Mi gurisito

8
474

por Raphael Ficher

Imaginate por un momento
que entrás desde la vereda a la casa de tu abuelo.
Tus manos empujan suavemente la puerta cancel
y tus manos son pequeñas,
sin rastros de años o cenizas de tiempo.



Llegás con sed, porque corrías una carrera con los gurises del barrio, en la tardecita de enero. Te dirigís al patio de parras y antes de saludar, abrís la canilla de la pileta de lavar ropa y te mojás el pelo, mientras tragás un poco de agua fraguada por el duradero olor a jabón que siempre tiene esa pileta de piedra.

Te esperan caras que ya no están. Te hace flotar el olor del jazmín y allá en el fondo suenan las primeras carcajadas alrededor del mate.
Tú das pasos suaves, pero cuando te ve el abuelo, ves que su boca se mueve articulando tu nombre. Todos se callan, te miran y sonríen. Te ven sudado y con el pelo mojado. La abuela trae la torta. Un torta aireada y esponjosa con perfume a naranja.
-Si vas a seguir corriendo, tenés que comer.

El abuelo apaga el pucho en una latita vieja de atún. Se levanta (no sin un poco de dificultad), el asiento no es más que un círculo curvado de cuero vacuno ya lustroso por el uso.
-Mi gurí-dice mientras te abraza. -Mi gurí, mi gurisito- Y en ese abrazo se termina de secar tu pelo en una camisa blanca y transparente, entre el calor del día y del amor.
El viejo va hasta la cocina y saca de la heladera un frasco de dulce de higos. La abuela lo mira de reojo (la diabetes es insidiosa). Con el índice y el pulgar el abuelo pesca las frutitas (globitos de ámbar) y se los traga entrecerrando los ojos mientras los mastica. El dulce cruje en su boca cuando te llama con los dedos melados haciendo la señal del silencio maliciosamente.
Tu abrís tu boca y también probás del dulce. La torta, el agua de la canilla y eso, terminan de convertirte otra vez en niño.

Ya tus padres se levantan para irse. Escuchás el tintineo de las llaves y afuera todavía te llaman para jugar a la escondida. Los paraísos comienzan a exhalar mosquitos y los vecinos del barrio ya se autoflagelan con ramas del mismo árbol.
La abuela pulveriza el Flit y tu querés ayudarla.

Desde los roperos te invade el olor a naftalina y ya tus sentidos son un calderón sinestésico burbujeante. No te querés ir, porque en esa casa habitan fantasmas que te aman.
Pero el sonido de las llaves y un grito te apuran para que salgas.
La abuela te abraza antes de que vuelvas a ser hombre de nuevo, porque al entrar al auto los recuerdos se van a esfumar.

Tu tata se sentó en el patio a pitar de nuevo, mientras quema con el yesquero las barbas de su vieja alpargata. Cuando levanta la mirada te busca y sonríe. Sabe que no te va a ver más.
Podés leer de nuevo en sus labios. -Adiós, mi gurisito.

La puerta se cierra y tus padres ya discuten sobre el alquiler y la comida, pero si mirás por la ventana, vas a ver a alguno de tus amigos de pantalón rotoso, un viejo amigo que todavía te mira y te dice adiós con la mano.

otras publicaciones del autor

8 Comentarios

Responder a Alice Cancelar respuesta

Por favor escribe tu comentario
Escribe tu nombre aquí