldi y más allá aún.
Pero cuando yo la conocí,
apenas tenía un “kekito” de mala muerte,
con dos o tres veteranas ya por retirarse del oficio,
en una vieja casona entre el Registro y El Prado,
en medio de un descampado que después se hizo rancherío,
y ahora creo que ya es una zona roja.
En verdad, por no decir que nunca fui al Keko de Anabela, debo confesar que una mañana fui a buscarlo al Panela, que se había internado allá después de una velada afortunada en la cancha de taba del Turquito.
Fuimos con Fernandinho y lo sacamos medio muerto, porque se había tomado todo, y las nenas, a falta de clientes, se la habían tomado por sparring.
Pero en verdad yo a Anabela la conocía de los tiempos de los autos doble chapa, cuando tenían que ir a la Aduana a hacer la vistoría anual, y ella tenía un Maverick plateado año 73, modelo 74. Nunca entendí lo que significaba eso, pero creo que debiera ser algo importante, pues Anabela lo repetía con frecuencia; “Año 73 modelo 74”.
Por aquellos tiempos el Viejo tenía su escritorio como anexo al de Rosita y durante las vacaciones nos tocaba hacer alguna changuita para ayudar a parar la olla, haciendo algún removido, atendiendo el teléfono o yendo al telégrafo, o algún otro mandadito del ramo.
Y fue ahí donde conocí a Anabela, que más allá de su estampa educada, formal, siempre bien maquillada y con un perfume floral que a veces “saturaba” y llegaba a ahogar, era dicharachera y a veces boca sucia.
Al final era, según ella misma admitía y repetía, nada más ni nada menos que “una puta vieja”.
Pero además, Anabela era espirita, de las primeras que vi dar la cara como tal y también tenía anexo al Keko un algo parecido a un templo espirita, si es que la doctrina Kardesiana admite el concepto de templo en su preceptos ecuménicos.
Y mas allá de la transgresión inherente a su condición de quilombera, lo que más dolor de cabeza le trajo en la vida fue su condición de médium espirita. Pues gracias, o por culpa de eso, más de una vez tuvo que pernoctar en los húmedos antros de un calabozo.
“O que nao pasei por puta, pasei por espirita”, solía decir Anabela, cuando el vino la desinhibía y se volvía meditabunda y reflexiva.
Es que en verdad por alguna razón cada vez que algún incidente político policial sacudía el convulsionado ambiente de la frontera, Anabela se veía involucrada de una u otra manera.
Cuando los Cuña mandaron matar al Dr. Ripol, en uno de los mas hediondos crímenes políticos de la historia fronteriza, uno de los involucrados la mencionó en sus declaraciones y allá fue Anabela a dar explicaciones a la justicia.
Cuando Pancho Goes matara a Camilinho en la línea divisoria, la primera en ir a declarar fue precisamente Anabela.
Cuando los milicos mataron a los comunistas frente al Cine Internacional, adivinen quien marchó a la delegacia a prestar declaraciones…
Pues si, allá fue la gran Anabela, es que en verdad de alguna forma (o mundana o esotérica), Anabela siempre tuvo algo que ver con lo sucedido, ya sea porque en el antro quilombero los secretos se develan con mayor facilidad, o ya sea porque en verdad Anabela era poseedora de poderes extrasensoriales místicos.
Lo cierto es que ella le avisó al Sastre Suárez que no fueran a la pintada porque iba a“haber chumbo” e iba a correr la sangre, y hubo chumbo y corrió la sangre.
También es verdad que Anabela le había advertido a la mujer de Camilo Gisler que aquella noche no saliera a la calle, y pese a que la mujer le dijo y le suplicó que se quedara, el Contador positivista y escéptico no le dió importancia y siguió con su rutina, y terminó con un chumbo en la cabeza.
En el caso de la muerte del Dr. Ripol la cosa fue mucho menos mística, apenas se la acusó de dar abrigo al asesino después que se fugara Brasil adentro.
Lo cierto es que Anabela siempre andaba enredado en los líos de la elite política de aquellos tiempos.
“Paguei o que nao fiz, pelo que fiz e nao paguei” solía decir Anabela cuando referían a sus ingratas detenciones, y en verdad según versión de su amigo, confesor y quizás amante Salvador Devida, Anabela tenía en su haber un crimen muy horrendo, del que jamás había sido responsabilizada ni juzgada.
Si bien hay quienes aluden a que refería a la muerte aparentemente accidental de su padrastro, un mulato borracho y degenerado que la violara desde su más temprana infancia, el que se jactaba de haber afilado el cuchillo de Adao Latorre durante el degüello de Puntas de Rio Negro en la Federalista del 93. En realidad, según el viejo Salvador, lo que martirizaba a Anabela, era la infinidad de abortos que había obligado hacer a sus pupilas, durante los años de su reinado en la Noche Bohemia de la Frontera.
Según me contara el viejo Salvador, la noche en que dejaba para siempre su condición de Receptor de Aduana para jubilarse, Anabela le había confesado que se había iniciado en el espiritismo, el día en que tuvo idea de la dimensión de sus crímenes.
Y desde entonces hizo de su gestión una misión tanto carnal cuanto espiritual.
Desde principios de los 90, le perdí el rastro a Anabela, pero según me contara cierta vez Valente, la mítica meretriz murió en una casa de auxilio a la vejez en un arrabal de Quarai. Refería Valente que él la vió, escuálida, doblada por la demencia y quebrada por una artrosis agresiva.
-“Parecía un mamboretá” (Lavadios), decía Valente.
El otro día, mientras entraba a Santana por el lado del Prado, me topé con las ruinas de lo que un día fue el Kekito de Anabela y me chorrearon los recuerdos de su estampa refinada, de su léxico perverso, y de su perfume saturado que veces ahogaba, así como de su abnegada resignación de pagar lo hecho por lo no hecho, en un criterio de justicia que pospone la justicia humana en pos de la divina.


















Está buena la pintura del personaje, uno de tantos, mezcla de realidad y ficción, con la característica propia de la cercanía de la frontera.