por Wilson Frechero
Esa tarde de lluvia, el 188, con destino al Palacio, demoró más de lo habitual,
lo cual hizo que la garita pareciera chica en relación a la gente que había.
Bajo la lluvia, un hombre con un paraguas se acercó.
Impecablemente vestido, cuya postura ya dejaba entrever su educación.
Quizás incluso dominaba algún idioma y en particular de actitud muy sociable.
No me animé a arriesgar otro concepto debido a la estrecha cubierta de la garita,
que junto a la proximidad de la persona se me hacía difícil una visión integral.
Como siempre las personas con paraguas me producían el mismo efecto.

Todo comenzó, hace tiempo ya, en una tarde de descanso, en la quinta que mi abuelo había creado en el fondo de su casa de la calle Pedernal.
Aquel hombre, secándose el sudor bajo la sombra de la higuera, entre pequeños sorbos de agua, con su tacho de aluminio, siempre colgado en el mismo lugar, aprovechaba esos momentos para compartir conmigo algo de su sabiduría.
Ese viejo entrañable, me hablaba de cosas, difíciles aún para mi. como la diferencia entre cultura e información. Donde consideraba a los periodistas ,”cagatintas”, como él los llamaba, separándolos de todo concepto de cultura. Para el, la cultura, por ejemplo, era saber que el vino se trasegaba en menguante o la cantidad de sol que necesitaba la albahaca para crecer sana y fuerte.
En uno de esos ratos, me contó que eran los paraguas los que elegían a las personas y no al revés como se cree popularmente.
Que cada paraguas seleccionaba su pareja humana, según la personalidad de ésta, y de ahí la diferencia entre un paraguas y otro.
Estaban los copudos para personas formales y más bien conservadoras. Otros más bien llanos, para tímidos y generalmente inseguros. Los que marcaban exageradamente sus rayos metálicos, terminados en agresivas puntas para personas disconformistas y de juicios tajantes.
Así como también toda otra clasificación en base a los colores y texturas.
Incluso por su vínculo social con las personas, ya que ningún paraguas se dejaba tocar por monarca alguno. Ellos preferían vincularse a los esclavos, los cuales caminaban portándolos en torno a éstos.
Ni monarcas ni dioses tuvieron la suerte de tener un paraguas, así como tampoco los héroes lo tuvieron.
Estos datos me llevaron a entender, entre otras cosas, porque ninguna estatua de prócer o similar tenía paraguas.
Esta especie, históricamente tan vinculada a los hombres, era muy difícil de engañar. Si se arrepentían de su relación, ellos buscaban la forma de romper el vínculo. Ya sea escondiéndose en algún rincón de un espacio público, sala de espera o aprovechando la oscuridad del cine. O simplemente, aunque en forma más violenta, ante la menor brisa, dándose vuelta, hasta el extremo de quedar inservibles en una clara demostración de su rebeldía. Donde preferían la muerte antes que un vínculo sin sentido.
Este conocimiento, me daba la posibilidad de, por ejemplo, cuando comenzaba a llover en el estadio, y estos seres aparecían como hongos, inmediatamente comenzaba a discernir sobre el tipo de personas que concurrían al evento.
El análisis de dicho personaje que se me aproximó, conjuntamente con mis pensamientos, casi me hace perder el ómnibus.
Al sentarme y mirar por la ventana, ya no se veía.
En su lugar, otros inseguros, alegres, formales, tímidos, radicales, recorrían el barrio en diferentes sentidos.
Cada uno con su respectivo ser humano.



















