por Raphael Ficher
Dos días atrás luego de tomar un fuerte y amargo café,
tuve la súbita sensación de estar cayendo.
No fue un pensamiento casual.
Todos podemos sentir esa caída irreal
al vórtice de le existencia,
pero al pensar en la razón,
llegué a la confirmación de esa angustia.
Jugando con mi hija, la llamé para mostrarle un dibujo. Era la figura de un hombre o un niño (no me acuerdo) típico de las caricaturas. Con el cuerpo dentro de una escafandra y haciendo peripecias en un mar cerca de medusas multicolores y pulpos de ojos enormes.
Yo lo dibujé- Le dije. El dibujo (teniendo en cuenta mi torpeza en el arte), me había quedado bien para los marcos estéticos de una niña de seis años.
En ese preciso instante mi hija hizo un casi imperceptible movimiento de mujer. No duró más de dos segundos, pero allí estaba. La determinante condición de que ella estaba creciendo.
Enarcó las cejas y movió la cabeza. Vino corriendo y acercó su cara al papel. Mis manos temblaban (me di cuenta del hecho de mi mortalidad, de lo perecedero de mi vida). La vi como ella va a ser dentro de 20 años y ella lo supo. Me abrazó, y yo vi que ella vio las canas en mi barba, vio las grietas que se ramifican en el borde de mis ojos, vio lo que me cuesta dar una vuelta cambota y que cada día es más complicado para mi esconderme debajo de la cama y decir que si a sus desafíos de carreras a puro correteo. Un padre que un día va a ser un recuerdo.
¡Papá! – gritó sobre su sonrisa ¿Cómo pudiste dibujar eso? –
Yo agaché la cabeza. Ella había visto mis años e hizo fuerza para sorprenderse de mis rayones en un cuaderno. Se fugaba el tiempo en que las sirenitas y los germinadores con porotos sobre algodón mojado la helaban ante el estupor y la alegría del descubrimiento compartido. Ya me estaba (ya me estoy), quedando sin cosas nuevas para mostrarle, por lo menos ya se que me estoy quedando sin cosas nuevas que un padre le puede mostrar a un ser tan magnífico.
El amor (de esos que lastiman como aguja fría), vendrá de otras palabras, el miedo no tendrá más la contingencia del escudo de mis manos un poco secas y yo no voy a estar para que se adentre sin temor en los lugares de oscuridad. Esos lugares en los cuales uno debe entrar solo, esos lugares que a veces están adentro.
Ella se movió y miró mi dibujo. Ya no con ese pasito torpe, sino con un paso firme y decidido. Movió sus hombros fingiendo sorpresa para animarme y me abrazó. Me dijo que me amaba y me tocó la barba que ya no la pincha más. Miró de nuevo, con más atención. Que cantidad de pelitos blancos tenés en la cara papá- Y eso fue todo.
Hoy con el café y mientras ella dormía, antes de marcar presencia en una clase por Zoom, supe que somos la frase que escuché en una joya del séptimo arte “Cuando nos convertimos en padres, nace el fantasma que estará para siempre en el recuerdo de nuestros hijos” y eso es lo que soy yo dentro de 30 o 40 años (un parpadeo), soy una foto sonriendo, aprisionada en un marco frío y dorado sobre la repisa de una estufa.




















Logrado relato…
El fantasma rebotó, y me encontré tiempo atrás, cuando veía crecer a mis hijos, en otra ciudad (me dije), “y otro tiempo” (me dijeron mis padres, desde la foto en que los recuerdo, esa que me mira, sobre la estufa-hogar que estoy por encender, por primera vez en un otoño de cualquier año, que podría ser 2021).
“Mirate ahora, ‘pintando’ nietos…” y ríen como sólo ellos aún saben hacerlo…
Buenísimo!! No sé qué más decir…
Y… ¡muchas gracias, Raphael!…
Desde “la otra orilla”… 🙂