Sentimiento de pandemia

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por Raphael Ficher

Me despierto y todavía estamos en pandemia.

No tengo para donde ir,
el trabajo está suspendido
y las calles están vacías.

Me preparo un café bien fuerte,
pero el sueño se me prende a la cara.

Es (el sueño), como una araña negra de patas metálicas,
que se arrastra por el piso de la cocina.

Me trepa,
me va pellizcando dolorosamente los muslos y el abdomen,
hasta clavarse en mi cara haciendo peso en mis ojos y en mi boca.

La fila en la olla popular aumenta, la veo desde la ventana. Es un largo collar de perlas, pero en vez de perlas veo tuppers vacíos. Son gente que lleva en la mano un pedazo de plástico lleno de nada, con niños prendidos en las faldas o (en el menor de los casos), de los pantalones.

Enciendo el televisor, activo WhatsApp en el celular y me invade la metralla diaria de mugre. No sé por qué, guardo un secreto deleite en este aspecto.
Estoy despierto, pienso en el mate, en tomar un trago de Red Bull, en salir a gritar por la calle un pedazo de poesía, pero no me animo.
Pienso que ya nadie quiere escuchar poesía, nadie quiere sentir en el oído un suave aleteo de Márquez, Poe o Whitman.

De pronto me viene la risa. No podría salir gritando, tengo que usar el barbijo.
Y veo a toda la ciudad con ese pedazo de mudez en la cara, sin saber si ríe o llora. Solo en los ojos adquiere ahora sentido la sencilla metáfora que nos enseñaban en primer año de escuela. Si, Maestra, son las ventanas del alma, lo son. Pero el alma está trancada, y por las noches vemos también a esas almas trancadas. A veces pienso que mis coterráneos son vampiros.
Por debajo del tapabocas se esconden grotescas sonrisas con dientes afilados y un aliento espeso que se nota mejor en las noches de frío. Y Rivera está llena de ellos, de vampiros tristes que van a dar con sus huesos en las esquinas o en las plazas, plazas de hamacas melancólicas, de juegos que ya están pidiendo a gritos el peso de un niño, la sonrisa de una familia el olor dulzón de la garrapiñada.

Y sigo queriendo gritar, pero nadie me escucha. Y veo a las personas sin voz en el almacén, con una tarjeta en la mano, deseando poder gastar en caña, pero no pueden. Tienen que optar por los fideos de mas baja calaña para poder llevar algún pañal descartable también.

Y mientras la araña de mi rostro comienza a desarticularse, veo que el collar de perlas ya es una gigantesca víbora. Un animal sin aliento, sin matices de odio o alegría. Es solo una fila de caras sin rostro que avanza hacia una olla aguada llena de papas, fideos, zanahorias y garrón picado en trozos chicos, para que le toque un poco de carne a cada parte del animal.

Intento gritar de nuevo (dentro de casa) ¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado, la nav…No, no puedo terminar. Por allí vuelve la araña arrastrándose trabajosamente.

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