Por los tiempos de don Luis Roux (II)

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por Prof. Mauro Barboza

Cap.2  ¡Hasta nunca, Sonora Borinquén!

El fin de la adolescencia fue una buena época. Salvaba con facilidad los exámenes de Preparatorio sin necesidad de estudiar más de cuarenta y ocho o setenta y dos horas para cada uno, ¡una ganga!, tenía algún peso en el bolsillo porque trabajaba como cadete, noches de lujuria con Mirta, y una barra de amigos despreocupados y alegres con los que compartía unas cuántas cosas: charlas interminables, partidos de fútbol y ajedrez. Algunas escapadas a la Ciudad Vieja y también a los bailes para jóvenes rebeldes de los sesenta, como el llamado “La Cueva de los Moon Lights”, donde tocaba mi amigo el Pepe, baterista, y alguna visita a los cines prohibidos como el Hindú. Fue en este cine donde vi por primera vez “El Silencio”, obra maestra de Ingmar Bergman que se exhibía con una Franja Verde que advertía de su contenido “pornográfico”(!).

Para los entendidos: una de las grandes películas de todos los tiempos, el alma y la carne enfrentadas en una dura batalla por el sentido de la existencia humana. Y muchas charlas intelectuales, de boliche, cerveza y muzzarella por medio, donde se discutían durante horas los temas que interesaban al uruguayo más o menos instruido de fines de los sesenta: cine, literatura, política y por supuesto fútbol, ¡faltaba más!  También recuerdo una incursión fallida por el famoso Palacio Sudamérica, hoy “el Interbailable”, que en aquel momento tenía tres pistas, una tropical, una de tango y una de rock, que convivían sin roces, algo impensable hoy día. Sucede que le caí a una pendeja que estaba con una barra, y cuando quiero ver se me vienen al grito de “¡esa mina es nuestra!”, retirada urgente para salvar la integridad, rataplán, rataplán, ¡y hasta nunca Sonora Borinquén!

Sí, era una buena vida… Pero todo llega a su fin. Para mí el “fin”, que no fue tal, sino un cambio de vida que llegó cuando ingresé al IPA, después de un par de años lamentables en la Facultad de Derecho, que estaba muy lejos de constituir mi vocación. De esta etapa recuerdo que recién ingresado, un primo mío que ya andaba por su décimo año de facultad me presentó a una persona que extendió su mano y dijo: “Hola, soy Luis Alberto Lacalle Herrera, futuro presidente del país”. Pudiera parecer soberbia, pero los años y los hechos le dieron la razón. Nunca lo voté, pero respeté y aún respeto su vocación política y su fe en sí mismo.

Pero como decía, antes el ingreso al IPA fue lo que cambió mi vida, luego de estudiar durante algunos días en la tranquilidad de una estancia de Treinta y Tres, en la cual me introduje impúdicamente como agregado, aprovechando una invitación hecha a la ligera, casi sin querer, rendí un exigente examen de ingreso y una noche inolvidable para mí, un treinta de abril, conocí el resultado de admisión. ¿Por qué inolvidable? Un par de horas antes había obtenido la confirmación de mi primer empleo serio, luego me dirigí al IPA, que estaba en Sarandí y Misiones, donde un solemne Jorge Medina Vidal leyó los resultados del concurso, y mi nombre apareció rápidamente, colmando mi expectativa sin mayores angustias. Feliz crucé la Plaza Independencia, bajo una lluvia intensa que apenas percibí, e ingresé al Palacio Salvo, donde estaba el club de ajedrez Los Trebejos, y esa noche le gané al entonces doble campeón uruguayo Otto Benítez por un torneo abierto, en una de las partidas que más recuerdo por todos los ingredientes mencionados. ¡Qué día eh, uno de los mejores de mi vida, sin duda!

En el IPA me encontré con una generación de jóvenes brillantes, a los cuales frecuento muy poco hoy en día, pero fueron mis compañeros y amigos de aquellos años. Estaban Roberto Appratto, Premio Bartolomé Hidalgo hace un par de años, Carlos Manuel Varela, varias veces ganador del Florencio a la mejor dramaturgia nacional, Napoléon Baccino, Premio Casa de las Américas, Alfredo Fresia, Juan Carlos Mondragón, hace años docente en la Sorbona de París, Eduardo Milán, todos escritores y poetas de renombre hoy en día, y muchos más, que contribuyeron a galvanizar mi vocación literaria, junto a docentes increíblemente brillantes como Jorge Medina Vidal, José Pedro Díaz, Carlos Real de Azúa, Jorge Albistur, entre otros. Trabajaba de día, estudiaba de noche, los sábados tenía una novia “en la casa” y los domingos de mañana jugaba al fútbol en el Liverpool Universitario. También frecuentaba el desaparecido Café Antequera, frente a la Plaza Independencia, donde había noches de ajedrez y charlas culturales, cuyo rey indiscutido, al menos en la barra que yo integraba, era un veterano ajedrecista y filósofo, don Luis Roux, quien se merece un capítulo aparte.

Pero el tiempo no daba para todo, comenzaba a padecer la maldita finitud del tiempo humano, tanto en un sentido existencial como en un sentido práctico, cotidiano. Algo tenía que sacrificar, y fue el ajedrez, una pasión que tuve que dejar de lado durante varios años, que posiblemente, sólo posiblemente, hubieran sido mis mejores años, entre los veinte y los treinta. Pero la vida es así, te exige hacer opciones, elegir permanentemente. Cada mujer una vida, cada opción vocacional una vida, cada trabajo, cada barra de amigos, cada afición, hasta la elección de un lugar para vivir implica una vida diferente, y no hay más remedio que aceptarla. Así son las cosas, y a la distancia creo que pude haberme equivocado alguna vez, pero en general no me aparté demasiado del camino que me había trazado. Soy el que debía ser, y lo más importante, sigo creyendo como Oscar Wilde que “el único pecado es la frivolidad”.

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