por Wilson Frechero
Llegué tarde con la película empezada,
nada me ponía de tan mal humor.
Particularmente la previa de la película,
que también formaba parte de la misma,
no poder hacerla,
me la hacía sentir como incompleta.
Años de Cinemateca generaron en mi esa cultura que escapaba a las proyecciones, aquello era un todo, un mirarse en rostros conocidos, en saludos entre quienes nunca habíamos hablado, pero cómplices de una pasión común, y en esa ceremonia previa, ese bajar de revoluciones, nos ponía a tono con lo que iba a suceder. Era la complicidad de entrar a vivir en ese mundo donde nuestra vida, muchas veces, se convertía en la vida de ese personaje que tanto admirábamos como odiábamos.
Al entrar a oscuras a la sala, presentí que todos me miraban y me señalaban como un irresponsable. Subí hasta la fila que me correspondía y en un exagerado e inútil esfuerzo de contorsionista, traté de llegar a mi asiento lo antes que pudiera, sin golpear en forma excesiva a las personas ya sentadas en la misma fila, así como a las de adelante que a veces giraban para ver al causante del roce inesperado de sus cabezas.
Evitando escuchar los murmullos de disconformidad de los cultores de las buenas costumbres, que zigzagueaban de un lado a otro de mi figura para no perderse ni un segundo la imagen del momento, y haciéndome cada vez más pequeño, me tiré, en una torpe, forzada y definitiva zambullida, sobre mi asiento.
Cuando logré sentarme, en unos instantes de quietud, proyecté, la forma que con los movimientos mínimos, lograría quitarme la gabardina. Ya había entrado mal a la sala y no quería volver a ser el protagonista de algún malestar.
Y así comencé, en una combinación conjunta entre la cintura y los hombros. logrando pequeñas victorias en torno al objetivo final que, a pesar de lo absurdo de los movimientos, logré tener la prenda sobre la falda, sin pasarme en nada del espacio que me correspondía.
Por fin, y sin darme cuenta, dejé escapar un suspiro.
Una risa ahogada, casi inaudible, me hizo girar el rosto hacia el asiento de al lado. En él una mujer de mediana edad, intentaba en vano esconder la sonrisa que le produjo mi acrobática maniobra, a la cual respondí con una expresión que posiblemente resultó más ridícula que jovial, a ser por la nueva sonrisa reprimida de mi vecina, iluminada solo por la luz de la pantalla en el perfil de su rostro, el cual ostentaba unos lentes con una armazón casi inexistente.
En definitiva, el intercambio visual con aquella dama, disminuyó en algo el cúmulo de vergüenza que me hizo sentir tan irregular entrada.
Me gustaban esas películas sin héroes o con héroes sin capa ni mallas ajustadas, donde no solo no se rescataba a la princesa atrapada en la torre, ni se acribillaba a los malditos alemanes (o japoneses) si no que, además, impunemente desnudaba las miserias de los protagonistas. Miserias que muchas veces terminaba enrasando a los actores con los propios espectadores en una cruel dinámica de ida y vuelta.
En este caso la película era sueca y en determinados momentos de excesivos paisajes blancos y solo sonidos de viento, esforcé el rabillo del ojo para poder apreciar más el perfil de esa mujer que, con esa leve sonrisa, había alivianado en algo el ridículo acumulado en mi nada triunfal entrada.
Casi como el expresionismo en el cine, trataba de que ese primer plano me diera pistas de su perfil psicológico para no caer en alguna estupidez característica de mi inseguro accionar.
En determinado momento creo que ella se dio cuenta, pero no cambió su actitud ni desvió su mirada de la pantalla, donde la luz de la misma se reflejaba en los cristales de esos lentes que flotaban en su rostro.
Algo me hacía distraer.
El contacto del antebrazo y algún roce sin intenciones de los muslos, disparaba imágenes mentales que me sacaban de la secuencia lógica del diálogo de la pantalla, lo que me llevaba a un gran esfuerzo por entender el resultado final de aquellas líneas. Era como perder esa pieza del rompecabezas que va conformando la imagen final propuesta, donde muchas veces, incluso, tanto el diálogo como la imagen mental se mezclaban en algo muy confuso haciendo imposible su control.
En algunos silencios de la película me imaginaba lo que podía suceder después. Con un café mediante, comentaríamos lo visto y aquello podría ser el comienzo de alguna amistad. Me propondría no caer en el error de hablarle de mi en una primera instancia, ya que mi vida se parecía más al neorrealismo italiano que a los finales felices de las comedias, que del 30 al 40 fueron típicas del cine de Hollywood
Siempre me costó contener mi imaginación, quizás por ello era mi pasión por el cine.
Me gustaba pensar que en la vida real había buenos y malos actores, y aunque mi autoestima me definía como de reparto, prefería ser el héroe anónimo que el galán de jopo inamovible.
Todos tenemos historias, pero solo algunos tienen la capacidad de contarlas de manera magistral, y eso es el cine.
Tras un importante esfuerzo, volví a concentrarme en la pantalla.
Hasta que, atrapado por el final de aquella película sueca, me di cuenta al encenderse las luces, que ya no estaba, y sobre el asiento, descansaba el pequeño papel de la entrada doblado con una nota.
En ella, con una impecable letra manuscrita decía:
…….hoy prefiero no quedarme a los créditos, me di cuenta que esta película ya la he visto, cuídate… beso.¨
Tome la nota, mientras miraba hacia los costados como esperando que alguien se diera cuenta de lo ocurrido. Esperé hasta el final de los créditos y de una forma más fácil de cómo me la quité, me puse la gabardina, mientras bajaba hasta la salida.
En la puerta, levanté la mirada. La llovizna había terminado y el viejo teatro, como las luces de la ciudad, tenían su imagen gemela en el piso mojado de la vereda.
Cualquier parecido a Bogart, en el cine negro de la década del 40, era pura coincidencia, aunque reconozco que el ambiente y la imaginación me llevaron a ello.
Luego de una bocanada de aire, cerré la gabardina, le levanté el cuello para parar en algo el aire fresco que subía de la costa y decidí volver caminando.
Mientras caminaba, metí la mano en el bolsillo derecho, buscando un cigarrillo y me di cuenta de que no fumaba, solo encontré la nota de la dama de los cristales y ahora fui yo el que esbozó una sonrisa.




















Me lo leí todo el cuento, ya que antes de mis pichones en el milenio anterior, con Pedro éramos adictos y lo de llegar antes para hacer cola en Estudio Uno era imprescindible. Por eso me desilusionó un poco eso de buscar su ubicación, se debe referir a la cinemateca de ahora.