Como yo lo recuerdo
por Prof. Mauro Barboza
Don Luis había sido Profesor de Filosofía,
y se había jubilado prematuramente por “demencia”(!).
Se había hecho concienzudamente el loco durante un tiempo,
sobrellevando incluso una internación de meses en el Vilardebó
(hospital para insanos mentales),
a efectos de obtener una declaración de incapacidad
y dedicarse con plenitud y conciencia a su vida de bohemia.
Esta vida le costó también su matrimonio,
el cual le dejó un hijo, quizás dos, no sé, de su familia no hablaba,
al contrario de su pasaje por “el loquero”,
que era fuente inagotable de anécdotas.
Recuerdo al pasar una variante de la vieja historia del tipo que es “loco, no estúpido”. A don Luis le intrigaba un loco que se levantaba silenciosamente todas las madrugadas, un día lo siguió y descubrió que se iba a la cocina y se sentaba con un jarro en la mano a esperar al camión lechero, que bajaba aquellos grandes tarros plateados que se usaban entonces. Le preguntó por qué lo hacía, si igual iba a recibir su ración más tarde…
– Es que a esta hora la leche está entera- le contestó el loco en voz muy baja, y haciendo un gesto hacia los funcionarios-, esta gente es muy sinvergüenza, se llevan la mitad de la leche y la completan con agua.
– Desde ese día- nos refería don Luis años después-, ¡éramos dos los que esperábamos de madrugada al camión lechero con el jarrito en mano!
Su cultura era ciertamente enciclopédica. Juraba y perjuraba que había leído un libro por día en los últimos treinta o treinta y cinco años. Uno de esos libros se lo presté yo. Era un mamotreto de un escritor francés, Henry de Montherland, y se llamaba si mal no recuerdo “La villa donde el Príncipe es un niño”. A mí me lo había recomendado un amigo muy culto y hoy por hoy un periodista muy mediático, Lincoln Maiztegui, que me impresionaba mucho intelectualmente. Después de leerlo consideré de buen gusto ensalzarlo enfáticamente en la rueda, cuando comentábamos nuestras últimas lecturas.
Tanto lo elogié que don Luís me lo pidió, y fiel a su consigna me lo devolvió al otro día con un juicio lapidario:- ¡Es infumable, uno de los libros más aburridos que he tenido la desgracia de tener en mis manos!
– ¡Pe pe pero don Luis, tiene buenos momentos, piense en la escena en que el niño se mira al espejo y se acuerda de su madre…!- atiné a defenderme, recordando un pasaje bastante proustiano, nada original, pero que a mí me había parecido emotivo y bien escrito.
– ¡Está bien! -contestó-, hay buenos momentos, ¿pero cuántas páginas tiene, trescientas, cuatrocientas? ¡La ley de las posibilidades juega a su favor, algún momento bueno debe tener!
Esas palabras me quedaron grabadas. Si sirven para los libros, sirven para todo. Un buen momento, dos, nos llevan a veces a sobreestimar cosas que no lo valen, a justificar una vida de mediocridad y postergación. Y lo dejamos por acá, no quiero parecer melodramático ni sentencioso, ¡qué diablos!, Don Luis no hubiera aceptado jamás que se le atribuyera ningún tipo de intención trascendente.
Además de su cultura monumental era sumamente agudo e ingenioso, tenía una veta inagotable de anécdotas y ocurrencias, y cómo dije antes, era completamente escéptico y desechaba toda trascendencia.
Decía que educar hijos, moldearlos, hacer de ellos ese tipo de personas que todo padre quisiera era algo prácticamente imposible, algo que a cierta edad convertía al progenitor más seguro en un manojo de dudas. No sé qué parte de su propia vida, quizá amarga, se reflejaba en estas reflexiones. Como un viejo Vizcacha urbano y erudito, se sentaba en medio de la rueda, echaba un trago a su sempiterno cafecito – don Luis no bebía alcohol-, una pitada a su cigarro negro, se mesaba la frondosa barba y en medio de una nube de humo continuaba:
-Y además están las recriminaciones, no sé por qué diablos las nuevas generaciones siempre creen que los viejos les estamos debiendo algo… de hecho creo que educar a alguien es la segunda cosa más difícil del mundo, ¿por qué creen que me retiré tan temprano de mis dos profesiones, la de padre y profesor?
– ¿La segunda don Luis, y cuál es la primera cosa más difícil?
– Poner las cubeteras en el congelador sin derramar agua, ¡eso nunca pude hacerlo en toda mi vida…!- y se desparramaba en risotadas como un gran Papá Noel escéptico y burlón, convencido de que ante las problemáticas del universo y la humanidad la única respuesta posible era una gran carcajada existencial.
Pese a sus años, andaba por los sesenta y pico, con la práctica que le habían dado los años y aquella inventiva natural que afloraba en el café más que en ningún otro lugar, don Luís era una máquina para las partidas rápidas, casi invariablemente nos “arrancaba la cabeza” a los más jóvenes, tanto a los que se la daban de “talentosos”- entre los que me contaba- como a los más estudiosos. No era realmente un buen ejemplo, con los años aprendí que en el ajedrez, como en todas las actividades de la vida, el estudio, la sistematización y el rigor eran fundamentales para desarrollar cualquier capacidad potencial. Pero lo de don Luís pasaba por otro lado. Alegremente despachaba un aspirante tras otro, mientras dialogaba y discutía sobre música- la ópera era uno de sus temas preferidos-, literatura, filosofía y lo que viniera. Cuando hacía una buena jugada la expresión se le iluminaba, hacía grandes ademanes y gritaba a voz en cuello “¡juegue y mueva la cola!”, señal inequívoca de que su victoria era inminente y su rival no era más que un perro.
Casi todas las noches íbamos a cenar a un pequeño restaurante que estaba al costado del Antequera, para el lado del centro. Allí, entre las anécdotas y el jolgorio habitual del grupo, Don Luis consumía su eterna cena, hígado encebollado con papas, que sospecho era su única comida importante del día. El resto eran cafés y algún sandwichito, invitaciones de amigos. Una noche se levantó impulsado por un resorte:
– ¡Me tengo que ir a dormir- exclamó-, ya perdí una hora!
– ¿Cómo, tan temprano don Luis?- surgió el reclamo inmediato.
– ¡Seguro- gritó ya camino de la puerta mientras se encasquetaba la gorra-, alquilamos una pieza de colchón caliente, y hoy me toca de dos a diez!
– ¡“Colchón caliente”!, ¿y eso qué significa?- nos dijimos unos a otros, extrañados.
– Fácil – nos contestó Leo, uno de sus íntimos- alquilaron entre tres una pieza donde sólo entra un colchón, así que hacen tres turnos de ocho horas para dormir, se levanta uno y se acuesta otro. ¡No quieran saber lo que debe ser ese colchón!
Una noche, don Luis no volvió a la tertulia. Al tiempo se supo que estaba internado y que su hijo se estaba encargando de él. Yo ya no iba mucho por esa época al Antequera o al club. Había cambiado de vida: trabajaba de día y hacía el Instituto de Profesores de noche. Dejé pasar el tiempo, estaba muy ocupado. Supuse que se recuperaría y pronto estaría otra vez en el centro de la rueda; un trastorno de salud puede ocurrirle a cualquiera, incluso a alguien tan vital e indestructible como don Luis. Pero me equivoqué, nos equivocamos todos los que no fuimos a visitarlo en el que terminó siendo su lecho de muerte. Se lo llevó un cáncer fulminante, en la soledad de una cama de hospital público.
Le debía este recuerdo. Don Luis fue una de esas personas singulares que pasó por mi vida y la de muchos, pero no dejó testimonio alguno, sólo su nombre en alguna vieja revista de ajedrez. Lo otro, la memoria oral, se va esfumando, se irá adelgazando inexorablemente hasta desaparecer, junto con el último de sus amigos y contertulios. No sé si eso es justo, pero seguro que don Luis hubiera afirmado que sí, que es lo único posible, y que lo mismo nos ocurrirá a todos andando el tiempo, en un año o en un millón. Claro que eso es algo en lo que no me gusta pensar, no sé si estoy tan seguro como él de que la vida es sólo un enorme chiste…
Y como se llevaron a don Luis, los años se llevaron también al viejo Café Antequera, y a otros cafés más famosos y con más historia. ¡Cuántas cosas se fueron con él! Hoy en día el antiguo local, totalmente reformado, sólo alberga un par de negocios intrascendentes…


















