por Roberto “Beto” Araújo
El viejo Arseno fue, sin dudas,
el tipo más extraordinariamente versátil
en la narrativa oral que he conocido.
No tenía la cultura exacerbada de Reynaldo,
que llegaba en su exasperación a recitar el Hamlet
en un gutural inglés arcaico,
ni la experiencia del Viejo Heráclito
con sus siete vueltas al mundo a cuestas,
por el Ecuador, por los polos,
por los trópicos y por los meridianos,
de lo que tanto hacia alarde y ostentación.
Lejos de eso, el viejo Arseno, que por su lado no se había movido de la frontera, salvo algún viajecito sin importancia a Montevideo o a Porto Alegre, si bien no era un ignorante analfabeto, apenas exponía una natural facilidad para los números, que le había servido para iniciar en el tema del comercio internacional y algo de derecho, que había aprendido en sus tiempos de adscripto en la Marina, donde trabajó en la sección sumarios. Era eso y poco más.
Cierta vez dijo que había ido a Asunción por cuestiones de los despachos de madera que venían de Bolivia, pero nada más, pues lo suyo era su escritorio de Despachos Aduanero, su pasión futbolera por el Gremio Santanense y su incorregible afecto a la noche, los burdeles y las mujeres de mala vida, donde depositaba gran parte de su recaudación.
También, según se decía, su vida no había sido nada fácil. Eran versiones de la bohemia que solo una vez había estado enamorado y según contaban los que de esto sabían, había sido su prometida una mujer verdaderamente hermosa, pero hermosa en lo más expresivo de lo que se pueda concebir por hermosura y hermosa de cuerpo y alma.
Pero quiso la providencia (que tiene sus caprichos), que estando comprometidos y con fecha marcada para el casamiento, su novia enfermara de una extraña dolencia, que la fue doblando de a poco hasta el límite de la agonía. Pese a todo Arseno insistió en llevarla al altar y así la boda se llevó a cabo tal cual había sido planificada, con cura, juez y fiesta.
Pero pese a la magia de la festividad, que pretendía ignorar la trascendencia del flagelo que la abrumaba, ella no sobrevivió. Y poco más de dos semanas tras la boda, se murió entre sus brazos según eran mentas.
Por eso Arseno agarró para la noche, que suele comprender estas cosas de la vida y de la muerte, y así, cuando la madrugada se hacía liviana y universal, cuando la ciudad dormía indiferente a la tragedia del errante, el boliche se convertía en un jagüel de consuelo. En tal estado siempre a alguno se le daba por cantar un tango, y era entonces cuando Arseno se amainaba y después de una eternidad ensimismada, se le daba por declamar armónicamente la letra de Lepera “Sus ojos se cerraron”.
Y su versión recitada del iconográfico tango, hizo yaga en los nocheros que evocaban orgullosos haberlo escuchado … “Por qué sus alas tan cruel quemó la vida. Por qué esa mueca siniestra de la suerte, quise abrigarla y más pudo la muerte, cómo me duele y se ahonda esa herida”.
Pero ta, eso es balde de otro pozo, y no estoy aquí para contar la vida del viejo Arseno, sino lo que un día él nos contara, mientras esperábamos en la City la transmisión de la final entre Uruguay y Brasil del mundialito del 80. Refiere a un caso que le sucediera en los comienzos de su vida como Despachante de Aduanas, cuando aún en calidad de empleado, se le encomendó la extraña misión de viajar a Italia, más precisamente a Florencia, a fin de llevar una mercadería muy especial, cuyos trámites habían sido encomendado al escritorio en el que trabajaba.
Pues bien, eso cambia un poco su historia, pues de ser así resulta que el viejo Arseno no es que no había viajado mas allá que Montevideo o Porto Alegre, o Asunción como muy lejos, para nada. Al parecer había llegado a cruzar el Atlántico, pero por alguna razón no hablaba nunca de eso, pero esa vez vaya a saberse atizado por qué recóndita emoción, resolvió hablar.
-“Una urna con cenizas de un difunto, mas bien de una difunta, eso era lo que estábamos despachando. Más precisamente se trataba de una filántropa, que había dejado en donación un palacete, donde las Hermanitas de la Caridad podrían usarlo para asistir a las madres solteras de los derredores de Porto Alegre.
Con el papeleo en mano y la urna bien sellada, salí en tren rumbo a Montevideo, desde donde debiera embarcar para La Toscana (Italia). Pero lo que no sabía y de eso me enteré en el atrio del aeropuerto, era que las Hermanitas de la Caridad, que eran al fin quienes habían contratado el servicio, habían dispuesto que una de las suyas me acompañara en la travesía, a fin de certificarse de que el objeto fuese fehacientemente entregado tal cual había sido solicitado.
Y fue por boca de la referida monja que me acompañara durante todo el viaje, que puede saber algo de la vida de quien estaba allí reducida, convertida en ese polvo ceniciento que viajaba inerte rumbo a Florencia, para gozar de su eterno descanso; según su propia póstuma voluntad. Allí me desayuné que la finada era también miembro de la orden de las Hermanas de la Caridad, o sea, también era monja, y su historia tenia ribetes de una tragedia que conmovía hasta a los más duros”.
Y por ahí arrancó el viejo Arseno su narrativa, que como digo se caracterizaba por una versatilidad que subía y bajaba el tono de la emoción, con una frecuencia inaudita.
Y pese al tiempo pasado, extraigo lo medular de su versión, pues según relataba la referida monja, la difunta había resuelto ingresar al mundo del claustro, a causa de que cuando joven se había enamorado de un campesino de humilde origen, lo que enfureció a su padre, un potentado industrial afecto al falangismo del Duche.
Al estallar la guerra, el joven fue reclutado como soldado, pero cuando el fascismo declinó y fue derrotado en Grecia, fue su amado uno de los primeros en desertar y pasarse a la filas de la resistencia.
Según la versión de la monjita, cuando el Duche fue derrocado y enclaustrado en el hotel Campo Imperatore, el joven soldado de la resistencia fue asignado a su custodia y fue uno de los primeros en caer cuando los alemanes de la SS irrumpieron para recatar al único aliado que le quedaba al Fuhrer.
Según la versión referida, ella siempre tuvo la certeza absoluta de que su padre estaba involucrado en la trama que terminara poniendo a su amado en una condición tan extrema, terminando con su vida.
Fue por eso que resolvió entrar al convento y solicitar ser enviada lo más lejos que fuera posible de su tierra natal, solo prometiendo volver cuando muriera, para que sus restos descansaran eternamente al lado de su amado.
Y así fue, la enviaron a Brasil y anduvo por Rio, Bahía y acabó en Porto Alegre. Cuando sus padres fallecieron, resolvió donar toda su herencia a la orden que la había amparado, apenas reservando lo necesario para solventar los gastos que implicaran el traslado de sus restos al pequeño cementerio aldeano donde reposaban los despojos de quien había sido en vida, su único y exclusivo amor.
Arseno se emocionó al extremo cuando relató los detalles de lo sucedido, y exponía un acento muy especial al referir a la monjita que fue su compañera de viaje.
“Demasiada bonita para ser monja” decía, mientras elevaba su mirada a un punto impreciso entre el cielo y el televisor que trasmitía la final del mundialito del 80.
Cuando concluyeron los tramites referenciados a la burocracia, se dirigieron al cementerio, donde fueron atendidos por un administrador, quien dispuso de un asistente que les señalara el sitio exacto del panteón requerido. “Por pudor me mantuve a distancia, mientras ellos avanzaban por los pasillos del cementerio.
Allá al fin vi que un soldado que la esperaba la abrazó con inusitada ternura y luego ingresaron al panteón donde debieran ser depositados los restos”.
Recuerdo patentemente el epílogo de aquel relato que finalizó minutos antes de que Victorino convirtiera su épico gol, que sellara la suerte de la Celeste en aquella final.
“Esperé mucho antes de ir por la monjita a ver si me habría de acompañar en la vuelta. La puerta del Panteón estaba entornada, pero allí no había nadie, creí que se habría escabullido sin que yo pudiese verla en algún descuido de mi atención y ya estaba por retirarme cuando fijé la mirada en una foto que se exhibía en el nicho que contenía los restos del soldado mártir de la resistencia antifascista. No lo podía creer, a su lado estaba ella, la monjita que me había acompañado desde Montevideo custodiando la urna que traía el polvo de sus restos. Era ella, no me quedaba ninguna duda, y si bien nunca quise abundar sobre lo sucedido, lo único que puedo dar fé, es que tiempo después, cuando la superiora estuvo por el escritorio para levantar la certificación del despacho, fue tajante ante la eventualidad de que alguien de acá o de allá, vinculada a la Orden, pudiese haber acompañado la operación”.
Ha de ser por eso que el Viejo Arseno no hablaba de su viaje al viejo mundo y pese a la versatilidad de su narración, que jugaba con la emoción, nada es más exponencial y certifica la veracidad de su versión, que la sobriedad de su propia personalidad, que mas allá de su pasión por el Gremio Santanense, no profesaba ni religión ni credo y era un escéptico contumaz.
Sea verdad o no, ya nunca lo sabré, pues pocos días después de aquella final, el mismo viejo Arseno se murió, dejando el recuerdo de una vida bohemia que tenia su génesis en una trágica historia de amor que “la muerte agazapada frustró” y el secreto sobre la veracidad de una historia que solo la oí por única vez aquel atardecer, mientras esperábamos la final Uruguay Brasil del mundialito del 80.
otras publicaciones del autor



















Me encantó la historia del viejo Arseno, trajo a mi memoria cuentos que hacía mi suegro de su familia o de personajes de Paso de los Toros.
Éso de historia y de fantasía….
Excelente.
Un placer leer esta literatura uruguaya…… Realmente lo disfrute.
Interesante historia, gracias por compartir,abrazos
Muy buena historias