
por Joaquín Andrade Irisity
Durante mucho tiempo Uruguay construyó
parte de su identidad alrededor de la lectura.
La escuela pública, las bibliotecas,
las librerías de barrio y una tradición editorial,
ayudaron a formar la imagen de un país
donde los libros ocupaban un lugar importante
de la vida cotidiana.
Sin embargo, en las últimas décadas esa relación comenzó a transformarse. La expansión del internet, las redes sociales y los nuevos formatos digitales, cambiaron la manera en que las personas acceden a la información y al conocimiento.
La pregunta ya no es simplemente si Uruguay sigue leyendo, si no qué significa leer en una sociedad atravesada por las pantallas.
Los datos muestran una realidad más compleja que la idea de una desaparición de la lectura.
La Encuesta Nacional de Consumo Cultural del MEC del año 2014 (última realizada), señala que el 29% de la población de 13 años o más, leyó al menos un libro durante el último año.
Entre quienes leen, el promedio fue de 4.2 libros anuales.
Pero detrás de esas cifras aparece un fenómeno más profundo: la lectura continúa existiendo, aunque compite con una cantidad de estímulos que hace algunas décadas no estaban presentes.
El libro dejó de ser el único espacio de acceso al conocimiento.
Hoy una persona puede informarse mediante redes sociales, videos, podcasts, plataformas digitales o inteligencia artificial.
La lectura extensa y concentrada, convive con formas más fragmentadas de consumo de información.
Esto no significa necesariamente que una sociedad lea menos, sino que lee de otra manera.
El desafío está en distinguir entre el acceso permanente a información y la capacidad de desarrollar una lectura profunda.
La velocidad de las pantallas favorece la inmediatez, mientras que el libro físico propone otro vínculo: concentración, reflexión y una relación más prolongada con las ideas.
En Uruguay, esta discusión tiene además una dimensión histórica. Durante buena parte del siglo XX, la lectura estuvo asociada a la construcción de ciudadanía. La escuela pública tuvo un papel central en la alfabetización masiva y las bibliotecas fueron concebidas como espacios de democratización cultural.
Las bibliotecas públicas continúan cumpliendo ese papel. En Montevideo existen espacios gratuitos que ofrecen préstamos de libros, actividades culturales, talleres y acceso a materiales educativos para distintos públicos.
Sin embargo, el mundo del libro también enfrenta dificultades. Las librerías deben adaptarse a cambios de los hábitos de consumo, a la competencia de plataformas digitales y a una sociedad donde el tiempo disponible para leer se encuentra cada vez más disputado.
La lectura también refleja desigualdades sociales. El acceso a los libros no depende únicamente del interés individual, sino también del entorno familiar, la educación y las posibilidades económicas.
Una sociedad donde algunos sectores crecen rodeados de libros y otros tienen un acceso limitado, reproduce las diferencias culturales que pueden acompañar a las personas durante su vida.
Al mismo tiempo, sería un error pensar que las nuevas generaciones abandonaron completamente la lectura. Muchos jóvenes leen, aunque no siempre en los formatos tradicionales.
Novelas digitales, historietas, literatura juvenil, textos en internet y comunidades de lectores en redes sociales muestran que la relación con la palabra escrita continúa vigente.
El problema tal vez no sea que las pantallas hayan remplazado completamente a los libros, sino que cambiaron las condiciones en las que una persona decide dedicar tiempo a leer.
Uruguay enfrenta entonces una pregunta cultural importante: ¿cómo conservar una sociedad lectora en un contexto donde la atención es más difícil de mantener y la ansiedad está mucho más presente?
La respuesta no debería consistir en enfrentar libros contra tecnología. Las nuevas herramientas pueden ampliar el acceso al conocimiento y acercar a nuevos lectores.
El desafío está en construir una convivencia donde la innovación tecnológica no implique perder aquellas prácticas culturales que durante generaciones formaron parte de la identidad uruguaya.
En tiempos de pantallas, la pregunta no es elegir entre tradición o modernidad. Necesitamos preguntarnos cómo lograr que el libro siga teniendo un lugar dentro de una sociedad que cambió profundamente su manera de comunicarse, aprender y mirar el mundo.
















