por Prof. Mauro Barboza
Noches del Café Antequera.
Me sentía “lanzado” hacia el mundo adulto y pleno de confianza,
aunque todavía no había hecho algunas opciones decisivas para mi futuro.
Lejana estaba aquella época en que Susanita, la más linda de primer año,
me había acariciado el rostro y me había dicho “¡qué lindo sos brasilerito!”,
momento en que me sentí despertar del sueño infantil en que había estado viviendo.
Seis años habían pasado ya y me consideraba afortunado por haber vivido ese lapso en una pensión. Las mujeres que allí había conocido habían hecho de mí un adulto, en todo sentido. Pero lo que aún no había encontrado era un camino, no había hecho una elección de vida. Pasé por un par de empleos, por la Facultad de Derecho, por la Academia Pitman, y finalmente decidí intentar el ingreso al IPA. Aún recuerdo la expresión de mi madre cuando le comuniqué mi elección: “¡Cómo que profesor!, ¿y no querés ser bancario, por lo menos, eh?”. Bancario era para ella algo intermedio entre abogado y profesor y medianamente potable. Había apoyado entusiastamente mi anodino pasaje por la Facultad de Derecho, ya se veía con un hijo abogado, con chapa y todo.
Claro que previsoramente creyó conveniente brindarme una salida lateral y me mandó a estudiar contabilidad a una conocida academia, con vistas a un posible examen de ingreso a algún banco. Era esto más que recomendable, entonces y ahora, ya que como todos sabemos cuánto más parasitaria es una actividad, mayores son sus beneficios, y que me perdonen mis amigos abogados y bancarios, no es nada personal, todos somos víctimas y producto de nuestra circunstancia. En fin, ¡pobre mi madre!, ni una cosa ni otra. ¡Si hubiera sabido que las dos últimas cuotas mensuales que me entregó para pagar la academia sirvieron para financiar mis, a esa altura incontrolables, salidas nocturnas! No me siento orgulloso al confesarlo, mi madre nunca lo supo, y nunca lo había contado antes de ahora. Que quede entre nosotros.
Pero vayamos a aquel universo donde ubicamos a don Luis Roux, principal convocante de estas páginas. Los más memoriosos recordarán el viejo Café Antequera. Estaba en la rinconada de la Plaza Independencia, llegando a Juncal. ¿Cómo es que yo, un estudiante universitario, y no era el único, llegué a ser un asiduo de ese bolichón frecuentado por gente del bajo? Aunque a los más jóvenes, a los que no vivieron aquella época les cueste creerlo, es una historia que tiene que ver con el ajedrez.
Yo tenía diecisiete o dieciocho años y el ajedrez me había atrapado. Jugaba regularmente en clubes, había ascendido rápidamente a 1ª Categoría y me consideraban una promesa, pronóstico que nunca cumplí del todo, quizás porque hice otras opciones o porque el vaticinio fue obviamente desmesurado. El hecho es que como extensión natural de mis noches de ajedrez, con una barra de alegres e irresponsables camaradas, la seguíamos en algunos bares de la Plaza Independencia, en los tentadores límites con “el Bajo” y la Ciudad Vieja: “tangos, timba y la poesía cruel…” dice un tango; así era la cosa, tal cual. Allí, en el legendario bar Antequera, la no menos legendaria Rosa Luna mató una noche a un tipo de una certera puñalada. Esa noche una buena parte de la barra estaba en el boliche. No vimos como ocurrió, sentimos el griterío y alguien dijo “ahí está la Rosa Luna discutiendo con el fiolo”. No era la primera vez, hacía tiempo que las relaciones andaban tirantes, la Rosa Luna no aceptaba el mandoneo de un proxeneta que tenía varias minas trabajando y se quería abrir. El tipo obviamente no quería perder una parte sustancial de su negocio y las peleas eran frecuentes y cada vez más fuertes. Nosotros reímos un poco, hicimos los comentarios de siempre, y seguimos pendientes de una partida de “remmy”, una mezcla de conga y rummy canasta, un invento muy uruguayo, timba pura. Había unos cuantos pesos en juego, pero la concentración se hizo imposible cuando se oyó el desparramo de mesas, el ruido de una botella al romperse y aumentó la gritería en medio de la cual nos llegó, inconfundible, un grito de dolor. Ahí cada uno manoteó sus fichas, nos paramos y fuimos a ver, saliendo del salón del fondo hacia el ancho pasillo que tenía de un lado el mostrador y del otro una hilera de mesas y sillas donde se ubicaban los parroquianos que no iban a jugar a nada, sino a pasar las horas y a emborracharse.
Se ofreció a nuestra vista una escena tensa, dramática, un cuadro que opacaba cualquier cosa que yo hubiera presenciado hasta ese día: un hombre yacía recostado al mostrador, las manos apretaban una fuente de sangre en el abdomen por donde se le iba la vida. Frente a él Rosa Luna, agitada, histérica, gritaba cosas que no se entendían entre varias personas que trataban de contenerla. Nos miramos con mis amigos, éramos seis o siete, más de uno menor de edad, y tomamos una rápida decisión. Fuimos pasando junto al hombre tirado, salimos del local y nos quedamos mirando desde la vereda. En minutos aquello se transformó en un tumulto de patrulleros, policías a pie, ambulancia, prensa, curiosos. Al otro día supimos que el hombre había muerto, y que Rosa Luna, que ya era conocida como vedette aunque todavía estaba a la sombra de la icónica Martha Gularte, había sido remitida a la cárcel. Creo que le tipificaron “defensa propia” o algo así, el fiolo la había agredido primero con una botella cuando vio que “a las piñas” no se la llevaba de arriba con aquella corpulenta y sensual mujer, y ella reaccionó sacando un cuchillo y clavándoselo en el vientre. Lo cierto es que de la cárcel salió poco después, todo el mundo la comprendía y la amparaba. La historia de la mujer explotada y maltratada que se deshace drásticamente de su proxeneta, siempre ha sido vista con simpatía, como una reivindicación, como una extensión del derecho a la liberación de todos los oprimidos. En los reportajes que publicó la prensa a su salida se la vio delgada, el pelo corto, sencillamente vestida, el gesto humilde, prometiendo una redención que cumplió escrupulosamente, hasta terminar convirtiéndose en una mítica figura de la fiesta más popular del Uruguay, el carnaval.
Esa no fue una noche más, indudablemente, pero esos eran los ámbitos que frecuentaba por aquellos días, ¡y ahí fue a parar el dinero que mi santa madre me daba para pagar las cuotas de la academia de contabilidad! No me enorgullezco, pero de una cosa estaba tan seguro entonces como ahora: no quería, nunca quise, no hubiera podido ser abogado ni bancario. Fue entonces que resolví probar con el profesorado de Literatura, pero mientras tanto, seguía “acumulando experiencia”, expresión con la que contestaba invariablemente las cada vez más frecuentes requisitorias familiares sobre mis actividades.
En el amplio salón del Antequera había dos grupos de habitués bastante definidos. Uno era el de los timberos natos, el otro el de los ajedrecistas e intelectuales, aunque había cierto nivel de intercambio, gente que se movía cómodamente entre ambos. Los ajedrecistas formaban una alegre corte que se reunía cada noche alrededor de Luis Roux, Luisito para algunos coetáneos, don Luis para los más jóvenes. Don Luis era el señor indiscutible de aquella noche de intelectuales y bohemios. Nos recordaba a Max Estrella, inolvidable personaje de Luces de Bohemia de Ramón del Valle Inclán, ambos, autor y personaje, injustamente olvidados en esta época de deslumbramientos fugaces, de imágenes infames de violencia y degradación y de tanto plástico desechable.
Don Luís era un típico jugador de boliche, tenía lo bueno –espontáneo, creativo- y lo malo –carencias técnicas, desinformación- propias del medio. Fue un par de veces campeón uruguayo gracias a ese talento innato que lamentablemente no se preocupaba por cultivar. Era casi invencible en las partidas de café, y en las partidas de torneo jugaba invariablemente P4D seguido de A4A, apertura que había bautizado “la carreta vieja”, y con ese jueguito llegó a las olimpíadas y a importantes torneos internacionales donde dejó su marca, aunque todos nos preguntamos siempre adónde habría llegado si hubiera podido prepararse seriamente (cierto que el medio no ayudaba), y si no hubiera sido tan bohemio.
Claro que entonces no habría existido el Luis Roux que conocimos. En verdad me quedo con éste último, no me lo imagino como un autómata súper especializado. No triunfó, pero vivió “a su manera”. A veces pienso que lo que le faltó fue encontrar a su Valle Inclán. Quizás estas líneas sirvan para rescatarlo un poquito del olvido. Pero siempre dijimos que don Luis se merece un capítulo aparte, así que de él hablaremos en nuestra próxima entrega.


















