por Wilson Frechero
Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó.
Se presentó como un amigo de Raúl.
Un amigo de la infancia que nunca había dejado de tener contacto con él.
Nunca lo había visto.
La noche en vela, y las diferentes emociones, ayudaban a un cansancio casi al límite. A esa altura me costaba diferenciar a la gente.
Sin embargo igual no pude evitar fijarme en lo menudo de su cuerpo en contraposición al tamaño del paraguas que tenía.
Una barba de algunos días, algo canosa, y unos lentes que se superponían a la sincera tristeza de sus ojos. Posiblemente aparentaba más años de los que tenía.
Se acercó lo más que pudo.
Lo más que pudo, significaba el punto tangencial de la curva frontal de nuestros respectivos paraguas, donde allí exactamente tomaban contacto.
Y con absoluto respeto, extendió su mano para darme las condolencias.
Su modesta indumentaria, no se relacionaba a la mayoría de las personas que habían venido a la última despedida del pariente o del amigo. Esto me llamo la atención.
El círculo en el cual se había movido Raúl, generalmente profesionales o empresarios, si en algo se destacaba, era en el cuidado de su imagen y presencia como forma de una presentación anticipada a cualquier evento.
Esta persona, la cual nunca dijo su nombre, tratando de ubicarse exactamente en el rango de mi dolor, no pudo evitar trasmitirme una serie de comentarios.
Me comentó de lo orgulloso que se sentía de haber conocido una persona de tanta generosidad como Raúl.
De como siempre estuvo dispuesto a colaborar con causas sociales como la de su escuela o nunca a negarse a darle una mano al necesitado, sea su amigo o no. De cómo incluso, a pesar de lo inconveniente del caso, había donado sangre a dos amigos con una diferencia de pocos días.
A esa altura, comencé a prestarle algo más de atención. No puedo negar que al principio hacia un esfuerzo enorme para poder hilvanar lo que me decía.
Lo mire a los ojos, no sé si él lo percibió.
Este hombre, sin dar espacio a ningún comentario, continuó comentando cómo lo iban a extrañar las personas de “La Huella”, en donde cada semana levantaban el pedido.
Al ver la expresión de extrañeza, de mi cara, me explico que La Huella, era un boliche de un barrio marginal en el cual Raúl pasó su primera infancia y que religiosamente cada semana dejaba pago un pedido de diferentes alimentos, para que algunas familias pudieran retirarlo a medida que lo necesitaban.
Estas familias extrañarían a un hombre sin cara, sin nombre, solo identificado por su gran solidaridad, ya que, so pena de suspender su accionar, había intimado al dueño de La Huella a no hacer pública su identidad.
Todo ese relato me confundía un tanto. Parecía no hablar del hombre con el que pasé gran parte de mi vida. Aquella persona era más bien callada, no muy afecta a las reuniones en casa, que habitualmente hacía con mis compañeras de trabajo, cuyo perfil casi insociable, era el común denominador en las opiniones de mi familia.
Sería posible que a pesar de los años de convivencia, no lo hubiera llegado a conocer.
Que había pasado?. Fue él que no supo trasmitir sus verdaderos deseos y aspiraciones o había sido yo, que encerrada en lo personal, no le habría dado el lugar que le correspondía?.
Sería posible la convivencia de una relación donde dos extraños pasen tanto tiempo de su vida juntos?
Tomé conciencia de que eran preguntas que ya no tenían repuesta.
Este hombre, al notar que mi mente se fue apartando de su diálogo, tuvo la delicadeza de despedirse con otro apretón de manos.
Giró y la imagen se transformó en la parte de atrás de ese gran paraguas que me llamo la atención desde el principio, solo dejando entrever parte de su gastado buzo y sus pantalones de paño marrón.
Se aproximó al ataúd, previo a que lo bajaran, apoyo su mano derecha sobre el mismo y se mantuvo así unos segundos.
Luego, desapareció entre la gente.
Al igual que Raúl en aquel almacén, se fue sin dejar su nombre, ni su procedencia.
Quizás la historia tenía que terminar así, sin saber más nada.
Pero lo que si sabía, mientras veía sin ver, a través de las ventanillas mojadas del coche de la empresa, era la sensación de que esa tarde, había enterrado a otra persona.


















