por Mauro Barboza
Capítulo I – Una nueva vida.
Cuando tenía once años,
me vine con mis padres y un hermano más chico
a vivir a Montevideo.
Con lo que pudo salvar de un naufragio económico familiar,
mi emprendedora madre alquiló una casa con muchos cuartos,
una de aquellas antiguas casas de barrio,
con techos de bovedilla y patio con claraboya,
y se dedicó a alquilar habitaciones.
Era ésta una ocupación lucrativa por aquellos tiempos. Contó para todo ello con el imprescindible apoyo de una hermana, que se había aventurado a vivir en la capital unos años antes, cortando el cordón umbilical con una familia “a la antigua”, cuando se dio cuenta de que iba para solterona y que más le valía tomar de la vida lo que ella daba hoy, sin andar todo el tiempo interrogando al mañana.
Así, que a mis once años, me vi instalado en una enorme casona, donde mi madre alquilaba una decena de cuartos, en los cuales vivían unas veinte personas, muchas de ellas en constante recambio.
Enfáticamente afirmo que me hice entre aquellas paredes, y aquellas personas extrañas a mi familia tuvieron mucho que ver con mi formación y mi amplia aceptación del mundo en toda su diversidad. Haciendo una revisión somera, recuerdo con asombro que conviví con una mayoría de estudiantes, pero también empleados y empleadas, obreros y obreras, deportistas, muchachas de “vida alegre” y muchos más, un mundo abigarrado y múltiple como el de las ventas cervantinas, que hasta tuvo su Quijote, un caballero alto y elegante, de prosapia familiar pero venido a menos, de cuyo nombre no quiero acordarme.
También recuerdo al pasar a un campeón del mundo del treinta, ya viejito y con pocos recursos, ¡cosas de la vida! Se llamaba Pablo Dorado y solía visitarlo un vecino nuestro llamado Pedro Cea, en este caso campeón del primer mundial de fútbol y también de los Juegos Olímpicos del 24 y el 28, Amsterdam y Colombes (París), pertenecientes a una generación invicta, de los que dijo un comentarista argentino: “serán campeones mientras puedan caminar”.
Pero en ese entonces yo los miraba con respeto y cierta admiración cuando se sentaban a conversar en la puerta del cuarto a recordarse cosas pasadas y hablaban con familiaridad de otros campeones, como Leandro Andrade, José Nazassi, Álvaro Gestido y muchos más, a los que yo conocía por referencias de mi padre, gran aficionado y conocedor de las cosas del fútbol, como cualquier uruguayo por aquellos años.
Con el tiempo, me enteré que ambos habían anotado goles en la final del Mundial que Uruguay ganó a Argentina en 1930 por 4 a 2, y que sus nombres estaban grabados para siempre en la historia entre los primeros campeones del mundo, ¡casi nada lo del ojo! Para mí eran sólo dos viejitos simpáticos charlando de glorias pasadas, que a comienzos de los años sesenta no eran tan pasadas ni tan extraordinarias, era algo natural, era todavía el Uruguay campeón del mundo, como el Uruguay no hay, la Suiza de América y todo eso.
Pero no lo digo en tono de crítica, al contrario, entonces éramos felices, quiero decir el Uruguay todo, aunque no lo sabíamos, que acaso sea la única forma de la felicidad. O quizás idealizo aquel mundo porque tenía sólo doce años y había oportunidades para todos (o casi, y convivíamos con campeones del mundo, políticos, intelectuales, artistas, como si tal cosa. Si lo pienso bien, estábamos un tanto aislados. Después el mundo nos atrapó y nos metió en esa otra realidad, de la pobreza creciente y todas las lacras que ella trae y también llegaron la represión, la confrontación entre uruguayos, el intervencionismo ruso- americano, Vietnam, la Guerra Fría, que de repente se volvió caliente por estos lados, en fin, todo eso…
Pero no todos los deportistas que conocí en aquella pensión fueron campeones ni mucho menos. Por allí pasaron futbolistas y basquetbolistas que bajaron a la capital a probar fortuna. Algunos llegaron a primera división aunque no fueron famosos, y otros tuvieron que volverse frustrados al lejano norte del cual provenían.
Y también conviví con muchos estudiantes, la mayoría de los cuales tuvieron que regresarse a sus departamentos natales sin título ni nada, apenas con un par de años de facultad, que en el mejor de los caso les permitía por aquellos tiempos aspirar a un cargo de profesor de secundaria en alguna ciudad del interior.
Pero varios fueron también los que obtuvieron su título y hoy son profesionales notorios y/ o políticos, sabido es que en el interior un “Doctor” con un poco de labia tiene muchas posibilidades de candidatearse. Alguno llegó inclusive a diputado y a intendente. Pero entre aquellos jóvenes entusiastas y ambiciosos “que llegaron”, hay uno que recuerdo en especial, porque siempre concitó mi admiración, entonces y ahora. Médico, científico, filántropo, líder sindical y poeta, sí, poeta, y lo digo enfáticamente, notable poeta.
Por aquella época intentó iniciarme en dos actividades, una de ellas inútilmente, ya que quiso enseñarme a jugar al básquetbol, deporte para el que soy negado, mientras que él, por si he olvidado decirlo, había integrado la selección de Rivera y aquí en Montevideo jugó en un par de equipos de primera división, mientras sus estudios se lo permitieron, uno de ellos Nacional, el club de sus amores. Su otro intento tuvo mucho más éxito, creo: me inició en la lectura del gran Antonio Machado, contribuyendo a convertirme en el gran lector que desde entonces he sido. Ser humano entrañable, renacentista, se llamaba Juan Carlos Macedo, el Doctor Juan Carlos Macedo, y sugiero leer sus libros de poemas Durar I y Durar II, dos de los mejores textos poéticos del Uruguay de los setenta.
Saldada esta deuda, retomo el hilo principal del relato, situándome nuevamente en esa limbática región ubicada entre la memoria y la ficción nostalgiosa, que a la vez me enriquece y me disculpa por algunas inconfesables confesiones.
Siguiendo con el recuento no taxativo, frecuenté y me entreveré con obreros y empleados, artistas e intelectuales, jubilados y vividores, varones y mujeres, hice amigos y amigas, algunos de los cuales aún conservo, y me inicié en cierta zona de la vida “adulta”, cuando aún yo no lo era, al menos no en toda la acepción del término.
Debe leerse aquí “mujeres”, muchas mujeres, de todos los oficios y todas las edades. Mujeres de pensión. Una especie de increíble riqueza, de increíbles posibilidades de exploración y conocimiento. Quien no las ha conocido creo que se ha perdido una parte fundamental de su educación: una estadía, aunque sea pasajera, un tránsito, por esos lugares donde lo femenino deja de ser esencia y misterio, para convertirse en algo próximo y tangible, en lo constituyente y reparador de la condición humana masculina. Ellas me enseñaron a amar a las mujeres.
(Próxima entrega: Capítulo II – Primeras Experiencias)



















Otro buenísimo de Mauro!! Cómo me gusta lo que cuenta y cómo lo cuenta!!
Los cuentos de Mauro tienen esa condición literaria de transportarte al tiempo, al barrio y a las anécdotas, como si las estuvieras viviendo en persona. Me gustan mucho sus cuentos.