Vecino

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por Wilson Frechero



Bajo la lluvia,
un hombre con un paraguas se acercó.
Al principio no me di cuenta.
Tratando de levantar las bolsas del super
e intentando no mojarme,
lo primero que vi fueron sus zapatos.
Al incorporarme de a poco,
mi vista lo fue recorriendo
hasta toparme con el rostro de él.
Creo que el impacto que me causó
fue demasiado evidente.
Bajo ese paraguas,
y en toda su humanidad,
se encontraba el morocho del 503…

El era ese muchacho con el cual a veces, nos cruzábamos en el palier del edificio, en una elemental relación de “hola-chau”, pero que bastaba para que mi cabeza explotara en mil situaciones, las cuales algunas, por razones obvias, eran irreproducibles.

Posiblemente, mi cara de estúpida, generó el espacio para la pregunta de él:

  • Como andás… te puedo acompañar así no te mojás?

Esa frase, superaba ampliamente la elemental “hola-chau”, lo cual ni me podía imaginar aún, mi correlativa respuesta mental de situaciones.

Contesté en forma casi gutural y sonó algo así como:

  • Bueno…gracias!

Demostrando un alto oficio de caballero, acomodó su brazo con el cual sostenía el paraguas, de tal forma, que nos cubriera a los dos.

Inmediatamente, mis sentidos comenzaron a mandar información a una velocidad difícil de superar.

El olfato me hablaba de una persona muy pulcra, pero no amiga de perfumes ni de colonias, sin embargo usaba suavizante para su ropa, otorgándole un leve e irresistible olor a bebé.

El tacto concentrado en el antebrazo de ambos, inevitablemente juntos, debido a la postura. Simplemente disfrutaba del momento, ya que éste tenía el sobre estímulo de ser el primer contacto físico.

Mis oídos, en una lucha constante con los pensamientos, no me permitían concentrar en la próxima parte del diálogo. De tal forma que tuve que pedirle que me repitiera lo último que había dicho.

  • Perdón, le dije, no te escuché..
  • Nada, solo comenté que por desgracia, tenemos lluvia por dos o tres días más..

De nuevo mi pensamiento estuvo a punto de transformarse en “ojala que sea un diluvio”, pero por suerte mi boca permaneció cerrada.

No sabía cómo hacer para demorar esas pocas cuadras que faltaban para llegar a destino.

Me costaba decir algo de tal forma que no quedara en evidencia mi estado de nerviosismo así como mis deseos.

Aquello no quería que terminara, el sonido de la lluvia en la tela del paraguas, esa deliciosa proximidad, hacía que por momentos deseara tirar las bolsas que ocupaban mi otro brazo para poder abrazarlo de golpe y fundirme en un beso entre zanahorias y cebollas desperdigadas por el piso de la escena.

Por último, y por desgracia, llegamos a destino.

Casi con esfuerzo, separé mi antebrazo del suyo y bajo la entrada, con mucho cuidado retiró el paraguas de arriba nuestro.

Lo cerró y con cierta gracia, lo sacudió en un ágil movimiento de muñeca, para soltar la mayor cantidad de gotas posibles y se dispuso a abrir la puerta.

Por suerte yo vivía en planta baja, no hubiera resistido la intimidad del ascensor.

En la despedida, no hubo ningún contacto. Pareciera que habíamos retrocedido al “hola-chau”, pero no, era simplemente la correlación de su caballerosidad.

Me quedé con esa imagen. Ese día repetí mentalmente infinitas veces aquel camino, aquella lluvia, aquel paraguas, que me daban al aval para seguir soñando una nueva oportunidad.

Y creo que con ello, me dormí.

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