Antonio

2
339


por Wilson Frechero

En un lugar de Castilla, cuyo nombre solo recuerdan algunos,
existía un pueblo orgulloso de aquellos obreros que,
por su hazaña deportiva, lo habían sacado,
al menos por un tiempo, del fatal anonimato.

De casas bajas y tejados rojos,
las veredas de piedra se ausentaban de gente durante las horas de siesta, para despertar con el fresco de la tarde,
donde lo cotidiano se volvía a hacer presente.



A la vereda volvían las sillas y las tabernas retomaban el bullicio de los cuentos y mentiras que sazonaba las copas y tapas de aquellos parroquianos. Nada alteraba la mansedumbre de la vida de esa gente, cuya rutina transcurría entre los molinos, fiestas parroquiales y algún que otro velatorio o casamiento, los cuales, más que por los difuntos o las parejas, eran pretextos para arreglarse y ponerse al tanto de los últimos sucesos.

Allí, siempre se veía al “loco” Antonio. Hijo de un viejo pastor de la zona, los fines de semana se acercaba a la taberna, para compartir un rato de humanidad entre la gente del pueblo.
Antonio, con su mente de niño, la cual a pesar de sus años nunca abandonó, acostumbraba sentarse fuera de la taberna. Murmurando algo incomprensible, y haciendo de guardia civil, mostraba cada vez que podía, un viejo y oxidado trabuco que siempre llevaba acomodado en la parte de atrás de la cintura.

Nada en particular adornaba aquel pueblo y no hubiera sido motivo de esta historia, si no por un grupo de obreros del molino de harinas, que con la ocurrencia de armar un equipo de futbol, ofrecieron una nueva actividad contra la apatía reinante en esos lares.

La taberna fue testigo de su nacimiento, y en las nocturnas reuniones, entre gritos y fandango, se fueron tirando nombres y colores de la nueva institución. Y así nació el “Real Harineros”, y su blusa de listones verdes sobre fondo blanco, fue la ganadora por un voto entre los parroquianos presentes esa noche. Verde por tradición de algunos viejos aceituneros, entre los que se encontraba Alberto, el dueño de la taberna, el cual reclamó su derecho, y blanco por el color de la harina por la cual vivía la mayoría del pueblo.

Y aunque el loco Antonio no votó, contagiado por la algarabía de esa gente, quedó integrado a las nuevas actividades que generaron tal acontecimiento.
En un claro de un monte de Rebollos, de un campo del cual no importa su nombre, aparecieron los primeros esbozos de lo que sería la cancha del Real Harineros.

Vecinos que no integraban sus huestes, henchidos de orgullo por un equipo local, sumáronse a las tareas. Algunos dedicaron parte de sus fines de semana a mover y emparejar esa tierra, mientras otros, con sus ovejas, eliminaban el exceso de pasto existente.
José, el carpintero, dio las alfajías de madera dura con las que armaron los arcos y la sociedad de Damas de la Ermita, tejieron sus redes con las cuerdas más resistentes que pudieron conseguir.
De la vieja calera vinieron los tachos con los que pintaron por primera vez el perímetro, colocando cuerdas debidamente escuadradas para dejar sin dudas a la brocha que, no sin nervios, fue trazando cuidadosamente las líneas.

Antonio, como otros, encontró un motivo para ser feliz. Alcanzaba balones en los entrenamientos, alentaba con sus gritos y nunca olvido el día que lloró de emoción cuando le permitieron llevar la bolsa de las camisetas, la cual abrazó, hasta que celosamente las fue repartiendo de a una con una actitud decididamente ceremonial.
Ni el propio cura quedo fuera de tal entusiasmo, quien, obviamente, lejos de la anuencia del Obispo, cambiaba las horas de algunas misas para poder ver a ese equipo.

En poco tiempo, con solo dieciséis integrantes, más por el espíritu y la entrega que por sus habilidades, el Real Harineros se fue mostrando como un cuadro competitivo en la zona regional. Era la gran fiesta de ese pueblo, que los fines de semana, suspendía por dos horas cualquier actividad para sentarse a la vera de ese campo a disfrutar de aquellos encuentros.

Tuvo tal suerte el equipo, que al año de su fundación, llegó a jugar la última fecha contra el Deportivo Castellano. Equipo de respeto, no solo por ser el ganador del último año, sino también por la zurda que ostentaba su delantero centro y de la cual se hablaba como de su arma letal.
Los resultados se habían dado de tal forma, que el empate consagraba campeón al Real Harineros.

Fue la semana que menos se durmió en aquel pueblo. La excitación era tal que las comadres solo hablaban de ello, mientras en la taberna se relataban, superponiendo a los gritos, una y otra vez las posibles situaciones del juego.

Hasta que llegó ese domingo.

Desde la mañana la cancha se fue rodeando de sillas, debidamente reservadas con prendas, botellas y todo tipo de elemento para ver la gran final. Nada impidió la presencia de un puesto de tartas caseras y otro de aguardiente un poco más alejado entre los árboles, como intentando pasar desapercibido. El lado opuesto fue reservado para la visita. Hasta que llegó la hora del encuentro.

Desde el comienzo el Real Harineros salió decididamente a buscar un glorioso empate que los clasificara como campeones. Una y otra vez el Castellano buscaba anotar por todo el frente de ataque, pero una sólida y cerrada defensa hacía en vano todos sus esfuerzos.
Todo iba tal lo previsto hasta que llego el fatídico minuto 85. Un desborde por la derecha del puntero del Castellano, quien lanzó un centro a media altura haciendo que el balón pegara en la mano de uno de los defensas del Harineros…penalti!! pitó el juez.

La desazón general cayó como un balde de agua sobre la cancha, y un absoluto silencio se mantenía mientras aquel delantero centro acomodaba la pelota en el punto reglamentario.
A la orden del juez, buscando el mejor apoyo para su zurda realizó el tiro que, increíblemente, salió mucho más despacio de lo previsto, lo que dio la posibilidad al portero del Harineros a volcarse sobre el palo derecho conteniendo aquel balón que no quería soltar ni por todo el oro del mundo.
El resto de la historia es previsible, un portero en andas, lagrimas, abrazos, mucha aguardiente y fiesta hasta el amanecer de aquella gente, que por un tiempo, dicho triunfo, hizo olvidar, o al menos disminuir, sus dramas cotidianos.

Pero solo uno ostentaba la verdad de lo acontecido. Que por tomarlo a manera de secreto de confesión, nunca lo contó. El cura fue la única persona que al momento del último penalti, descubrió, camuflado entre las ramas de una vieja encina que estaba tras del arco, al loco Antonio, que con aquel viejo trabuco, apuntaba al delantero centro del Castellano en el momento del tiro. Sin duda, aquel hombre también lo vio y entre su vida y la gloria, no lo dudó.

De tiempos de antaño, era frecuente el recuerdo de aquel legendario equipo, campeón de la regional, el “Real Harineros”, cuya final con el Deportivo Castellano quedo indefectiblemente en la memoria de los pocos veteranos que fueron testigos presenciales de aquellos aconteceres.

En lugar privilegiado de aquella taberna, aún se puede ver la copa. La cual, a falta de grabador, quedó ausente de referencia de tal gloria, pero lo avala la única y amarillenta foto del aquel equipo orgullo de todo un pueblo.

Historia inconclusa sería, si no se hiciera una justa mención final sobre el cura, que primó la algarabía antes de una ingrata honestidad o del loco Antonio, que no tuvo tanta suerte en la memoria de esa gente, pero quizás, no fue tan su “sin razón”, al momento de defender la alegría de ese pueblo unido por el deporte.

otras publicaciones del autor

2 Comentarios

Deja una respuesta

Por favor escribe tu comentario
Escribe tu nombre aquí