por Mauro Barboza
Una parte de mi vida,
que hoy considero fundamental para mi “educación”-puede tener otros nombres-
transcurrió en una pensión del barrio del Cordón.
Esa pensión la regenteaba mi propia madre,
mujer emprendedora que se vino del interior
cuando la cosa empezó a andar mal
y se dio cuenta que mi padre no podría sacarnos del pozo,
que estaba dispuesto a arrastrar una vida provinciana
y sin objetivos hasta el fin de sus días
con un signo de fatalidad impreso en la frente.
Yo era un botija de once años, con un pasado pueblerino, de calles de tierra, que transitaba casi diariamente a través de la frontera con ticholos, azúcar y yerba brasileña por mandato de mi madre. Tenía entonces mi propia barra, y era feliz trepando árboles, “corriendo panaderos”, jugando a la pelota en la calle polvorienta por la que rara vez transitaba un auto: de hecho era más frecuente que pasara algún carro tirado por caballos. Sin embargo me adapté muy fácilmente al nuevo ambiente metropolitano, fue una época de mi vida que considero feliz.
Mi adolescencia transcurrió en un “barrio barrio”- Toyos dixit-, “cuándo había barrios en Montevideo”- aquí la cita es de Benedetti-, como era en esa época el Cordón recostado al Sur y Palermo, cercano a la costa. Fue una época de entreveros futbolísticos con los botijas del bajo Palermo, que la sabían lunga, seguramente más que nosotros, los del Cordón Sur, pero que orgullosamente debo decir que no se la llevaban de arriba, en ningún sentido. Nos ganaban y les ganábamos, y cuando ocurría esto último había que emprender la retirada en grupo, cuidándonos las espaldas, como un batallón que regresa de una incursión victoriosa al territorio enemigo. Complicado, pero disfrutable.
Era un barrio como todos, en el cual las señoras se encontraban en la vereda para charlar y chusmear un poco, escoba en mano, y de paso controlar a sus hijos para ver en qué andaban, que nunca se sabe. En ese tiempo en las casas se cerraba sólo la puerta cancel, de vidrio, y la del frente, de madera sólida, permanecía abierta hasta entrada la noche, y había llamadores de bronce en cada puerta, y los novios hacían zaguán y… pero esas son otras historias, demasiado nostálgicas quizás, y la que quiero contar aquí es mucho más personal. En ese barrio y en la pensión, conocí y aprendí muchas cosas que me fueron moldeando, casi todas para bien.
A los doce, trece años, y en una barra de pibes que se reunía en las esquinas un día sí y otro también, el fútbol era muy importante. Por ejemplo allí conocí a los jugadores de Defensor que paraban en el Bar “La Verbena”, en la esquina de Minas y Lavalleja, calle ésta última que hoy se llama Rodó. Por esa esquina pasaban habitualmente el Canario Hernández, goleador del campeonato uruguayo del 58, quien además andaba con una galleguita que levantaba las baldosas –ídolo completo el Canario-, el negro Estaban Álvarez y Clímaco Rodríguez, una pareja de zagueros de las de antes, de las que colgaban a los rivales de los transparentes que rodeaban la vieja cancha del Parque Rodó, el Lobo Miramontes, que había sido campeón sudamericano con la selección uruguaya en el 56.
Mi padre tenía una foto encuadrada de aquel equipo que le había ganado la final a Argentina 1ª 0 con gol de Ambrois, el mismo Ambrois que pasó por Boca Juniors y terminó jugando en Defensor. También estaba Angelito Traverso, hijo del carnicero de la esquina, apenas un poco mayor que nosotros, y que a veces se entreveraba como uno más en nuestros partidos callejeros, y allí también vi en alguna oportunidad al mítico Pepe Sasía, al Cholo Demarco, que poco después se fue a Italia para ser campeón con el Bologna, al desgarbado arquero Radicci, a Willy Píriz, que fue campeón sudamericano en el 59 junto con Sasía, en Ecuador, en un equipo que goleó a Argentina (5-0) y a Brasil (3-0), ¡qué tiempos!
El mismo Willy Píriz, que años después me atendería en la Comisión Nacional de Educación Física cuando iba a sacarme la ficha médica para jugar en la Liga Universitaria, y muchos más, que no menciono por no hacer eterna la lista. En resumidas cuentas, que esa fue la época en que naturalmente, casi por ósmosis, por contagio, empezó a gustarme Defensor, que era sólo Defensor, no como ahora que se agregó el elegante “Sporting” y se arrimó para el lado de Punta Carretas. En esa época era el cuadro del Parque Rodó y era Defensor a secas. Con mi nueva afinidad deportiva traicioné por primera vez a mi padre, que hubiera querido verme seguir tras los colores amarillo y negro que constituían su pasión. La otra vez que lo “traicioné” fue años después, cuando le dije que no era colorado y no quería saber nada con los Batlle. Realmente no sé que golpe fue más duro para mi viejo, espero que donde quiera que esté, me haya perdonado finalmente.
Recuerdo que en mi cuadra se cruzaban, y se sentaban a veces a charlar dos viejitos amables, que habían sido jugadores de fútbol. Sus nombres: Pedro “Vasco” Cea y Pablo Dorado. Nosotros los mirábamos con respeto y poco más. Con el tiempo supe que habían sido campeones mundiales del 30, y que ambos anotaron goles en la final que le ganamos a Argentina 4 a 2. Como dije antes: ¡qué tiempos aquellos! Cuando los campeones del mundo eran vecinos de barrio, cuando los presidentes de la república cruzaban la Plaza Independencia para ir a tomar un café al Tupí, cuando Felisberto Hernández frecuentaba los billares del Café Montevideo, allí me lo señalaron una vez y yo no tenía ni idea, el nombre no me decía nada, apenas sí me daba un poco de risa: “Felisberto”, ¡vaya un nombre! Así era el Uruguay a comienzos de los sesenta. Antes de la crisis, antes de los tupas, antes del golpe, antes, mucho antes de la globalización, entre otras cosas. Cuando me hice hincha de Defensor.
(Esta historia continúa…)


















