por Joaquín Andrade Irisity
En 1993, en una entrevista realizada
para el documental Gente en obra,
Eduardo Galeano reflexionaba
sobre la singularidad del Uruguay
dentro del contexto latinoamericano.
Era un período marcado
por dificultades económicas,
aumento de la pobreza,
desigualdad y emigración.
Más allá de la coyuntura,
esa mirada permitía pensar
una característica persistente
de la sociedad uruguaya:
la fuerte presencia de la memoria
como forma de interpretar el presente.

Uruguay ha sido históricamente un país con una relación particular con su pasado.
Durante buena parte del siglo XX construyó una imagen de sí mismo asociada a la excepcionalidad regional: la llamada “Suiza de América”.
La expresión sintetizaba una serie de elementos que formaron parte del imaginario nacional: una educación pública extendida, un Estado con fuerte presencia social, una amplia clase media, una temprana legislación laboral y una cultura democrática relativamente estable.
Sin embargo, la “Suiza de América” no fue solamente una descripción histórica. También fue una forma de imaginar la nación.
Representó la idea de un país ordenado, integrado y previsible; un territorio donde el progreso parecía formar parte de una trayectoria natural.
Con el tiempo, esa imagen dejó de ser únicamente una referencia al pasado y comenzó a funcionar como un horizonte perdido.
De ahí surge una pregunta central: ¿qué pasa cuando una sociedad comienza a pensarse principalmente desde aquello que cree haber perdido?
El psicoanálisis de Jacques Lacan permitió pensar que el deseo humano se organiza alrededor de una falta.
No deseamos solamente objetos concretos, sino también aquello que imaginamos que podría devolvernos una plenitud ausente.
Esta idea fue retomada por autores vinculados al análisis político, como Yannis Stavrakakis, quién señaló que las sociedades también construyen deseos colectivos y fantasías políticas.
La política no se sostiene solamente en programas o intereses materiales; también necesita producir identificaciones, símbolos y relatos capaces de movilizar emociones.
Desde esta perspectiva, la nostalgia no es simplemente recordar. Es una relación afectiva con una ausencia.
El pasado aparece como un lugar donde supuestamente existió algo que luego fue perdido.
La promesa política muchas veces se construye alrededor de esa recuperación: volver a un tiempo donde había seguridad, estabilidad o certezas.
En Uruguay, la idea del “país de antes” funciona muchas veces de esa manera.
No refiere necesariamente a un período histórico exacto, sino a una representación cargada de significados.
Para algunos expresa la recuperación de la seguridad; para otros, la defensa de la igualdad social; para otros, el retorno de una comunidad más integrada o de una mayor confianza en las instituciones.
Ernesto Laclau, desde la teoría política del discurso, explicó que las sociedades organizan sus demandas alrededor de símbolos capaces de reunir significados diferentes.
Algunos conceptos adquieren una fuerza especial porque permiten que distintos sectores proyecten ahí sus propios deseos.
“El Uruguay de antes”, al igual que “la Suiza de América”, puede funcionar como un significante que reúne múltiples expectativas: bienestar, orden, integración, progreso y estabilidad.
Pero esa construcción también contiene una tensión.
Como plantea Chantal Mouffe, toda comunidad política está atravesada por conflictos y diferencias.
Las imágenes idealizadas del pasado suelen dejar en segundo plano las desigualdades, exclusiones y disputas que también formaron parte de la historia nacional.
Ninguna sociedad fue completamente armónica; toda identidad colectiva se construye a través de acuerdos, pero también de conflictos.
Slavoj Žižek, desde una lectura contemporánea de Lacan, ha señalado que muchas veces las sociedades no desean tanto recuperar un pasado real como una fantasía construida sobre ese pasado.
No se extraña solamente lo que existió, sino una imagen idealizada de aquello que se supone que existió.
La nostalgia puede convertirse así, en una forma de interpretar el presente desde una pérdida permanente.
La particularidad uruguaya, es que esa nostalgia tiene raíces históricas.
Como señala el historiador Gerardo Caetano, la identidad nacional se construyó sobre relatos de integración, republicanismo y excepcionalidad regional.
Ese pasado consolidó instituciones fuertes, pero también una imagen idealizada de lo que Uruguay debía ser.
A eso se le suma una realidad demográfica: Uruguay es uno de los países más envejecidos de América Latina.
Sin que ello determine su destino, plantea un desafío cultural: cómo preservar la memoria, sin que ésta se convierta en el único horizonte posible. Porque el problema no es recordar, sino quedar atrapados en el recuerdo.
Una sociedad necesita memoria para comprender quién fue, pero también imaginación para proyectar quién quiere ser.
La nostalgia explica parte de nuestra identidad, aunque difícilmente pueda ser un proyecto de futuro.
Tal vez la verdadera pregunta ya no sea qué Uruguay perdimos, sino qué Uruguay todavía somos capaces de construir.
Referencias bibliográficas
Caetano, G. (2011). La República Batllista. Ediciones de la Banda Oriental.
Lacan, J. (2008). El seminario de Jacques Lacan. Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós. (Trabajo original publicado en 1964).
Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica. Mouffe, C. (2007). En torno a lo político. Fondo de Cultura Económica.
Stavrakakis, Y. (2010). La izquierda lacaniana. Psicoanálisis, teoría, política. Fondo de Cultura Económica.
Žižek, S. (2025). El sublime objeto de la ideología. Siglo XXI Editores.
Galeano, E. (1993). Entrevista en documental Gente en obra. Dirección: Daniel Cheico.


















