por Wilson Frechero
Cuando a la Antropóloga Mead Margaret (1901-1978),
uno de sus alumnos le preguntó
cual era el primer signo de civilización,
ésta le contestó:
“un fémur con una fractura soldada”.
El hallazgo de este elemento,
significaba que alguien de ese grupo
se había preocupado por cuidar y proteger a esa persona que,
en esa época, hubiera sido una presa fácil en tales condiciones.
Pasó el tiempo y continuamos “civilizándonos”,
logrando ser muy inteligentes.
Y nuestra inteligencia nos ha permitido lograr cosas que superan la ficción. La robótica está supliendo las necesidades básicas de nuestra vida, para poder lograr otro espacio de tiempo que nos permita cubrir otra necesidad, otra innovación que ya nos está resolviendo como cumplirla.
Nubes artificiales en drones, que refrescan a los espectadores de un campo deportivo para su confort. Centros comerciales sin necesidad de empleados, donde sin inconvenientes nuestra tarjeta con chip nos autoriza con total libertad a adquirir todo para nuestro bienestar y placer, sin tomar contacto con nadie.
Grandes emprendimientos inmobiliarios en zonas cada vez más exclusivas, cuya exclusividad nos proporciona la serotonina necesaria que nos da el placer por pertenecer a ese selecto grupo. Palcos de los nuevos estadios, similares a las habitaciones más lujosas de los hoteles de primera línea. Emprendimientos en Marte para la futura colonización.
Nuestra inteligencia también nos permitió lanzar miles de satélites para poder cumplir, cada vez con más capacidad y velocidad, nuestra necesidad de enviar y recibir datos a cualquier parte del planeta. Lograremos una extraordinaria conectividad y un inmenso sector de basura espacial, emulando en parte los que ya tenemos a nivel de la tierra.
Realmente somos muy inteligentes.
Hoy hemos logrado generar o inventar las necesidades, para luego ofrecer el producto que las satisfaga. Necesitamos ese móvil de última generación, esa televisión que nos ofrece la propia televisión. Y así seguimos aprovechándonos de esa sublime inteligencia que nos llenó de celulares sin límite de funciones, y de haber logrado interconectar nuestra corta vida a través de las pantallas, que a su vez están proporcionando los datos de nuestras nuevas necesidades, para que nuestra inteligencia nos la satisfaga cada vez con mayor velocidad.
Y con dicha inteligencia y nuestras pantallas, tratamos de no perder tiempo estando al tanto de lo que pasa, sin darnos cuenta de que estamos perdiendo el tiempo que necesitamos para saber lo que realmente pasa.
Y así vivimos actualmente, en un supremo aturdimiento intelectual.
Obviamente que un aturdimiento programado, y no me acerco ni por una décima a las teorías conspirativas, no, no es necesario. El juego está muy claro, mientras por debajo nos relacionamos y des-relacionamos (permítanme la licencia literaria), en torno a diferentes ideologías políticas, nos olvidamos de que el verdadero poder es el económico.
Sobran ejemplos de poderes políticos retirados por las buenas o por las malas (generalmente por estas), en que dichos poderes interfieren con los intereses económicos de los grandes grupos financieros.
Incluso en otro nivel, son los sectores políticos que, bajo una bandera determinada (para que se haga más creíble), les hacen el camino más fácil a estos grupos, para que nosotros, aturdidos o no, los pongamos en el poder.
Poder que casi monárquicamente, continúa muchas veces, históricamente, una misma línea parental. Pero no volvamos sobre historias conocidas. El tema pasa por el aturdimiento actual.
Aturdimiento de no poder ver que cada acción nuestra, muchas veces, repercute en aumentar tales contradicciones.
Nuestra inteligencia ha logrado concentrar el poder en nuestro dedo pulgar. Con él regulamos nuestro confort, nuestro ocio y placer. Con él controlamos la gran pantalla de nuestra vida y, a diferencia de aquel dedo medio humedecido con el cual dábamos vuelta las hojas, sus nuevos superpoderes lograron hacer variar nuestros gustos a distancia, sin necesidad de movernos y en un instante pasar de una situación a otra en forma casi milagrosa.
Y a tener en cuenta, acá no se engaña a nadie, el juego está claro. Si prefiero ocupar mi tiempo libre en sentarme frente a una pantalla, tengo todas las posibilidades que me ofrece la nueva tecnología. Y si yo consumo esperando el nuevo producto que me va a hacer más feliz, bienvenido sea. Por algo somos inteligentes y sabemos realmente lo que queremos.
Nuestra inteligencia nos ha dado la capacidad de evitar que nos afecte el dolor ajeno y poder disfrutar, sin carga alguna, con admiración, de los nuevos contratos y premios astronómicos de los deportistas de elite, así como su calidad de vida, diversiones, inversiones, etc. Y poder participar en alguna medida, con nuestro tiempo y consumo, en esa cadena generadora de riquezas.
Y seguimos asombrados de lo que puede hacer el hombre con la tecnología actual, cuando vemos los nuevos estadios e instalaciones para el próximo mundial de Qatar, por sobre los 6500 operarios muertos que hasta el momento se han cobrado las obras. Y vemos con asombro ese estadio que se desarma y se arma donde sea necesario por sobre esos, casi todos inmigrantes, que quedaron cubiertos, en forma anónima, como un costo más de la impresionante inversión.
Y a pesar de toda nuestra inteligencia, al mismo tiempo a 3.273 km de allí, en Nepal, un niño de 4 años protege a su hermana de 2 por algún riesgo inminente.
Si, al mismo tiempo.
Vivimos en una época en que, en muchos sectores de nuestro planeta, prevalecen las presas fáciles a las que hacíamos referencia al principio.
Estamos rodeados de holocaustos con victimas imposibles de cuantificar, y solo recordamos algunos, buscando quizás acallar en algo nuestra conciencia individualista y sectaria. Conciencia que nos evita mirar esos guetos actuales que solo nos inspiran una vergonzosa lástima.
Pero veamos ese niño como algo esperanzador. Posiblemente nacemos con esa capacidad de proteger al del grupo, de hacerle posible la curación del fémur, de dedicar nuestro tiempo a pensar que la felicidad del otro es la nuestra, en un acto definitivo de civilización.
O quizás en algún momento de nuestra evolución lo hayamos perdido abrumados por nuestras necesidades, cayendo en ese total estado de aturdimiento que nos lleva a buscar esa frágil sensación de éxtasis, de relativa felicidad.
Salir de ese aturdimiento, no dependerá de grandes revoluciones ni de acciones masivas, solo se logrará con actitudes personales conscientes, que nos hagan darnos cuenta de la diferencia entre sobrevivir o ser feliz.
Pero seamos positivos. Hemos tenido la suerte de que, gracias a nuestra inteligencia, no necesitaremos de un meteorito para nuestra extinción, como les sucedió a los dinosaurios.
Lo nuestro, solo será cuestión de tiempo…


















