La casa de las dos madres

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por Eduardo Raphael Ficher.

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Tardó tres días en mudarse a aquella casa.
Sin lugar a dudas, era feo irse a vivir sola
luego de algunos años en aquella compañía agresiva.

Él, le había pegado por última vez hacía exactamente tres meses.
Le había roto el tabique nasal luego de discutir ente el fuego de los gritos del niño.
A los dos segundos vino la disculpa ante la aparición de la sangre,
pero ya todo estaba perdido.
Le costó rearmar la cuna en otra casa,
pero no le costó olvidarse de sus ojos.

 

El recién nacido parecía disfrutar su nuevo hogar, pero comenzó a extrañar a su padre. Andrea  trataba de que Matías durmiera sólo en el cuartito decorado por juguetes y cuadros de niños caricaturizados  y ella deambulaba en la soledad de su cama, odiando su vida y su suerte, con pesadillas que le hacían sudar el cuerpo y temblar de fiebre por las noches. La casa era vieja. Su amiga le había dicho que podía usarla el tiempo que fuera necesario.
Ella, no sabía cómo agradecer. Al sentir la humedad en el ambiente, sentía también que la soledad se le acercaba como un murciélago gigante, que se arrastraba cabeza abajo, crepitando por entre los tablones del techo de la casa.

Por la mañana, una luz fría se filtraba por la claraboya y despertaba las volutas de polvo que se cumulaban por la noche en los rincones del cuarto, haciendo toser a Matías como si este adoptara la voz de un perro que se atragantaba con un hueso. Andrea lo cuidaba. Lo dejaba en la guardería algunas horas y por las noches, luego del infaltable mate (ahora su único amigo), lo preparaba para el sueño. Fue en ese entonces que comenzó a sentirse mal. Cómo si una extraña angustia en forma de dolor le sostuviera el cuello y le lastimara la garganta. Comenzaron sus caídas por las escaleras de la casa y sus quemaduras en la cocina. Sin embargo, Andrea no ignoraba el hecho de que ella nunca había sido una mujer torpe. No obstante, Matías se le dormía casi que al contacto con su cuna.

Algunas veces lloraba, y antes de que Andrea se levantara para arrullarlo, podía sentir que una voz salida del cuarto, cantaba –Duérmete mi niño, duérmete mi amor, duérmete pedazo, de mi corazón…” Era una voz quejumbrosa, como salida de un vaso de ámbar. Una voz que desaparecía una vez que la mujer abría la puerta. Una noche, Matías comenzó a llorar. Su madre sintió de nuevo la voz que le cantaba a su hijo por la madrugada, pero siempre se mentía y decía que todo aquello era una sobra del sueño, un destello de una mala pesadilla, un dolor viejo, como el que todavía pesaba en la punta de su rota nariz.

Se levantó con el sueño todavía colgado de su vestido de dormir y al abrir la puerta que daba al cuarto del niño, vio con terror que los juguetes como la pelota o el mono en triciclo, se estaban acercando lentamente a la cuna del niño. Vio como el autito de plástico de los bomberos encendía sus luces en la oscuridad del cuarto dejando ver una sombra oscura y fría que acercaba la mano a la cuna del pequeño. La puerta entreabierta se cerró de golpe tirando a Andrea al piso, provocando un chasquido en las maderas de la casa. Dentro del cuarto, retumbó un grito agudo y espantoso. Una mezcla de llanto de persona vieja y tela que se rasga y que despuntaba en un hilo de sangre y dolor.

Matías seguía durmiendo cuando la madre entró al cuarto propinándole un empujón a la puerta. Era como si nada hubiera pasado, y los juguetes se seguían acercando. Fue luego de esa noche que Andrea llamó a su vecina. La Doña Jacinta era una riverense fronteriza de pura cepa. Le curaba el empacho a los niños, cosía huesos quebrados con humo de carbón y conjuraba a los demonios con rezas en portugués y en español. Cuando Jacinta entró a la casa, se detuvo en seco un vez que dio tres pasos en la sala. -¿Qué le pasa Doña Jacinta? Le preguntó Andrea. La vieja no respondía y sólo atinaba a mirar a un rincón de la habitación por debajo de la televisión. Una lágrima se escurrió por su arrugada mejilla. Como si estuviera mirando algo que estuviera arrodillado en aquel lugar. -Aquí num tem coisa bóa, fía. Le dijo en su dialecto fronterizo. ¿Cómo que no hay cosa buena? Le preguntó la joven.

La vieja comenzó a esparcir por la casa trocitos de madera. No supo mediar muchas palabras con su anfitriona y eso era extraño, pues Jacinta siempre se mostraba alegre y dispuesta a cantar. Pero ahora, parecía triste, con algo de miedo y de pena en su mirada. -¿Tu tem ums fósforo? Preguntó con un hilito de voz. Andrea se los entregó y a vieja comenzó a acercar la cerilla encendida a las maderitas que había distribuido en un conjunto de tres, haciendo una pequeña estrella en cada una de las habitaciones de la casa. Andrea agradeció al cielo el haber dejado a Matías con su prima hermana, pues hoy más que nunca, la casa parecía exhalar un olor a podrido que rasgaba la nariz. Normalmente, el fuego se apoderaba de su pequeña porción de combustible, hasta que llegaron al cuarto del infante. Jacinta acercó la llamita trémula a las tablas y aquellas parecieron morderla, combustionando se en el espacio de tres segundos y dejando escapar un grito lastimero y tétrico que rebotó en las paredes de la habitación. -É aquí. Dijo la vieja macumbera. – E aquí que tá ella.

¿Ella quién? Preguntó la mujer con su voz aterrada. Jacinta cruzó sus piernas mientras hamacaba su cabeza no lejos de las cenizas que había dejado el grito. Contó que allí, hace algunos años, había vivido una mujer triste. Una mujer que había perdido a un niño recién nacido a manos de una fiebre muy extraña. Dijo que Andrea había elegido el cuartito del niño que había fallecido para que fuera ahora el cuarto del suyo y que el fantasma de aquella mujer, que se rehusaba a irse del mundo de los vivos cargando tanto dolor, había adoptado a Mati como a su hijo, substituyendo así la ausencia del hijo fallecido.

Era ella quien le cantaba a Matías por la noches, era ella, la mujer de negro, la que la hacía tropezar con sus manos con uñas afiladas e invisibles, era ella la que cuidaba al niño de noche y le acercaba los juguetes, era su espíritu en pena que mantenía la fiebre alejada del niño vivo, que supo dormir muchas noches en el regazo de aquella muerta que se creía su madre.

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