De fútbol y adoquines

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por Wilson Frechero


El empedrado de mi barrio
ayudó a definir el estilo
de los grandes dribleadores
del fútbol uruguayo.
Aquellas calles forradas
de pequeños paralelepípedos de granito,
fueron los mejores sistemas
para la generación de los fundamentos básicos
para nuestro deporte principal.



Generalmente para hacer la cancha más larga, los arcos se definían cruzados, es decir, uno en cada vereda opuesta, lo que definía de antemano que los corners se tiraban de un solo lado. Un palo el árbol y el otro la pared, la altura era imaginaría, lo cual generaba múltiples discusiones. Salvo las calles Pedernal y Gustavo Gallinal, las demás estaban plenamente habilitadas, con la excepción donde estaba la casa de la vecina enferma.

Las calles inhabilitadas se debían a que por ellas pasaba el 188 y de tanto tránsito, la huella que el ómnibus dejaba en forma de cuneta contra el cordón, generaba mucho riesgo a las estrellas del balompié. Los balones generalmente plásticos, revotaban sin lógica alguna entre aquellas piedras rectangulares, lo que implicaba una habilidad especial para poder dominar el juego.
Algunos preferían llevarla sin que picara, lo que lo convertía en un jugador de mucho dominio con el balón en el aire, otros anticipaban el recorrido, suponiendo hacia donde saldría la pelota después del pique, estos lograron ser muy buenos en el anticipo, debido a la habilidad que intuitivamente fueron desarrollando.

Lo único bastante seguro era la pared, ya que esta era la de la fábrica, aunque tenías que calcular muy bien la potencia para que te volviera en el punto que deseabas, todo dependía de vos. Algunos, los menos habilidosos, esperaban que la pelota se pinchara para que fuera más fácil dominarla, pero la mayoría disfrutaba ese desafío de tratar de engañar al otro teniendo como socios aquellos pedazos de piedra que, según los cuentos de los más viejos, fueron hechos por los presos.

Tanto respeto le teníamos, que cuando el “loco” Juan se dedicaba pacientemente y con un palito a sacarlos, vaciando durante horas las juntas, y descubrir que eran más angostos en la base y menos pulidos, nosotros lo puteábamos y volvíamos a colocarlos.
Hoy, una capa de bitumen enterró de por vida aquellas canchas, pero seguro que lo que quedó a flor de piel, fue la memoria.

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4 Comentarios

  1. El tema de los adoquines, es idem al de las veredas de Ciudad Vieja, y tantos otros “crímenes” contra la fisonomias e historia uruguayas cometidos desde hace años…
    Cuando faltan recursos, por qué no se invierte en restaurar lo realmente valedero en vez de sepultarlo??
    Somos un país con poca historia para mostrar y disfrutar…sin identidad…Triste…

  2. Aqui en Lajeado hay muchas calles y avenidas con adoquines: la av. principal Julho de Castilhos es empedrada desde el río Tacuari hasta el centro comercial donde se encuentra con el cementerio luterano. Tanto la av. como el cementerio son patrimonio histórico .

  3. Me asombra y me conmueve la forma sutil, natural y espontánea del escritor. Parece que con sus manos va dibujando la historia que en realidad cuenta, ya sin saber si son letras o trazados, si esta narrando o respirando esa realidad. Salud amigo Wilson.

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