por Wilson Frechero
Las dos mujeres hablaban sin cesar.
Aquello era un murmullo insoportable que a manera de mantra,
superaba incluso el propio ruido del motor del ómnibus.
No entendía como mi padre podía conciliar el sueño recostado hacia la ventana remarcada en ese pequeño espacio donde se empañaba el vidrio con su intensa respiración.
Para colmo, no podía reclinar el asiento ya que esa acción, me acercaba peligrosamente a la fuente del sonido.
Mientras pensaba en la posibilidad en que en algún momento se cansaran, comencé a enterarme de una serie de cosas que a mi corta edad, aún me costaba asimilar.
Supe de lo fallutas que pueden ser las nueras, de la falta de voluntad para dedicarse a la casa de las cuñadas, de que el marido de alguien que nunca supe quién era, en algo sucio andaría ya que había comprado un cero kilómetro.
De que el esposo de una tal Raquel, no funcionaba, dicho esto en un tono sensiblemente menor. Y de palabras que apenas me sonaban, como páncreas, prolapso, cáncer y algunas expresiones como “por algo será” o “ya me lo imaginaba”.
Mi cabeza, aún limitada por la corta edad, trataba de dar una coherencia a tanta información. Imposible no escucharla, pero la velocidad con la cual se disparaba, transformaba ello en un ejercicio sumamente agotador.
Creo que me dormí en el cumpleaños de la abuela Cora, ya que luego de una descripción de los mejores postres caseros, la voz de estas mujeres se hizo cada vez más lejana y aquellas frases se mezclaron en una especie de gris uniforme que de poco se transformó en una muy tranquila oscuridad.
Pasó el tiempo y por trabajo tuve que volverme a sentar en el asiento del lado del pasillo de un ómnibus similar a aquel. Similar físicamente, ya que ya no estaba ese querido espacio de vidrio empañado y el silencio era casi absoluto. No pude evitar traer a mi mente aquella historia, y no sin disimulo giré para ver quien estaba sentado tras de mí.
Un niño, de próxima edad de la que yo tenía en aquella época, recostaba cariñosamente su cabeza sobre la falda de su madre, mientras ésta, sin darse cuenta de nada, miraba con una sincera sensación de paz por la ventana.
Gire, me acomodé en una sonrisa, recline el asiento de tal forma de no interferir con el niño y me dormí entre murmullos del tiempo de aquellas voces interminables, casi indescifrables, para mi corta edad.


















