por Raphael Ficher
Si pudiera verte una vez más la cara,
te la llenaría de poesía,
pero te quedaste allí para verme envejecer.
Por eso ando por la calle
escupiendo tus recuerdos,
tan lejanos en tan poco tiempo.
El olor dulzón
de nuestro último encuentro,
tu cara de mendigo
llena de amores partidos,
tu caminar de tullido
y tu dulce carne tan hermana de la mía.
Y ahora que miro tu balcón tan lejano,
me parece ver en la oscuridad la luz oscilante
y respiratoria de un fantasmal cigarrillo.
Sigo mirando esa ventana deseando verte en las sombras. Estarás mirando también mi ventana viva, sin saber que vientos te llevaron, con la mirada perdida en un espacio que antes vestía tus cosas.
Estoy condenado a vivir con tu ausencia, con parte de mi corazón muerto, necrosado por la certeza de que ya no te voy a sentir desde el otro lado del muro. Aunque a veces en la noche profunda, en una borrachera de duermevela, siento que cantas una dulce elegia a la madrugada.
Por eso lo repito. Si pudiera verte una vez mas te desarmaría la cara con poesía, te remataría con todo mi dolor, ese que se esparce como ungüento entre mis huesos y me llena de electricidad la grasa del tuétano vertical de mi columna. No te dejaría ir, te insistiría una vez mas para que te quedaras, te agarraría del brazo mientras mis ojos, tuertos de dolor, sangran las lágrimas que sangran ahora.
Te rasgaría la piel hermana y te clavaría los dientes, aunque estos se desmigajaran en lo que ahora es tu mármol. No te dejaría ir jamás. ¡Por dios, no!
Pero acá estoy, en la laguna de la angustia amarga, escribiendo una purga para que otra boca lea y que alguien de alguna latitud sepa cuanto extraño el olor de tu ropa y de tu nuca.
Para que una voz ajena describa el último trago que te vi tomar, tu última sonrisa, tu sueño último, hasta que tu silla cansada de tanta vereda, se cerró para siempre.



















