De como Ataulfo le dio sentido a su vida

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por Wilson Frechero

Ataulfo Saraiva Mendes
había nacido en Manuel Díaz,
pero los recónditos caminos de su vida
lo hicieron afincarse
en un paraje sin nombre
sobre el arroyo Corrales.

Su nacimiento acompañó
el momento de auge
de la minería en la zona,
pero a pesar de los presagios
de la comadre que lo trajo al mundo,
el progreso y desarrollo de ese ambiente
no hicieron mella
en la vida de aquella criatura.

Sus tres vacas y lo que le daba la tierra fueron su sustento durante los últimos años. Una casita de adobe, un galpón y lo que quedaba de un matungo, fue la herencia de una vida que, según el, no necesitaba nada más para vivirla.

A pesar de su apellido deformado de Saravia, su familia, en cada generación, abrazaba la divisa colorada.
En cambio los Mendes, habían cruzado desde Brasil luego de la guerra de los Farrapos, afincándose en Rivera. El color de piel de su madre le otorgo el tono cobrizo de su rostro, actualmente solo interrumpido por una tupida barba canosa.

Esa mañana Ataulfo mateaba como siempre mirando a lo lejos el perfil de los tres cerros, mientras sus pensamientos intentaban reconstruir el sueño que había tenido la noche anterior.
En él, caminaba continuamente sobre el mismo camino y el paisaje se repetía eternamente. Era como andar sobre una cinta circular repitiendo en poco tiempo la misma imagen. Situación que lo desesperaba y comenzaba a correr más rápido tratando de alejarse de ese sitio, pero era inútil, y todo volvía a repetirse.

Se despertó en un sopor de transpiración y angustia. Por primera vez, Ataulfo se dio cuenta que tenía mucho más pasado que futuro. Intentaba inútilmente recordar algo trascendente de ese pasado que se perdía en vagas imágenes inconexas en la neblina de la memoria. Y una sensación rara, muy parecida a la tristeza, le quedó pegada en el cuerpo.
Comprendió de golpe por qué la vida no le otorgó ni un apodo que lo identificara, ya que para los pocos que notaban su presencia, era tan solo Ataulfo.

Algo se sacudió dentro de él.
Esa tarde, Amalia Galván recorría el caserío levantando pedidos para traer de la frontera, trabajo que hizo toda su vida. Y aunque sabía que nunca Ataulfo le pedía algo, no perdía la rutina de preguntarle. De todos modos, la casa de Ataulfo estaba dentro del recorrido que ella hacia una vez por semana.
Increíblemente esa tarde Ataulfo, más amable que de costumbre, le encargo cuatro bolsas de caramelos de miel con maní -de los cuadrados- le aclaró.

A pesar de lo tosco y bruto que lo conocía, esa tarde el rostro de Ataulfo se veía diferente. No sin sorpresa, Amalia anotó con prolija letra cursiva, con una leve inclinación a la derecha, en su pequeña libreta el pedido de Ataulfo.
No pudo evitar comentar lo ocurrido entre algunas lugareñas, las cuales al igual que Amalia, quedaron sorprendidas de la actitud de aquel hombre del que poco se sabía.
Era como una parte más del paisaje, inamovible, silencioso. Su forma de vida y su soledad, hacían difícil saber desde cuando estaba ahí.

Al caer la noche, Ataulfo se encontraba separando los trastos viejos amontonados desde hacía mucho tiempo en el desvencijado galpón.
Su ansiedad le permitía superar el insoportable olor del orín de ratones y el polvo acumulado por los años de encierro. Hasta que después de mover una vieja salamandra corroída por el óxido, encontró, entre un mundo de telarañas, las guampas de ciervo que buscaba.

Esas guampas habían pertenecido a su padre, se las había regalado un productor arrocero luego de una buena zafra, pero nunca decidió donde colocarlas, hasta que el olvido las acomodó en ese rincón del galpón.
Ya cansado, con su trofeo en la mano, luego de pasarles un trapo húmedo, que siempre estaba al lado del aljibe, se fue a dormir.

Al otro día era el 24 de diciembre.
Sobre el mediodía, recibió el encargo de Amalia.
Amalia contaría tiempo después, que juraría haber visto un esbozo de sonrisa entre la barba cana de Ataulfo, una vez que agarró los paquetes.
Ataulfo, llevó los paquetes a la galería posterior donde siempre el rancho guardaba el fresco confirmado por las largas siestas del dueño de casa.

Alli empezó a armar paquetitos con hojas de chala, colocando tres caramelos en cada hoja, que luego ataba con un pedazo de tiento formando algo parecido a una moña.
Luego de un par de horas guardo con cuidado cada paquete en la mejor bolsa de arpillera que encontró en el galpón y la dejo dentro de la casa para evitar que el calor de ese día dañara su contenido.

A la tardecita, cuando los tres cerros ya se dibujaban como un perfil gris azulado de sombras largas, Ataulfo arrimo al matungo, o lo que quedaba de el, al palenque. Agarró las guampas que habían quedado secándose en el aljibe y con cierta dificultad y unas tiras de suela, se las colocó al matungo, que al contrario de lo previsible, ni se enteró, poca fuerza le quedaba para gastarla en protestas. Solo un pequeño movimiento de la cabeza como diciendo que no, bastaron para dejar saber su opinión.
Arrimó la jardinera y colocó los arneses sobre el matungo ya convertido en reno.

Alli se dio cuenta que lo único rojo que tenía para su vestimenta, era el pañuelo que colgaba de la única foto, ya casi imperceptible, de su abuelo, que según la leyenda familiar había usado en la batalla de Masoller. Con una mancha, que algunos creían, según el cuento, era de la sangre surgida de un lanzazo en la oreja de aquella escaramuza, aunque por debajo, muchos de la familia aseguraban que era de vino, basándose en el gran afecto que el viejo tenía por aquella bebida.

Lo sacó de donde estaba y se lo puso al cuello, algo rojo iba a tener.
Y calculando el tiempo para la medianoche, se subió a la jardinera con la bolsa de regalos y haciéndole un sonido, como chupando un mate imaginario, el matungo giró, con cornamenta y todo, sin entender que quería.
Tuvo que repetir el sonido, pero esta vez acompañado por un chicotazo de las riendas sobre los huesos escalonados del lomo, y esta vez, con un pequeño sobresalto, el matungo entendió
Y así pusieron rumbo a Minas de Corrales.

La imagen de aquella marcha entre las sierras, la jardinera y el perfil plateado que le ofrecía el reflejo de la luna a paso del matungo con su cornamenta, transformaba al paisaje en algo mitológico.

Era el Quijote en su aventura principal, era su gran campaña de ponerle algo trascendente a una vida llena de hojas en blanco. La emoción le ganó todo el cuerpo. Y como recuperando algo de la memoria escondida en aquella mente en silencio, surgió algún murmullo de una canción de cuna en tono bayano, seguramente de su infancia.

Cerca de medianoche, entraron al pueblo.
Y a pesar de las primeras burlas de algunos niños que lo vieron llegar, Ataulfo, sin importarle, siguió hasta una pequeña plazoleta en el sitio más alto de aquel poblado.
Allí frenó al matungo, lo que no le costó demasiado, ya que nunca había recorrido tanta distancia, y con una de las guampas un poco caída, bajo la cabeza en un pequeño resoplido como diciendo por fin.

La gente, ante aquella imagen, se fue juntando entre festejo y curiosidad.
La tensión fue en aumento hasta que Ataulfo, sin bajarse de la jardinera, giró para tomar la bolsa de arpillera con el preciado contenido. Tomó uno de los paquetitos de chala y mirando al niño más cercano, que aún con temor se encontraba a unos metros, y sin decir nada, agitó un par de veces la mano incitando a que tomara su contenido.

El niño dudó un instante y mirando para atrás a la gente, como buscando autorización, se adelantó y tomó aquel pequeño paquete. No sin temor tiro del tiento y vio su contenido.
La cara seria del niño se transformó en una sonrisa y girando nuevamente grito…caramelos!!
A partir de ese momento, los niños rodearon la jardinera mientras Ataulfo repartía caramelos y sonrisas.

Algunos intentaban tocar las guampas del matungo, a lo que éste respondía con un movimiento, como sacándose moscas, posiblemente entendiendo también que formaban parte de la magia.Ataulfo tuvo la delicadeza de dejar los últimos paquetitos para el recorrido de vuelta donde alguna madre con su hijo en brazos se acercó para recibir su regalo.

El regreso fue un recorrido sin tiempo.
Su cabeza de a poco se fue llenando de pequeños recuerdos que comentaba con el matungo, que lentamente y con una guampa caída fue caminando a rienda suelta hasta el rancho.
Al llegar lo liberó de la jardinera, le arrimó paja y agua, se sacó el pañuelo, único disfraz que tenía, se metió en la boca el último caramelo que encontró en la cocina de la casa y durmió en paz.
Luego de lo ocurrido, gran parte del año Ataulfo esperaba esa noche, como lo hacía cuando era niño.

En el pueblo se le conocía como Painatal. Se había ganado un apodo, ya era alguien en ese mundo rural fronterizo.

Nunca se sabrá cuando lo empezaron a llamar así, pero muchos años después, repetía exactamente igual aquella ceremonia.
Salvo algunas mejoras, como el año que pintó la jardinera, pero el mismo matungo y los mismos caramelos, que mejorarían con las ataduras con cintas de colores que le traía Amalia de la frontera.

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