Un buen plato de fideos

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por Raphael Ficher.

Cuando voy a preparar el plato,
ya se me hace agua la boca.
Intento no avocar los fantasmas del pasado,
pero es inutil.

Del grifo ya sale agua hirviendo,
gracias a las reformas de mi señora en la cocina,
y el agua llena la olla que va al fuego.

Me acuerdo cómo papá rompía la bolsa de fideos sin usar la tijera, con un golpe seco en la mesa de la cocina. El nylon se remangab ay emergían los mástiles, como si fueran témpanos de hielo que sobresalen del suelo del Ártico.

Yo daba unos pasos hacia atrás con el susto del golpe, pero luego volvía a ver como mi padre sumergía la pasta en la agua que ya burbujeaba.
Su mirada era de ojos caídos, como si estuviera haciendo ese ritual sólo para mostrarme un detalle lindo de la vida y no para comer.
No importaba que no tuvieramos tuco con carne, porque después vendría un momento especial.

Soy mezcla de italiano y alemán, por eso creo que el carbohidrato en grandes cantidades no me cae mal. No obstante, mi madre siempre me correteaba con algo de fruta para mejorar mi dieta. No se por qué, las madres siempre nos persiguen con una bufanda y siempre nos tratan de convencer para comer cosas verdes.

La pasta estaba blanda y la colamos. Algo de agua caliente me saltó en los cachetes y no pude evitar la analogía a un volcán de lava candente, además, en esos tiempos estaba muy de moda Super Mario Bros en la primera consola de Nintendo y por eso me sentí como Mario, por lo de italiano y por el agua caliente.

Papá me dejó el plato sobre la mesa y colocó sobre los fideos calientes una gruesa rebanada de manteca amarillenta y pesada.
El aire se perfumó hermosamente y la grasa comenzó a fundirse por entre el laberinto de cachos dorados de una rubia dormida en la cerámica de la abuela.

Yo miraba con glotonería aquella pornográfica imágen y pude contemplar la lluvia de queso que, como metralla, se desmoronó desde las manos de papá. Acto seguido, el hombre me dejó la bolsita de queso rallado al alcance de la mano y me dijo como en tono de broma con asentimiento: Tomá, si querés, ponele un poquito más.

No pensé en mi hermano Alejandro. Cuando uno es niño y está cocinando con el padre, el egoísmo es un pecado que se puede cometer, además, tenemos una vida para redimirnos y pedir perdón. No podemos olvidar que cuando somos niños, somos inmortales, somos casi Dios.

Tapé el plato con un manto extra de queso y en mi frente se estampó el beso de mi padre. -Sos buen cocinero-me dijo.
Las palabras se quedaron allí y el viento de la cocina se las llevó a algún rincón de mi cerebro, un rincón que no envejece con el barrido de las escobas del tiempo.

Y allá se quedó aquel cocinerito, con un plato de pasta y manteca fundida, viendo cómo el queso comenzaba a hacerse hilo al bailar con el tenedor.
Papá se fue, pero el olor a manteca en la cocina todavía me suena como una campana, en el lado más claro del corazón.

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2 Comentarios

  1. Conosco al compañero Ficher, trabajamos juntos un tiempo, deberia hacer un libro de recetas de comidas y tambien de tragos, pues se que los hace muy bien. Felicitaciones y un grande abrazo.

  2. El cuento de Un Plato de Fideos removió mil cosas en mi ….. me acordé de mi vieja y mi abuela haciendo tuco toda la mañana del domingo ….. de mi viejo tomando un vasito de vino y algún domingo excepcional los demás tomando un refresco …. y si no agua con limón y azúcar !!!! Como cambio la vida : ahora el tuco se compra casi hecho , no puede faltar un vino chileno preferentemente y no puede faltar un refresco de 2 lts y medio. Otros tiempos sin duda …..

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