por Wilson Frechero
Me desperté con el sonido del teléfono fijo.
La torpeza del sobresalto, y el consecuente manotazo, hizo que tirara el tubo al suelo en el intento de atender.
Cuando lo incorporé la comunicación ya se había cortado.
Era muy temprano, era la hora de las llamadas importantes o trágicas y, automáticamente, una vez que fui abandonando el inconsciente, comencé a especular.
Me fue siempre imposible conciliar el sueño una vez me despertaba, por lo tanto, decidí comenzar con el inevitable ritual de las mañanas.
En el lapso de tiempo que transcurrió entre el baño y la heladera, surgieron varias ideas con sus respectivas imágenes mentales.
Podría haber sido una persona que se dio cuenta de que había marcado mal y decidió sobre la marcha colgar de apuro, posibilidad nada interesante y por consiguiente mi mente la descartó enseguida.
Una mala noticia,… era difícil, ya que no intentaron comunicarse de nuevo. Una urgencia del trabajo, teoría fácil de comprobar a corto plazo, ya que allí me dirigía, y por ende la mantuve en el maletín de las posibilidades.
Ya en la cocina, el olor al café y al pan tostado, me llevo al último desayuno que había tomado con ella….hacía un tiempo ya. No entendía porque había aparecido casi en forma inconsciente esa imagen, similar a una propaganda subliminal. Pero allí estaba.
Inevitable y automáticamente, mi cerebro organizó la situación de tal manera, generando la idea, de que aquella llamada, había sido de ella, en un intento de volver a encontrarnos, pero al parecerle demasiado atrevido decidió interrumpirla.
En el trabajo, no había problemas, nadie había intentado comunicarse conmigo, hecho que reafirmó la teoría que más me estimulaba.
La mañana, entre papeles, se llenó de rostros. Volvieron algunas tardes y noches lejanas donde solo importaba estar juntos y el entorno se volvía algo gris sin importancia.
Aparecieron risas, llantos, ilusiones y dudas supuestamente olvidadas. Volví a escucharla en aquella tarde del bar donde, mientras que sus manos se apoyaban cruzadas sobre la mesa, mirándome directamente a los ojos, me decía…”nunca te diste cuenta de que yo era la mujer de tu vida..”
Creía que aquel “disparo en el pecho” ya no me dolería, pero no fue así. Tuve la necesidad de interrumpir mi tarea y proteger mi íntimo dolor, por un rato, en el baño del personal.
Hasta el final de la jornada, ella me acompañó. Su supuesta llamada interrumpida, disparó múltiples situaciones como una especie de trama teatral de infinitos finales.
Eso, sin duda, se asemejaba mucho a lo que fue nuestra relación. En aquel momento, ninguno de los dos se animó a llegar a los créditos de aquella corta e intensa película, dejando la posibilidad de que con un disparador, mirada, encuentro o un simple timbre de teléfono, volviéramos a revivir, desde lo más intenso de la piel, aquella sencilla historia de amor.
Creo que demoré en volver a casa, quería comprender que lo inconcluso también era otra forma de final. Son esas puertas eternamente abiertas esperando, no sé qué, pero esperando. Y traté de convencerme de que aquella era la culminación lógica para esa historia.
Pero igual, no comprendía entonces, la duda. Porque aquel dolor de ese viejo “disparo en el pecho”, que logró hundirme en la angustia. Porque después de tanto tiempo.
O quizás, sencillamente, no lo quería comprender.
Esa noche, apure la cena para acostarme temprano, y me dormí, sin más, con otra historia inconclusa y la vista fija en el teléfono.


















