por Mauro Barboza
El Doctor Gómez metió su gordo dedo dentro del cuello de la camisa,
lo estiró y se quitó la corbata,
aunque no sintió ningún alivio.
Consultó su reloj. Eran las tres de la tarde,
tenía una hora antes de tomar el ómnibus
que lo transportaría de nuevo a la capital.
Aquel juicio por una miserable pensión alimenticia de seis mil pesos,
casi un acto de caridad, le había llevado buena parte del día.
Giró la vista alrededor buscando algún lugar fresco donde refugiarse
y descubrió una peluquería
que ofrecía un hondo y refrescante espacio de sombra frente a la plaza
que estallaba en llamas.
Una afeitada y unos paños fríos le vendrían muy bien
para recuperarse.
– Buenas- dijo simplemente al peluquero, un hombrón de rostro cuadrado e inexpresivo. Le explicó lo que quería y se sentó en el sillón, frente a un ventilador de pie. Suspiró aliviado y se dejó estar. Sintió con placer la espuma sobre su piel, los círculos de la brocha, el frío de la navaja, arriba y abajo por su cara hasta el nacimiento del cuello.
– ¿Usted es el Doctor Gómez, no?
Lo miró con curiosidad, nunca había estado antes en aquel pueblo.
– Sí, yo soy. ¿Lo conozco?
– A mí no. Usted defendió a un hermano mío en la capital, hace unos años.
Una lucecita de alerta se prendió en el cerebro del abogado que prefirió no preguntar.
– Estaba acusado de violación y robo. El siempre negó, pero fue condenado. Usted no pareció esforzarse mucho…
El abogado tragó saliva mientras la navaja se deslizaba ahora por su cuello. Intentó decir algo, una justificación, una disculpa quizás, ni él lo sabía, pero sólo le brotó un ronco estertor de garganta reseca.
¿Violación y robo? Cuando era Defensor de Oficio se había ocupado de varios casos de ese tipo, ¿cuál sería el de ese individuo? Trató de sacarlo por el rostro de su hermano, algún parecido debía tener, pero no pudo. Aquél rostro seco, geométrico, no le decía nada, aunque tenía algo de patibulario. Este pensamiento lo estremeció. ¡Si este era el hermano honrado cómo sería el criminal!
Pensó en salir huyendo, tirar la toalla, la túnica y huir calle abajo rumbo a la terminal. Pero algunas cosas lo hicieron desistir, su actual estado físico difícilmente le permitiera un movimiento rápido para deshacerse de aquél presunto energúmeno. Además, la navaja que se deslizaba como una caricia siniestra por su cuello, ante un movimiento inesperado podría aplicar un golpe certero, fácilmente disculpable. “¡Saltó de golpe, fue como si quisiera degollarse él mismo!” Y estaba la natural reticencia de un hombre acostumbrado a esperar astutamente los acontecimientos y buscar el mejor ángulo y el momento más oportuno para jugar sus cartas.
– Usted sabe, he defendido a muchos- iba a decir “delincuentes”, pero se contuvo a tiempo-… ¡acusados! ¡Usted no sabe lo qué es ser Defensor de Oficio! ¡Un caso tras otro, sin posibilidades de investigar ni solicitar ampliación de causa, uno recibe los papeles, habla brevemente con su defendido, y a la cancha, sin dormir, sin tiempo de comer ni de bañarse a veces! ¿Cómo dice que se llamaba su hermano?
– No lo dije…- respondió secamente el barbero.
En nada se parecía a Johnny Deep, pero era igualmente siniestro, peor aún, porque era absolutamente natural y real y no tan estereotipado e increíble como el otro, el del cine. ¿Cómo se llamaba esa película? No se acordaba, pero rápidamente recapacitó, no era el momento para pensar en eso, tenía que salir de aquel embrollo, de aquel peligro inminente en el que se veía comprometido. El barbero seguía con su meticuloso trabajo, había terminado con la mejilla y la navaja, afilada y brillante, recorría ahora su cuello, llegando ya a la garganta. Trataba de mantener la calma, mientras sopesaba cautelosamente la situación. No debía dar muestras de terror, sabía que eso era peor. Nada excita tanto a las fieras como el miedo. Lo ven, lo olfatean, lo perciben hasta en las vibraciones del aire.
La sensación de frescura desapareció, volvió a agobiarlo el calor, pudo percibir gruesas gotas que le bajaban desde las sienes hacia la barbilla. El barbero tomó una toalla y le secó la cara, adoptando una expresión de sorna, o al menos eso le pareció al abogado que apenas se atrevía a mirarlo de refilón. Sentía las palpitaciones aceleradas de su corazón y pensó que podía explotar en cualquier momento.
– Aquino- dijo lentamente el barbero. – Se llama Aquino, Francisco Aquino.
Ahora está en la cárcel del Campanero, en Minas. ¿Conoce?
– ¡Sí, claro, un lindo lugar! – se dio cuenta de que estaba hablando en forma incoherente, no hay lugar lindo para una cárcel. -Quiero decir… es un lugar donde va la gente que tiene oportunidad de futuro, ¡si lo mandaron allí fue porque le ven buena madera y posibilidades de recuperación!- agregó, esperanzado.
El barbero pareció masticar las palabras que emergieron parsimoniosamente de su boca.
– En realidad lo mandaron allí porque en las dos cárceles que estuvo antes fue atacado por los otros presos… ¡Y hasta violado! Parece ser que era el único lugar dónde podía estar tranquilo…
¡La gota que faltaba para derramar el vaso! Con el nombre le vino a la memoria el caso… Violador en reiteración real. En su última “faena” había lastimado seriamente a una adolescente. Cuestión de tiempo para que matara a alguien. Fue relacionado con cinco o seis casos, quizás no estaba relacionado con algunos de ellos, pero con el tema de los “juicios abreviados” lo convenció que lo mejor era aceptar todos los cargos y negociar una pena menor. No fue difícil, era un tipo de pocas luces.
El barbero giró alrededor de la silla para alcanzar el otro lado y terminar su faena. ¡Era el momento para intentar una huída desesperada, quizás la última oportunidad! Sin embargo algo lo mantenía atornillado a la silla, no percibía si era ese sentimiento morboso que se sufre a veces ante la inminencia del peligro, o el terror que le atenazaba los músculos, o que íntimamente confiaba todavía en su capacidad para convencer al otro, acostumbrado como estaba a exponer el convincente arsenal de recursos que le habían dado los años para manipular hábilmente a jueces y fiscales.
El barbero tomó la chaira de cuero enganchada al sillón y le dio un par de afiladas rápidas a la navaja cuyo ominoso brillo alumbró un momento la umbría habitación, luego retomó su tarea recorriendo lenta y minuciosamente el gordo espacio de su cuello. Instintivamente agachó la cabeza, intentando hurtar la garganta, pero ya la mano firme e irresistible del barbero le enderezaba la cabeza sin lugar a resistencia alguna, dejando descubierta la ostentosa nuez, que subía y bajaba espasmódicamente mientras intentaba desgranar las palabras.
– ¡Ahora recuerdo el caso de su hermano!- la adrenalina hizo fluir los argumentos por su boca- había algunas inconsistencias en la acusación, en el momento no hubo tiempo de estudiarlo a fondo… Pero cuando pudimos revisarlo vimos que había debilidades, hemos resuelto presentar una apelación en los próximos días… ¡Y desde ya le adelanto que estamos confiados en que vamos a conseguir una resolución favorable!
Era la última, la mayor mentira de todas. Ya había pasado largamente el plazo para presentar cualquier apelación. Lo más que podría hacerse era solicitar una revisión del caso, y eso siempre que tuviera pruebas contundentes, las que por supuesto no existían ni remotamente.
Las gotas resbalaban por su piel habitualmente blanda y rosada, y ahora tensa y cerúlea.
Por un momento imágenes nerviosas acudieron a su conciencia: en una ruidosa cabalgata pasaron sus años de estudiante, los mejores de su vida, su familia, su propio divorcio, sus hijos a los que veía muy poco y que ahí andaban, a los tumbos: todas las promesas que se había hecho, las que cumplió y la mayoría que no, hasta llegar a ese momento en que la filosa navaja descendía por su cuello llegando justamente hasta la yugular.
Cerró los ojos y esperó, inmóvil.
– ¡Bah, a que juez le va a importar el pobre diablo! Estaba condenado desde el principio por sus antecedentes… – la voz del barbero sonaba huraña, impredecible.
– ¡Es que con el nuevo código se acumulan los casos!- alcanzó a borbotear el abogado. Iba a decir que no había tiempo para trabajar a fondo los expedientes pero que para eso estaban los recursos, que los procesos se revisaban y… Lo interrumpió el chasquido seco de la navaja al cerrarse y otra vez escuchó la voz dura y tajante:
– Déjelo así. Era un vago y un pervertido. Todos estamos mejor sin él.
(N. de Autor: Este cuento es una variante de una vieja historia que me contó mi padre hace muchos años. Ignoro si hay alguna otra versión por ahí, aunque yo nunca tropecé con ninguna)



















Me gustó mucho el acuarelista, tanto por la técnica como por la selección de motivos.
El Abogado
Lo leí sin respirar.
Me encantó.
Me sucedió lo mismo.
Muy lindo leer también Mujeres de Pensión
Se los acabo de pasar a mi amiga Marisa, con la que estoy compartiendo mi regreso a Montevideo
Realmente una variedad excelente de cuentos cortos. Muy pero muy legibles..