Crónicas de África II

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por Prof. Dir. Mauro Barboza



La segunda parte del viaje
por las tierras míticas del sur de África,
esa enorme Arca de Noé,
fue el safari propiamente dicho.

Lo anterior habían sido expediciones por el día
a la Reserva Natural del Río Chobe,
en camioneta un día y en lancha el siguiente.



El safari fue otra cosa. Cinco días y cuatro noches perdidos en la zona central de Botsuana, el Parque Nacional del Savuti, que comparte tierras con el famoso delta del Okavango, significó una verdadera aventura, andando inhóspitos y solitarios caminos, lejos de cualquier sitio poblado y sin comunicación de ningún tipo, ya que hasta allí no llega la conexión de celulares. Obligados al reencuentro con nosotros mismos y con el otro, descubrimos que todavía es posible la camaradería y la amistad generosa entre personas de distintas etnias y condición social.

Básicamente, éramos cuatro turistas aventureros con el apoyo de un guía con formación universitaria y cuatro empleados de la empresa de nuestro amigo Walter Sánchez, quien se encargó de coordinar todo el viaje pero se quedó en el Chobe Bush Camp, porque a sus sesenta años “esos tiempos de safaris ya se terminaron para mí” nos dijo.

Fueron siete fatigosas horas de viaje por caminos de tierra. Salimos enseguida de almorzar y llegamos en las primeras horas de la noche. Tuvimos que esperar que los empleados terminaran de levantar las tiendas y demás “dependencias” como ser cocina y comedor, lo cual provocó el malestar de nuestra rubia acompañante, poco dispuesta a soportar con espíritu de aventura algunas pequeñas calamidades diarias. Sospecho que la falta de wifi generaba buena parte de ese estado de ánimo.
El motivo de la tardanza, según nuestro guía, fue que los lunes es difícil conseguir personal disponible, ya que todos están reponiéndose de los fines de semana demasiado “regados” y alegres.

El sitio del campamento estaba enclavado en un pequeño bosquecillo sobre una elevación del terreno. Cuando estábamos llegando, la camioneta pasó entre una manada de leones que nos dieron un buen susto, porque emergieron de repente de las sombras, pero todo transcurrió normalmente. Tres o cuatro hogueras estratégicamente distribuidas, prevenían contra la posible intromisión de animales salvajes.
Alrededor de una de ellas, nos sentamos aquella noche y disfrutamos nuestra primera cena de campamento. Un horizonte de leones bramaba, muy lejos del río (gracias al gran Federico por prestarme esta metáfora). Las tiendas eran estrechas, apenas lo suficiente para contener un par de catres con colchones y con su respectivo baño químico detrás de la misma, separado del exterior por una especie de biombos, ya que era muy arriesgado salir al exterior a hacer alguna necesidad luego que todos se hubieran acostado y languidecido las hogueras.
Cuando a la mañana pudimos apreciar al campamento en su totalidad, descubrimos un conjunto muy bien organizado, todo lo que uno puede esperar de un vivac en medio de una zona desierta y salvaje. El conjunto podría ser tildado como encantador y pintoresco. Ya éramos verdaderos exploradores.

Respecto al safari en sí mismo, sospecho que setiembre no es el mejor mes para safaris. ¿La razón?: a esa altura del año los efectos de la sequía se hacen evidentes, las grandes manadas de herbívoros emigran buscando mejores pastos y los depredadores consecuentemente tienden a seguirlos o a permanecer a resguardo, conservando energías.
Es necesario recorrer largos trechos en camioneta por los caminos interiores de la reserva para encontrarse con pequeños grupos de búfalos, gnus o impalas y nos quedamos con las ganas de ver una cacería de chitas, el animal más veloz de la tierra.

Apenas vimos un par de ellos descansando a la distancia. Lo que abunda siempre son elefantes, Botswana tiene la mayor reserva de elefantes de África, unos 120.000, aproximadamente la mitad de elefantes salvajes que existen en todo el continente. Y un par de manadas de leones que dominan un vasto territorio.

Un atardecer, cuando volvíamos al campamento, nuestro vehículo tuvo un encontronazo con un elefante que se negaba a abandonar el camino y se nos vino peligrosamente encima, sin espacio ni tiempo para dar la vuelta. ¡Fue la mayor dosis de adrenalina de todo el viaje!
Un hábil manejo de la situación por parte de nuestro guía líder, llamado Obi, pudo solventar la situación, haciendo roncar el motor y prendiendo y apagando las luces como grandes ojos en la penumbra, logró que el elefante lo pensara mejor y se metiera en un bosquecillo, a un costado del camino.

Esa noche, todavía exaltados, escuchamos a nuestro guía contar historias que tenían como protagonistas, faltaba más, a leones y elefantes, los reyes del “bush” (zona arbustiva de la sabana africana).

Obi, el guía y jefe del equipo de nativos, nos contó de la noche en que en el medio del campamento se terminó de desarrollar una titánica lucha entre un grupo de leones y un elefante malherido, que terminó cayendo abatido a la vista de todos, mientras la manada entera se precipitaba hacia la presa. Esto provocó que los acampantes se subieran a las camionetas y abandonaran rápidamente el lugar antes que la ferocidad de los exaltados leones los alcanzara. La escena que contaba nuestro guía me hizo recordar un documental que había visto unos meses atrás, y que se llamaba: “Los leones de Botswana, asesinos de elefantes”.

Reunión para cenar bajo la protección de las hogueras.

Por cierto que los leones deben elegir muy bien su presa, un elefante adulto poco tiene que temer de los leones, pero con los elefantes jóvenes es otra historia. Los leones se valen de su privilegiada visión nocturna para provocar el caos en la manada de elefantes y apartar un elefante joven, al que atacan y desangran hasta la muerte. Comida para varios días.
En la naturaleza, la pérdida de unos es la ganancia de otros.

Nos tocó hasta cierto punto ser testigos de uno de estos episodios. Una noche escuchamos una barahúnda de rugidos de leones y furioso barritar de elefantes a pocos cientos de metros de nuestro campamento. Durante la noche imposible hacer otra cosa que poner el oído. A la mañana fuimos a ver y allí estaba, el cadáver de un elefante pequeño, de unos diez años, con colmillos apenas incipientes. A todo esto un enorme león se había quedado cuidando la presa del acecho de hienas, perros y buitres, siempre dispuestos a hacerse del botín de otros. A la sombra de unos arbolillos el resto de la manada descansaba, con los hocicos tintos en sangre, agotados y ahítos.

En general los días del safari transcurrieron más plácidamente de lo que hubiéramos deseado, por las razones anotadas, estábamos en la estación seca, lejos todavía de los días en que tras las copiosas lluvias de noviembre y diciembre vuelven las grandes manadas. Por eso tuvimos que soportar largos trayectos, de los que volvíamos agotados y sin mucho que comentar, aunque nuestros amigos mexicanos Eugenio y Bety estaban encantados y afirmaban que siempre ocurría algo que salvaba el día.
Por ejemplo, que nos dimos el gusto de desayunar prácticamente en medio de una manada de elefantes, que guardaron respetuosa distancia. Parece que tuvieran conciencia de que nada tienen que temer en los tiempos que corren, lejanos ya los días en que la búsqueda del rico botín del marfil llevó a la  cacería brutal, casi hasta la extinción, de los poderosos paquidermos, verdaderos reyes de la sabana.

Merienda entre elefantes y leones

Pero a la noche, las reuniones y conversación en el vivac, en torno al fuego ancestral y protector, nos preveían de amenas charlas, anécdotas y más de un inevitable escalofrío ante los ruidos de la noche y el concierto casi diario de bramidos lejanos, y a veces no tanto.

En la cena no faltaba nada: sopa, plato principal, frutas y hasta postre. Que nadie piense en una pierna de jabalí asándose lentamente en una estaca clavada en el suelo. Esos días pertenecen a un pasado remoto, asociado al Dr. David Livingstone, el gran explorador británico que anduvo por estas tierras, y cuyo cuerpo está enterrado en la bahía de Westminster, en Londres, pero su corazón permaneció en África y está sepultado en Tanzania!

Según nos contaba el guía, el ministerio respectivo tenía rígidas exigencias en lo relacionado a las comodidades, la comida y la seguridad de los visitantes. Es de entender, un solo accidente podría provocar un desastre en materia turística. En un país semidesértico como Botswana el turismo es casi todo.

En uno de esos campamentos, reunidos todos tras la cena, les pedimos que pusieran algo de música local, legítima música de África. Azorados nos contestaron que no tenían, pero uno de ellos  se ofreció a interpretar un tema folklórico llamado “El Kudu”. El kudu es una especie de antílope común en Botswana, grande, casi del tamaño de un caballo y que es frecuente verlo ramoneando solitario en cualquier lugar del bush, incluso al costado de los caminos.
Resultó ser una gran interpretación, el joven africano parecía dotado de un talento natural, como todos ellos. Interpretó el tema a capela, acompañado por el golpetear de manos de sus compañeros, cantando, bailando e imitando a los kudus con gestos de mímica. Resultó un show tan inesperado como  disfrutable.

Los cuentos de fogón no solo giraron en torno a aventuras salvajes, sino también cada uno contó aspectos de su propia vida. Así nos enteramos que Obi, el guía líder, tenía un título universitario de agente turístico y que planeaba reingresar próximamente a la facultad para perfeccionarse.
Nuestros compañeros mexicanos Eugenio y Bety, recién retirados de su actividad de “banqueros” (dijeron “banqueros”, no “bancarios”), se habían dedicado a viajar y disfrutar de la vida. Eran los más entusiastas, y nada los arredraba. Eugenio había sufrido un par de años atrás un accidente esquiando en los Alpes, se fracturó una pierna en varias partes, pero al año, ya recuperado, había vuelto al mismo lugar, en la frontera franco suiza, para afrontar el mismo desafío ¡y había salido triunfante!.

Y nos contaron de sus planes de viajar al año siguiente al Kilimanjaro, para muchos científicos la cuna de la especie humana, donde comenzó un proceso evolutivo hace unos tres millones de años, ¡y que aún no ha culminado! También planeaban conocer a los gorilas de montaña, en Ruanda, y sobrevolar el delta del Okavango en la época de crecidas. Un gran proyecto, que me invitaron a compartir, cosa que es probable que haga, si mi economía me lo permite, claro.

Y como todos contaban sus proyectos de futuro, nuestra rubia acompañante, Claudia, nos habló de regresar a Uruguay para instalar una clínica de belleza, con avanzados y sofisticados aparatos. El primer paso, regresar a Uruguay, ya lo dio, esperemos que se haga el resto.

Y un servidor habló de seguir viajando y escribiendo crónicas de cada lugar que visite, cosa que estoy haciendo por cierto en este preciso momento.

Indudablemente esas noches de campamento permanecerán en nuestras memorias, mientras, como lo hicieron nuestros ancestros, compartíamos el fuego, la comida, las anécdotas y el bramido de los leones.

(Próximo capítulo: Zimbabue y las famosas Cataratas de la Reina Victoria)

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