por Raphael Ficher
La niña miraba a los otros niños con tristeza.
La fiesta estaba hermosa,
llena de globos de colores y dulces,
pero ella no había sido invitada.
Nunca la invitaban.
Era una niña (según la miradas de la época), fea.
Con el pelo seco, la piel granulada y olores fuertes a criatura.
No hablaba mucho y cuando lo hacía,
su voz era como el pitido de un insecto que se llevaba el viento.
Lo cierto es que su mirada vagaba por entre los otros niños que jugaban felices, con las bocas colmadas de merengues de colores, mientras su invitación nunca había sido escrita. A ella, no la querían.
Sus padres ya no estaban, nadie la protegía, salvo una luz que ella creía divisar las veces que se creía dormida. Sabía que no estaba sola, pero la angustia de las fiestas era lo que la irritaba y la hacia un poco oscura.
Se entretenía en ciertas fecha reventando globos con sus uñas negras y le parecía que con solo mirar de mala manera a la torta, ya la crema se hacía agria y el bizcochuelo rancio.
Cargaba contra los niños más felices y los hacía tropezar con partes de su vestido.
Me olvidaba de escribir, que a veces, sólo a veces, su aliento frío apagaba la velita antes de que el cumpleañero acercara sus labios a la llama.
Entre papel picado y serpentinas, su miraba flotaba por la alegría para la cual ella no había sido elegida.
Puedo decirle al preciado lector, que no sólo los gatos tienen una mirada extraordinaria, también la tienen los payasos, que a través de su máscara de pintura facial la veían llorar por entre los rincones de la casa. A veces le acercaban un globo largo como un chorizo y le cantaban una música melancólica que congelaba el alma.
La miraban llorar y sus sonrisas postizas languidecían y se desintegraban con la mirada de la pequeña.
En los momentos ápices de las fiestas, la niña que no había sido invitaba, provocaba incendios en la cocina, hacía indestructibles a las piñatas y destrozaba contra el suelo los regalos más caros. A veces rajaba los espejos y grababa su mirada en la penumbra de los reflejos.
El cumpleañero lloraba y meaba las almohadas en las cuales lo habían sentado, resabiado por no haber invitado a la niña que ahora expandía sus dedos en los manteles de colores. Y los dedos, los dedos de ella eran como ramas flacas, podridas por la tristeza de no tener amigos y no tener regalos.
Es eso lector, pues la niña, como por decir niña, no estaba en el cumpleaños, en ninguno de los cumpleaños…o por lo menos su cuerpecito no estaba, pues estaba enterrado en el cementerio central.
Lo que se veía de ella, era el fantasma, el espectro. Y los payasos le daban un globo a la nada, las velas se apagaban solas y los espejos se quebraban ante un alma en pena, que vagaba por entre calles de serpentina rogando “por favor”, en el oído de los niños vivos, que la invitaran a su cumpleaños.



















