El altillo

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por Wilson Frechero

Ubicada en una pequeña chacra,
la casa, más tapera que casa,
daba su frente a un camino vecinal.
De su fachada, en lo poco que le quedaba de sano,
se apreciaba una puerta de madera
cuyo aspecto denotaba que hacía mucho tiempo no se abría
y una habitación contigua,
donde solo quedaba un montón de ladrillos apilados
entre cardos y bardanas,
que fueron de a poco ganando su espacio.

Luego de pasar la portera, nos fuimos acercando por un lateral, donde se encontraba el hueco de una ventana, notoriamente más nueva, cuyas manchas de hollín esfumado, indicaban con cierta certeza de que allí funcionaba o funcionó en algún momento la cocina.

En ese momento apareció él. Como formando parte de los mismos restos de su casa, su figura curvada al exceso me produjo una fuerte impresión. De ella, una voz cordial nos dio la bienvenida, al momento que extendía su mano, áspera y cálida, para saludarnos.
Me habían llamado para ver el estado de las construcciones y la posibilidad de su recuperación, pero aquella tarde, ese ser humano logró que mi atención se fuera por otros rumbos.  Quizás fue su soledad en ese cuerpo arqueado, que viviendo en esos restos de casa, no hicieron mella en la calidez de su sonrisa, que me costaba ver, pero que la hacía sentir en cada comentario.

Carlos Saavedra Sosa

Seguimos recorriendo lo poco que había, pero sin dejar de prestar atención a esa voz salida de ese cuerpo exageradamente curvado hasta lo imposible, donde a veces se podían ver sus ojos, cuando giraba su rostro intentando mirar al frente acompañando de un gesto acorde a las circunstancias.

En la parte de atrás, pegada a la del fogón, estaba el dormitorio. En sus paredes, se podía apreciar un friso de velados colores, que repetía rítmicamente algo parecido a una flor, y donde a media altura, recorría todo su perímetro.
No pude evita asociar esa imagen con las pinturas de las viejas tumbas faraónicas, y todo bajo un techo de tejuelas ennegrecidas por el humo. La tercera habitación, de piso de tierra, sin revoque ni cerramientos, en su momento se utilizó como depósito.

Solo me quedaba por ver una pequeña construcción independiente de la casa y hacia allí nos dirigimos.
Era un pequeño galpón, donde en uno de sus extremos se apreciaba un altillo sin revocar, dando al conjunto una forma irregular que indicaba que había sido realizado sin lugar a dudas en una etapa posterior y donde la necesidad superaba ampliamente lo estético.

El hombre quitó el candado que cerraba el portón de chapa y logramos ingresar en ese pequeño ambiente donde nos abrazó un fuerte olor a encierro y viejas humedades.
En un rincón, una desvencijada escalera de madera comunicaba con el altillo. A esa altura deseaba salir cuanto antes de ese lugar y me apresuré, para poder verlo pronto antes de retirarme.
Subí atrás del dueño, que cortésmente fue indicándome en qué lugar de esa escalera era menos riesgoso dar el paso.

Hasta hoy conservo aquella sensación. Al subir y una vez que mis ojos se acostumbraron a la nueva luz que ingresaba por la única ventana, dibujando las líneas el polvo que había en ese ambiente, apareció frente a mí una estantería de madera que recorría todas las paredes de esa pequeña habitación.

Unas cajas en el piso, rodeaban la única mesa existente, la cual con todo lo que tenía encima, hacía mínimo el poco espacio utilizable de la misma.
Cada lugar de esa estantería y esas cajas, se saturaba con múltiples objetos en bolsas de nylon con una escritura exterior, que de algún modo indicaba lo que contenía cada una. Lo único diferente eran un grupo de cuadernos escolares correctamente ordenados al borde de esa mesa que contenían su respectiva capa de polvo como todo dentro de ese lugar.

Al ver mi sorpresa, pude suponer una sonrisa cómplice y orgullosa en ese rostro que seguía mirando el piso, pero sabía que había quedado expuesto y era el momento de desentrañar algo más detrás de esa gastada figura.
Es que Carlos Saavedra Sosa, ese era su nombre, era profesor de dibujo y entre sus pasiones, dedicó gran parte de su vida a recorrer nuestros ríos y barrancos, recogiendo fósiles y clasificándolos en una tarea digna de un paleontólogo.

No sin un placer explícito en cada descripción, Saavedra me fue mostrando algunas de sus piezas que, cuidadosamente, luego volvía a guardar en su respectiva bolsa. Al cabo de un rato le pregunté si podía ver algunos de los cuadernos que estaban sobre la mesa, lo cual, con un pequeño gesto de la palma de su mano hacia arriba, me convido a hacer.

Luego de retirar algo del polvo acumulado, al abrirlo, me encontré que Saavedra, haciendo gala de su profesión, había dibujado cada una de esas piezas indicando sus características físicas, así como su lugar de origen y demás información posible, en un verdadero catálogo ilustrado de información museística.
Pero completó mi asombro cuando, en otro de los cuadernos, este hombre había dejado su impronta en cuanto a su visión del ser humano, la naturaleza y el universo, en forma de poesías.

Aquello era un tesoro en la mitad del desierto. En ese altillo, la ciencia, las artes y la poesía convivían en torno a la pasión de un hombre, solo guiado por el amor a esa actividad que lo marcó toda su vida.

Y empecé a comprender la curvatura de ese cuerpo. Y a entender su felicidad al compartir esos trozos de historia rescatados del tiempo.
Aquel lugar, casi inaccesible a través de una desvencijada escalera, a medida que transcurrió el tiempo, se fue transformando en un atelier de ciencia y de arte y fue en vano después de aquella vivencia, pensar en la razón por la cual había llegado hasta allí.

Con la misma cordialidad que nos recibió, Saavedra nos despidió con un apretón de manos.
Ya en el camino, giré para verlo por última vez, pero ya no estaba. Y realmente fue la última vez.

Quiero creer que ese rostro, con el tiempo, llegó tan cerca de la tierra con la cual tantas veces convivió, que ella lo terminó abrazando, hasta integrarlo definitivamente en ese mundo común para ambos.

museo de la colección del Sr. Carlos Saavedra – Dolores

Lamentablemente y por suerte, nuestra cultura depende muchas veces de la iniciativa personal de quienes la abrazan en todas sus acepciones, solo basta un gran amor por lo que se hace y un pequeño y desvencijado altillo.

museo de la colección del Sr. Carlos Saavedra – Dolores

Los herederos de Saavedra, realizaron un pequeño museo de la colección del Sr. Carlos Saavedra dentro del predio de su casa en la ciudad de Dolores, incluso logrando una pequeña colaboración de la IMS para su mantenimiento. Hoy ya no tiene su apoyo. Solo se puede visitar coordinando con la familia.

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3 Comentarios

  1. Me llega especialmente el artículo sobre el Profesor Carlos Saavedra…
    Para mí es dificil explicar la emoción que provoca descubrír seres humanos tan maravillosos…debe ser porque además de ser yo otra apasionada por la antropología, arqueología y todo lo que atañe al hombre, la naturaleza y su historia y ciencia, reconforta pensar que en rincones olvidados por todos existen personas tan inmensamente ricas…
    Me encantó 👍👍

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