por Wilson Frechero
Cada tanto vuelvo al barrio.
Esa tarde la calle estaba desierta.
Casi escenográfica.
Pareciera que en algún momento se desplomaría alguna fachada,
dejando ver la gran mentira.
La alineación irregular de las viviendas, resaltaba aún más con la ambivalencia de una vereda al sol y otra a la sombra. La soledad aumentaba la expectativa de que algún hecho cotidiano, rompiera esa imagen congelada, sin vida.
Tensión pura y silenciosa.
Las rejas color óxido de algunas casas, mostraban la evidencia de un pasado más digno, aprisionando jardines urbanos que luchaban por existir.
Otras, volcadas a la calle, añorando ese jardín que nunca tuvieron, marcaban su presencia hasta el límite admisible. Pórticos inertes con llamadores de bronce gastado, esperando pacientes la mano que los descubra.
Muros ciegos generando expectativas por el “más atrás”, solo coronado en parte por alguna madreselva o similar, que se asomaba como única expresión de vida, servían de soporte para artistas callejeros y alguna consigna gastada por el tiempo.
Cuantas historias se habrán recostado sobre estos, cuantas manos se habrán apoyado, cuantos orines habrá soportado…
En algunos rincones de sombra perenne, dominaba el eterno musgo conquistador.
Y en pequeñas rajaduras también la vida intentaba abrirse paso.
Las veredas irregulares de coloridos remiendos y también ausencias, se presentaban vencidas por el peso y paso de los años de aquellos, hoy, invisibles habitantes.
Entre ellas, en un espacio cuidadosamente reservado, los fresnos salían como de la nada. Sensación de una lucha vencida al pavimento, condicionando sus formas caprichosas en busca de la luz vital. Que en cada estación obstinadamente continuaba, y volvían a vencer en una nueva y eterna etapa.
En la vereda al sol, la luz que se filtraba entre sus ramas, transformaban las fachadas en un plano de diferentes tonos, camuflado y móvil.
Entre ambas veredas, la calle.
La vía, el límite, el espacio que junta y separa. Muestrario de remiendos en tonos de gris de cordón a cordón. Hoy vacío, licenciado de sonidos, parecía más grande que siempre.
La soledad, a veces tiene eso, agrandando más las ausencias y dejando el hecho en su desnudez plena.
Sobre esa calle, en algunos puntos, una maraña de cables lograba saltar esa distancia, burlando el límite, rebotando y cambiando el rumbo sin parar hacia un destino aparentemente infinito. La soledad también tiene eso, en cierta medida, también permite, autoriza.
De no ser por ella, esa tarde, posiblemente no hubiera escuchado tremendo bullicio.
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