Tierra de faraones (III)

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por Mauro Barboza

Las pirámides, la Esfinge, el Cairo.

La tercera parte  de nuestro viaje nos devolvió finalmente a El Cairo,
la última y más nueva capital de Egipto.
El Cairo (Al Quaira), significa “La Victoriosa”,
su núcleo inicial data del siglo VII d.C.,
que para los musulmanes es el Siglo I de “la Héjira”,
la gesta de Mahoma y el origen del imperio.

Fue creciendo a través de los Siglos
hasta convertirse en el más importante
centro urbano y económico del país.
Pero sólo es oficialmente la capital de Egipto desde 1952.
Actualmente concentra unos 16 millones de habitantes
en la zona metropolitana.

El crecimiento de la ciudad
ha terminado por absorber a la antigua Memphis,
la gran capital del Imperio Faraónico en el III Milenio a.C.,
donde se encuentran las Pirámides y la Esfinge.

Es curioso,
en las fotografías se encargan de mostrarnos el cuadro de las Pirámides
que tiene  como fondo el desierto,
pero desde otros ángulos es posible observar
los suburbios de la ciudad de El Cairo,
que prácticamente las ha absorbido.

Ciudad del Cairo – suburbios

 Pero nuestra visita no empezó por las Pirámides de Giza, sino por el complejo funerario de Saqqara, donde se encuentra la pirámide escalonada del Faraón Zoser, que data del 2650 a.C. y es la más antigua de todas. En los pasillos interiores de esta pirámide se encuentran los jeroglíficos más antiguos encontrados, que datan de la misma fecha obviamente. Algunos detalles sobre esta pirámide: no es tan alta como las de Giza, pero es bastante imponente: su base principal, semi enterrada en la arena, mide 140 x 120 mts. En ella no fue encontrada la momia del Faraón, pero sí la de un funcionario y la de una hija suya de sólo 8 años de edad, a la que debió haber querido mucho, porque le reservó un lugar a su lado para la eternidad. Su constructor fue un tal Imenothep, del cual poco sabemos lamentablemente, porque fue el primer ingeniero y arquitecto registrado en la historia, y la pirámide del rey Zoser fue la primera y modelo de todas las demás.

La Pirámide Escalonada o del Faraón Zóser
las más antigua y modelo de todas las demás, 2650 a.C.

   De Saqqara nos trasladamos en una camioneta Van hasta Giza. Para hacerlo transitamos por barrios polvorientos y muy pobres, semejantes a nuestros asentamientos. Las Pirámides en cambio impactan, en sí mismas y por todo lo que representan. Recordemos las palabras de Napoleón a sus soldados: “¡Desde lo alto de esas pirámides cinco mil años de historia os contemplan!”. Por supuesto son muy visibles desde lejos y posiblemente las mejores vistas son las que se perciben desde cierta distancia, pero para ingresar a la vasta explanada de las Pirámides, rodearlas, caminar sobre ellas, es necesario pagar una entrada, de unos 10 Euros, y si quiere ingresar a las mismas y recorrer sus entrañas, la entrada cuenta el doble. Claro que por lo general, estos gastos están incluidos en el costo de las excursiones. Yo pude entrar unos veinte metros en la gran pirámide, y luego el calor, el cansancio y la sensación de encierro, me hicieron desistir. Son pasillos lóbregos, que se abren de tanto en tanto en una recámara no mucho mayor, y no existen las paredes profusamente decoradas con pinturas y jeroglíficos, como en el Valle de los Reyes.

El gran espectáculo es el que se ve desde afuera. Las tres pirámides fueron construidas por orden de los faraones Keops, Kefrén y Micerinos (nombres traducidos al griego por el gran historiador Heródoto). El primero fue Keops, que tenía con Kefrén y Micerinos una relación de parentesco obvia, ya que todos pertenecían a la familia real. Al parecer eran padre, hijo y nieto, respectivamente, y se empezaron a construir alrededor de 2550 a.C., un siglo después de la pirámide escalonada.

“La foto japonesa” según nuestro guía.
Contrastes: camellos en primer plano y al fondo la ciudad de El Cairo (la Victoriosa)


Heródoto las ubicó entre Las Siete Maravillas del Mundo, y es la única que se conserva hoy en día. Las tumbas, pese a encontrarse en lo más profundo de las gigantescas estructuras, protegidas por toneladas de roca, fueron encontradas y saqueadas hace muchos siglos, por dentro y por fuera, ya que los turcos las despojaron de su revestimiento de alabastro para usarlo en la construcción de sus propios palacios. Solo la pirámide de Kefrén conserva en la cima parte de su revestimiento original. Asimismo, en la pirámide de Micerinos, se encontró un sarcófago de piedra, que se suponía perteneció al propio faraón, pero insólitamente, enviado a occidente. ¡Se perdió en un naufragio frente a las costas de España! 

A su costado se encuentra otro monumento espectacular, y que ha dado lugar a todo tipo de especulaciones y fantasías: la Esfinge. En realidad se trataría de un templo consagrado a Ramsés II. Está bastante bien conservado, salvo su nariz, que no se sabe bien por qué está semi destruída. Algunos lo adjudican a desprejuiciados soldados musulmanes, que usaron la estatua como blanco para sus disparos. Nuestro guía Tahel, un simpático y culto musulmán con formación universitaria, nos contó otra versión. Según él fueron los primeros cristianos, quienes no solo arremetieron contra la esfinge, como símbolo de una religión pagana, sino también contra otras estatuas y jeroglíficos, que fueron rayados cuidadosamente con instrumentos filosos. A estos últimos, tuvimos oportunidad de verlos en algunos templos, donde muchos jeroglíficos y figuras esculpidas en las paredes fueron cuidadosamente borroneados, como un escolar hace con las páginas de sus cuadernos. No lo pongo en duda, porque los primeros cristianos hicieron lo mismo en el Partenón, en Grecia, donde destruyeron la mayoría de las estatuas con las que Fidias había decorado el frontispicio. Los primeros tiempos de una religión triunfante siempre fueron duros para quienes los precedieron, que fueron, justo es consignarlo, los opresores del pasado.

Esfinge y pirámides e Kefrén y Micerinos

Otro mito que destruyó nuestro amigo Tahel fue el “prejuicio occidental” de que las pirámides fueron construidas por esclavos. Según él, los constructores fueron trabajadores libres, bien pagos para la época, y que hasta tenían una especie de sindicato, ¡si no les pagaban, paraban la obra! No sé si será cierto, pero me gustaría que fuera verdad, realmente. Aumentaría mi admiración por las gigantescas obras faraónicas.

Por supuesto tratándose de Egipto, un país musulmán, abundan las mezquitas. Con las mezquitas me pasó lo mismo que con las catedrales cristianas, al final me tenían un poco aburrido, y me resistía a acompañar al grupo. En París tuve un pequeño conflicto con un guía que insistía en llevarnos a visitar Sacre Coeur, y yo quería ir al Museo de la Edad Media, en Cluny. Resultado: ¡me bajó del ómnibus y tuve que ir por la mía! Hasta mi compañera me abandonó ese día, más interesada en la maravillosa iglesia, justo es reconocerlo, que en la Edad Media. Es el problema con las excursiones, no siempre tus intereses coinciden con los del grupo.  También en París la excursión tuvo que dividirse en dos grupos una tarde: los que queríamos ir al Louvre por un lado, y los que querían ir a las galerías Lafayette por otro.

Sarcófago de Tutankhamon

Pero volviendo a Egipto, una visita obligada es el Museo Egipcio de el Cairo. Allí, entre muchas maravillas, se encuentran el sarcófago y la máscara funeraria de Tutankamón, ampliamente conocidas, y otros muchos objetos encontrado en su tumba, la cual también visitamos en el Valle de los Reyes.

Museo egipcio de El Cairo.
objetos encontrados en la tumba de Tutankhamón


Llama la atención la cantidad de objetos arqueológicos e históricos que dejó la antigua civilización del Nilo, que están sembradas a lo largo del país, pero que además han llenado museos en países como Francia e Inglaterra. Sólo en el Louvre, el sector egipcio tiene cuarenta salas, ¡sí, cuarenta salas! Como para perderse, doy fé, yo me perdí… Incluso en Montevideo, en el Museo de Historia del Arte de la Intendencia de Montevideo, es posible visitar una sala egipcia cuya atracción principal es la momia de la Sacerdotisa Esoeris, que murió joven y bella, según los expertos, y que fue traída a Uruguay en el SXIX. Hoy es parte del Patrimonio Nacional.

Sobre la ciudad del Cairo algunas cosillas, pocas, porque no tuvimos muchas oportunidades de recorrerla. Impresiona por su tránsito infernal, igual al que encontramos en Estambul, pero mucho más desordenado. Hay pocos semáforos, y pone los pelos de punta ver a la gente cruzar las anchas avenidas en medio de un torrente de autos que circulan a bocinazo limpio. Le dijimos a Tahel que nos parecía tremendamente riesgoso atravesar las calzadas con ese tránsito, a lo que nos contestó que no era para tanto, que “los transeúntes miran al conductor y viceversa, establecen un contrato visual y acuerdan quién pasa primero”, textual. Debe funcionar muy bien porque no vimos ningún accidente, pero yo no me atrevería, la verdad.

paisaje urbano El Cairo

Otro aspecto llamativo de la sociedad egipcia son los minúsculos burritos o pollinos que suelen utilizar como instrumento de carga y transporte en los barrios bajos, aunque igual que en algunas grandes ciudades latinoamericanas, no es infrecuente verlos en pleno centro, entreverados en el tráfico infernal. Provocan un poco de lástima, la verdad, pero parecen llevarse bastante bien con el trabajo.

Luego están los “souvenirs”, ¡qué tema! Es una industria muy desarrollada, y realmente producen objetos muy atractivos: sobre todo estatuillas y papiros y hay para todos los bolsillos. Sólo en Atenas vi una profusión de suvenires tan variada y de bastante buen gusto. El problema es la bandada de vendedores callejeros, que persiguen a los turistas en torno a los lugares en que estos se concentran.  Sus estrategias son muy variadas, y la insistencia es su mayor atributo. Eso sí, están acostumbrados a regatear y no se ofenderán si el potencial comprador trata de tirarle abajo todos los precios, porque siempre empezarán por una cotización muy superior al precio real del objeto. Pueden llegar a ser muy insistentes, casi insoportables y muy taimados. Una vez que concierte un precio, se recomienda pagar la cantidad exacta, porque extraerles un vuelto ¡es más difícil que agarrar al correcaminos!

Pregunté al guía si existía algún lugar donde comprar tranquilamente sin tener que pasar por esa ordalía y me contestó que no, que las agencias turísticas hablaron mucho con los vendedores para hacerles comprender que su comportamiento no era bien recibido por los turistas, pero que no obtuvieron éxito. Están convencidos de que esa es la forma correcta y que no hay otra. Sin embargo, ese lugar existe. A la salida del Museo de El Cairo (no a la entrada), dentro del mismo, hay una especie de galería en la cual se puede observar y elegir tranquilamente de acuerdo a nuestro gusto y posibilidades. Yo adquirí a buen precio y conservo con orgullo unas pequeñas copias en alabastro del busto de Nefertiti, la Esfinge y unas reproducciones de páginas del Libro de los Muertos, impresas en legítimo papiro del Nilo.

La luna musulmana preside la escena
y la voz en off de Omar Shariff, ¡grandioso!

.

A la noche concurrimos a un espectáculo de luces y sonidos en las pirámides, que fue un hermoso cierre para un estupendo viaje, que tuvo sus momentos culminantes en el crucero de cuatro días por el Nilo. Al otro día comenzamos el viaje de regreso y nos llevamos la impresión de que el ancestral Egipto, una de las cunas de la civilización actual, es un país al que vale la pena visitar al menos una vez en la vida.

Mercado de El Cairo

Último día en Egipto. Una taza de té frío en la plaza del mercado con una pareja de amigos sevillanos.

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