por Raphael Ficher.
Quizá papá no venga hoy, pero no creo.
Papá pasa más tiempo en casa.
Fuma más en su silla y mira la tele con esos ojos arrugados.
Él llega más rabioso.
Dice que no tiene trabajo,
que en su puesto ya nadie compra
porque nadie anda en la calle.
Y es verdad.
Por el Corona papá está más tiempo cerca de mamá.
Lo escucho en la puerta. Escucho su tos y escucho como tintinea su manojo de llaves cada vez que quiere entrar. Es como una campanita, una campanita que anuncia el infierno.
Papá entra como agachado, pero al pasar la puerta se transforma. Se enaltece y hasta lo veo tocar el techo con su cabeza.
Viene reclamando de que ya
nadie le compra por lo del Corona, pero yo ni se lo que es “el Corona”. Cuando
la maestra nos empezó a explicar, ya no fuimos más a clase. Ya no pude sentir
el olor al tuco de la cocina de la escuela, ya no había más la leche caliente y
el pan con dulce a media mañana.
Y eso que Gladys me daba medio pan de más para mí, porque decía que yo corría
por dos niños y medio, por lo tanto más del pan cascarudito y más dulce para
mi. ¿Cómo estará Gladys ahora?.
Acá en casa nunca llega el aroma de la cocina de la escuela y papá, nunca trae nada más que aliento a trago.
Mamá aguanta el palo quieta. Es como ese animal quemado que mira a ver cómo viene la mano. Pero siempre lleva.
Papá se agarra la cabeza y se tira el pelo. Fuma fuertemente con los ojos cerrados y allá en el fondo de su lengua veo venir el olor espeso a caña.
En la escuela sobraba pan
para mí, ahora me sobran las trompadas. No vienen con dulce.
Y con lo del Corona, papá vuelve mas temprano.
La casa parece una caja de fósforos, y papá siempre viene caliente.
Yo escucho decir que no salgan, que se queden adentro, que el virus es malo y la gente ríe chocando el codo con el vecino.
Creo que para Lucas es fácil decir eso. Tiene casa grande y su abuela le hace ñoquis y de postre le prepara aquella crema que viene con mucha calda de caramelo.
Mamá me agarra despacito después de la tormenta. Después de que papá se apaga en la cama, lloramos juntos, codo con codo, ojo con ojo, sin tapa boca y guante.
Todo es culpa del Corona.
Mañana papá se va a despertar y no va a tener adonde ir. Yo tampoco, mamá tampoco.
Va a salir a ver si vende algo y si vende, lo quema en caña y viene a un lugar adonde ningún rico quiere estar encerrado.



















