La tumba de Andresito

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Por Roberto “Beto” Araújo

En el año 1986, merced a mi amistad equidistante
entre el insigne historiador brasileño Ivo Caggiani
y su colega uruguayo Aníbal Barrios Pintos,
tuve el privilegio de actuar como correo ambulante
entre ambos iconos de la cultura transfronteriza,
valiéndome de mis idas y venidas más o menos frecuente a la frontera.

Fue así y por eso, que acabé, por gracia de mi amigo Ricardo Marletti,
siendo el portador de una teoría historiográfica, que bien puede echar luz
sobre una de las cuestiones más enigmáticas de la historiografía regional
y que refiere al verdadero fin de don Andrés Guazurarí Artigas,
el celebre y eternamente bien recordado Comandante Andresito,
el hijo adoptivo del General Artigas
y el último de sus comandantes y terratenientes, el que jamás lo traicionó
y el que peleó hasta que las fuerzas le alcanzaron y aun así, no claudicó.

                                                         

 

Cuenta la versión oficial de la historia, que después de ser vencido y apresado por las fuerzas portuguesas después del desastre de Camacuá, Andresito fue encarcelado y en una penosa travesía fue llevado hasta Porto Alegre y después fue enviado a la prisión de Isla de Cobras, en Rio de Janeiro. Luego, es poco o nada lo que se sabe de su fin y póstumo destino.

Hay quienes dicen que murió en prisión y otras versiones aluden que habría sobrevivido a la misma, pero muerto poco tiempo después de liberado, acosado por una miseria penosa que lo arrastró a la enfermedad y la muerte.

Pero la versión que rescato del archivo de don Ricardo Marletti, refiere a una historia que pudo haber sido muy diferente y que quizás pueda iluminar muchos puntos oscuros de nuestra propia identidad histórica. La misma alude a un tal Padre Benedito Urrutia, un Franciscano y Masón, que no eran por entonces ( y no son ahora ), cosas antagónicas, el que había llegado a América en el año 1769  como enviado eclesiástico de la orden Franciscana, que fue enviado  con la misión de sustituir a los Jesuitas misioneros del alto Paraguay,  luego que estos fueran expulsados por orden del Papa Clemente XIV, en conciliábulo con los ilustrados católicos ibéricos.

En realidad esta enigmática figura del padre Benedito Urrutia, que ha sido olvidado o ignorado por la historiografía  oficial, parece haber sido por lo menos testigo privilegiado de no ser protagonista activo, de los hechos más relevantes de los acontecimientos en los albores de la Patria y sus estertores.

Nacido en Marialva (Portugal), asumió desde muy niño su vocación religiosa e ingresó al convento de los Frades Franciscanos, donde obtuvo la graduación de sacerdote. Inteligente, observador y al parecer mus sensible, acabó trepando en la jerarquía de la orden hasta que fue asignado al nuevo mundo, para curar las heridas dejadas por los Jesuitas y sus guerras guaraníticas.

Siendo uno de los guías de don Feliz de Azara en sus incursiones por las selvas y estepas misioneras, aquel  célebre naturalista español, que recorrió los campos de la pampa platenses y paraguaya a principio del 1800, es muy posible que hubiese conocido e intimado con José Artigas, que para el caso hacia parte de la escuadra de Azara.

También no es de descartar que hubiese sido responsable de por lo menos parte de la educación del prócer, ya que se sabe que por lo menos por un par de años estuvo alojado en Montevideo, en tiempos en que el futuro general recibía por parte de los franciscanos su primogénita formación.

Pero lo más destacado de su actividad estuvo en la reeducación de las antiguas reducciones Jesuíticas, fundamentalmente en el pueblo de  Sao Tomé, donde se radicó y vivió por más de una década y donde la media lengua pueblerina abrevió su nombre a un sencillo “Frey Benito”.

Años más tarde y ya en tiempos de la ocupación luso brasileña,  se lo ve operando de sacerdote en la boda  de Carlos Federico Lecor con una criollita oriental, proveniente  de la más rancia sociedad montevideana, que a la postre unió mucho más que a dos almas enamoradas.

Pero más allá de sus andanzas entre las barrancas del alto Uruguay y los lujos de la elite del Montevideo ocupado por los lusos, ya con los años que se le venían en el lomo, fue al fin enviado a algo que bien puede parecerse un retiro honroso, como Vicario Apostólico de un Monasterio Franciscano en las riberas del por entonces siempre bello Rio de Janeiro.

Y fue así cuando una tarde de finales de 1823, mientras degustaba de un buen vino portugués en una taberna de Niteroi con su amigo y benefactor José Bonifacio, que se vio conmovido por la figura de un prisionero que la guardia llevaba medio de arrastro por las calles de la villa.

Cuando la procesión pasa por frente al dúo de tertulianos, el prisionero mirándolo de frente al sacerdote le gime en buen español “ayúdeme Frey Benito”.

Conmovido por la instancia y en la certeza que el preso pertenecía a la etnia de los Guaraníes que habían estado bajo su recaudo en tiempos pasados,  el Padre Benedito hizo gala de sus influencias, y logró que bajo su estricta responsabilidad,  el cautivo fuese liberado y así pasó a residir en los aposentos del Monasterio Franciscano, bajo la egida del Padre Benedicto.

Y fue allí donde el viejo sacerdote se desayunó que quien tenía bajo su protección era nadie menos que el mítico Comandante Andresito, el que después de capturado y depositado en los sótanos de la isla de Cobras, fue sacado de sus cubículo afectado por una  peste que bien podría ser lepra y dejado en la playa para que los vapores de la noche lo terminaran de matar.

Pero el Cacique caudillo sobrevivió una y otra jornada y al fin en tal estado fue indultado por el regente de la prisión y abandonado en el Puerto para que diera cuenta de su miserable existencia.

Rengo y herido, muy posiblemente afectado por algo parecido a una diabetes o hemofilia que demoraba su cicatrización, ya no parecía ser un problema mayúsculo para nadie.

Y así anduvo mendigando por las calles en un estado de abandono patético, que le sumergió en la más honda miseria espiritual.

En tal estado se dedicó a la rapiña y en eso de rapiñar había tenido una riña callejera con alguien de su misma calaña y le había dado muerte y esa era la razón de sus aprensión que había concluido con la intercesión de Benedicto que le propició el indulto.

Lo poco que se sabe, según la versión del padre Benedito, es que tiempo después y en ocasión de haber recibido la instrucción religiosa, fue enviado en calidad de Capellán a una localidad del interior del estado de Santa Catarina, donde permaneció fiel a los servicios encomendados,  pese a su deteriorada salud, que lo martirizaba a causa de infecciones y heridas que no cicatrizaban.

 

 

Todo había transcurrido sin mayores novedades a no ser porque en el año 1831, y atendiendo a un pedido particular de su amigo José Bonifacio, el Padre Benedicto  acepta hacer parte de una confabulación que pretendía recomponer la Confederación del Plata, incluyendo al esquivo  Paraguay del gobernador Francia, que había aceptado hacer parte del proyecto, bajo la condición de que la capital fuese fijada en Asunción.

Cabe recordar que por ese entonces, la inestabilidad del novel estado oriental, hacía prever de que en breve seria anexado por Buenos Aires y eso preocupaba de sobremanera al imperio brasilero, para lo cual tejía en secreto una alianza con el presidente Francia de Paraguay, en el sentido de componer una nueva nación federada, integrada por Paraguay, Misiones, Corrientes y Uruguay, la que sería mucho más afín a la política de Rio de Janeiro.

En tal sentido y ese estado de cosas, Benedito no titubeó, pues  sabía que podría tener para el caso un aliado muy importante, que podría ser determinante. Un federalista de ley y enemigo acérrimo de los porteños, ese era ciertamente el General Artigas.

Y de la misma manera sabía que la única persona del mundo que podría sacar al caudillo del ostracismo era nadie menos que su protegido, Andrés de Guzurandí.

Se reunieron, acordaron y partieron;  y según relata el Padre Benedito, cada paso  que lo acercaba a su tierra natal le iba devolviendo la vitalidad y cuando traspasaron la frontera, ya aquella patética figura que había encontrado arrastrándose  por las callejuelas de Niteroy era nuevamente el Caudillo Andresito de mítica memoria.

Murió el 15 de abril de 1831, después una reponedora siesta para digerir un guiso de pata que le habían servido en el mediodía.

Es posible que de un sincope, un infarto o algo por el estilo, pero no es de dudar que la notica de la masacre de Salsipuedes lo hubiese afectado de manera dramática, pues la idea de que los guaraníes, los de su sangre se hubiesen servido para tan aborrecible acto, lo fulminó anímicamente.

Murió en silencio, mientras sesteaba en la sombra de un ancestral guabiyú, en el patio de la después posante Catedral de Melo y fue enterrado en el cementerio local bajo el nombre falso de André Urrutia. Y con el murió también el último intento serio de reivindicar al General en su exilio.

Según relata el padre Benedito, su amigo y protector, al encontrarlo muerto exhibía una mueca de algo así como  disgusto y tenía la mano apretada sobre su cuchillo, como que aún en la resignación de su destino, le hubiese querido hacer frente a la parca, para morir peleando como mueren los de sus estirpe.

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2 Comentarios

  1. Conmovente, sumamente conmovente el artículo sobre el Comandante Andresito. Yo, admiradora incondicional del gran Cacique, a quien un día llamaremos General cuando el proyecto de ley sea aprobado, me siento de cierta forma regocijada ante esta posibilidad de que hubiera liberado su espíritu, en esta tierra, a pesar de todas las infinitas peripecias. Andresito, Andrés Cuacurarí y Artigas, o con el apellido que se le acuñe sea cual sea, siempre será una insignia: tenaz, determinado, vencedor de discriminaciones…Por siempre “General” Andresito! (La Escuela Pública N° 45, de Rivera, de la que fuí Directora 10 años, lleva el nombre “Andresito”, por impulso y gestión del equipo que formábamos. La nominación se concretó en abril de 2015) Gracias, Beto. Gracias, Aconteceres.uy

  2. Andresito o Andrés Cuacurarí Artigas fue designado post-mortem General del Ejercito Argentino durante el 2º Gobierno de la Dra. Cristina Fernandez de Kitchner (2012-2015), como reconocimiento a su lucha contra el invasor portugués a las misiones jesuíticas.

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