El monte del silencio

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por Raphael Ficher

La noche resucitada se deslizaba por el monte
y todos los bichos se callaron de golpe ante tanta sombra.

La luna llena, como un plato de sopa,
iluminaba levemente las hojas de los árboles,
pero las hojas no se movían.

Los árboles no conversaban con su murmullo clásico.

Los amigos se detuvieron en seco ante tamaña ausencia de ruido.
Uno de ellos, el más joven, buscó tabaco en su pantalón y armó y encendió.

El otro tenía frío y se mostraba nervioso.

Las noches en El Lunarejo, ya no eran las mismas.
Eran de aire enrarecido.

 

-Te quedás tu solo acá esta noche y mañana, te doy el sueldo del aserradero, dijo el que fumaba. Mientras, achicaba sus ojos y emitía una leve sonrisa.

-Solo ¿acá?. Y se frotó las manos. Frasón no estaba acostumbrado a pasar la noche lejos de su rancho…pero el dinero…

-Si. Quiero ver si te animas a vivir una noche con el silencio de este bosque. Dicen que allí (y apuntó a la oscuridad) en el antiguo aserradero, morían personas por culpa del mal uso de las herramientas.
Un paisano se serruchó el brazo, y entre colgajos de carne y sangre, se fue muriendo mientras gritaba, dándole la vuelta a unos cuantos árboles.

Súbitamente, sintieron un aullido humano que rajaba la noche como una tabla.
El del pucho no se inmutó y siguió mirando al más viejo mientras la brasa del cigarro alumbrada sus oscuras fosas nasales.

El miedoso pensó en la plata. Pensó en la leche para sus hijos y en las deudas que tenía con un contrabandista de la ciudad de Rivera.

“Señor, mi estimado señor Frasón, usted nos debe hasta los calzones” le habían dicho en algunas de las ferreterías de la ciudad.

Un poco de dulce de membrillo sobre su mesa no estaría mal, y una botella de caña o de vino. Una tira de asado. Pero el asado le hacía acordar la sangre del fantasma que ahora aullaba al lado de los dos amigos de tormento. Pero también pensó en las deudas…en las deudas de Rivera.

-Me quedo acá, dijo. Mañana voy a tu rancho y me das tu forro de cuero con todo tu sueldo. Si este monte silencioso no me mata, quiero que mis hijos coman galleta con grasa mojada en leche por unos cuantos días. El Lunarejo, nunca fue bueno con nosotros. Este lugar maldito, que me sirva para algo de una buena vez.

Y allí se quedó, no sin antes pedirle el poncho a su compadre y un pucho para clamar la noche veraniega que se lo tragaba como una boca gigante.

Cuando el que se iba miró hacia atrás, solo divisó un punto de luz que se encendía y se apagaba de manera intermitente en el medio de los árboles.

Nada. Ni un pájaro nocturno, ni una luciérnaga, ni un soplo de aire, ni la mirada perdida de un escuerzo, nada.

Al otro día, el que se había marchado esperaba en su rancho a que el otro volviera con risas, anécdotas y una deuda olvidada.
Muchas veces habían apostado, pero ninguno se animaba a cobrar.
En los montes del Lunarejo, imperaba la incertidumbre de aquella historia de hachas herrumbradas, de cuerpos quebrados y huesos partidos.

Fumó un rato y miró de nuevo al monte. El mismo monte que había recobrado la vida y los ruidos luego de la noche de silencio total.
“Bosque del silencio” le decían a aquel agujero sin vida.
Era como si en determinado momento de la noche, se conjugaran los espíritus del infierno para regurgitar en la tierra el vómito de las almas que no supieron morir bien.

-Allá viene el hijo de una gran siete, dijo mientras miraba a su amigo que se acercaba desde el monte, perfumado por la mañana.
-Bueno, bueno. ¿Qué pasa que venís tan demorao, Frasón? Salió al campo extendiendo sus brazos para abrazar a un amigo. Pero el amigo pasó de largo, dejándolo con los brazos abiertos al vacío.

El hombre venía temblando y con un hilo de sangre que se le escurría por la comisura de su labio derecho. Una lasca de su lengua, pendía de su ropa mugrienta, el miedo lo había hecho morderse de horror.
Sus manos estaban desgarradas por sus propias uñas y en su boca colgaba el mismo pucho rosado, semi apagado, que había comenzado a fumar la noche anterior.

-Pa…pa…pa…pasar la noche. Dijo.
El que esperaba con el sueldo a medio guardar lo siguió con la mirada, aterrado.
-Me…me…me…me…me quedé y los vi. Me…me…me…me quedé y los vi.
Con toda la fuerza de sus pulmones, el otro hombre, el que conservaba la cordura, lo increpa con un fuerte alarido. ¿Pero qué mierda viste, José?
-Los vi a los muertos. Vi a todos los muertos por las bocas del metal de aserradero. Y tú me dejaste solo para bailar con ellos toda la noche en El Lunarejo.

Porque el silencio es culpa de ellos. Porque callan la noche y bailan por su sueldo, como el que me prometiste. Y…y…y…y…y…están allí. Hoy de noche, si no me mato, vuelo. Vuelvo a bailar con ellos.
Y…y…y…tú…tú…tú te vas conmigo.
Su voz sonaba rara por el trozo de lengua que le faltaba.
Pero igual decía.

C…c…c…c…conmigo. Tú te vas a verlos bailar con…con…conmigo.

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