La novia de piedra en el cementerio

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por Raphael Ficher

La leyenda es tan triste
como la figura que se apoya
ante el busto frío del hombre.

Esa mujer de piedra,
en el cementerio de Santana do Livramento,
parece que se está desmayando,
y muchos que logran entrar al camposanto por la noche,
afirman que han escuchado a la estatua llorando
y que al amanecer sus lágrimas emulan el rocío.



Lo cierto que la mujer que ahora parece petrificada eternamente, supo vivir como una joven igual a otras, de pelo rubio y ojos tan profundos y negros como el vórtice de un acantilado.
Si hoy vamos, podemos ver la piedra que nos muestra su figura, una silueta congelada para siempre en las fauces del tiempo, una silueta condenada a llorar para siempre a causa del suicidio.

La bella dama que vivía en la frontera, lograba atraer todas las miradas, no obstante no correspondía a los que la buscaban bajo la sombra de los paraísos de la ciudad. Caminaba como si flotara a dos centímetros del suelo, hablaba muy bajito, como si su garganta estuviera ensamblada con tubos de cera y sus cejas le daban un aspecto muy triste y atractivo. El hombre la vió un día de feria y decidió en el acto que aquella mujer sería su esposa.

cementerio de Santana do Livramento – RS


Tenía negocios en ambos lados de la frontera y gozaba de un cuerpo pulido por el trabajo, el sol nunca lograba encontrarlo en la cama.
Su ropa de varón anticuado era impecable (como lo era la ropa de la mayoría de los comerciantes de la época) y su mostacho pinchaba para ambos lados de tanto aliño que tenía. Sus negocios turbios con el contrabando desde Brasil a Uruguay, lo hacía medio riverense y medio santanense, pero como hablaba y escribía perfectamente en las dos lenguas, nadie supo nunca su exacto lugar de nacimiento.
Al ver pasar a la muchacha por delante de su mercado mayorista, apretaba aún más el lápiz en su hoja de balances, mejorando con saña su ya perfecta caligrafía.

La primera carta le llegó a ella cargada de esas mismas letras y en poco tiempo se formó un amor epistolar que bien podría regresar a estos tiempos, ya que las cartas de él, eran con cursivas sugerentes y curvas y las respuestas de ella, venían en papeles satinados con perfumes a veces inhumanos, pero muy dulces.
Comenzaron a verse y a sentir el amor a través de unos pocos meses. No se podría negar que hacían una pareja perfecta.
Él con su erecta figura similar a un roble, y ella, engarzada en su brazo con la mirada perdida en el pozo del amor.

Marcaron un matrimonio apresurado, como lo eran los ardores de aquellos cuerpos. Pero antes de la boda, él la tuvo un momento sola en su casa. Ella se dejó hacer y pidió perdón al cielo por ceder al acto físico antes del matrimonio.
El hombre la contuvo en sus brazos, como si ella no gozara de peso. Su figura de adolescente entrada en carnes, se derritió ente la furia amorosa de su futuro marido. Cerró los ojos y otra vez (antes de que llegara alguien), se entregó al futuro padre de sus hijos.
Sus encuentros furtivos eran un desparramo de deseo, mientras tanto, los preparativos del casamiento no cesaban.

Los cocineros eran elegidos a dedo, la luna de miel (una extravagancia para aquel tiempo), sería en Montevideo, en el onírico Palacio Salvo. El vestido había sido encargado de Italia y hasta se había contratado a un violinista de Alegrete. El hombre era ciego, pero ella pensó que eso le daría un aire más místico a la unión.

A la semana del evento, la futura novia estaba probando uno de los merengues plateados de lo que sería su gran torta casamiento. La clara batida con el azúcar, la hizo gemir de placer y con los labios todavía melados, salió corriendo en dirección a la casa de su amor. Quería que el probara de sus propia boca el postre que los uniría en la eternidad.
Al entrar al mercado, pudo notar la ausencia del dueño, no obstante, la puerta estaba abierta. Entró en silencio al depósito y allí, encima de las hediondas pieles de vaca y pelegos de oveja amarronados, él besaba intensamente a su prima, una joven de la misma edad que ella.
Él le bajó los besos al cuello hasta que vio a la mujer desesperada que ahora miraba a los dos mientras las saladas lágrimas le caían por la comisura todavía dulce de sus labios.

Los que se besaban la vieron y comenzaron a reír. Era obvio que a él no le importaba haber gastado aquella fortuna en el casamiento, y la otra mujer gozaba con tener en brazos al mayor contrabandista de tabaco y pieles de la frontera.
Dicen que la que ahora es la novia de piedra, salió del local directo a su casa. Lloró casi un día entero, hasta que le llegó la carta de él, poniendo un término al casamiento. La letra era inconfundible, pero ahora venía en imprenta y en un papel ordinario.

La que sería su futura novia, vistió el atuendo que había llegado de Europa, abrió la cajita en donde estaban los anillos que él había comprado y se puso el más chico en la mano izquierda.
Tomó asiento vestida de blanco en una de las sillas coloniales que hacían parte de la mesa de su casa paterna. Escribió algo en uno de los sobres en donde colocaban algunas de las ya enviadas invitaciones para la fiesta y con un abre cartas se abrió los pulsos.
Hincó el metal en su carne dejando escapar toda su sangre enamorada, mientras lloraba y gritaba de dolor y de pena. Su vestido no tardó en adquirir un tono escarlata y la joven terminó muerta y fría bajo la luz de una tarde gris en la ciudad de Santana do Livramento.
Los que la encontraron, notaron que sus ojos todavía abiertos lloraban sangre, que tenía una película blanca que le cubría los labios y el anillo que brillaba sin uso con todo el peso del oro en su mano.

Los años pasaron rápidamente y él también murió. Dicen que de tuberculosis. Murió sólo en su casa, sin esposa, sin hijos, sin nietos.
En su tumba irguieron un busto dado a la alcurnia de tan distinguido caballero, pero a los pocos meses, también construyeron sobre su tumba, la figura de una novia que llora y que se apoya con todo su vestido, con un ramo de flores y con el anillo en el dedo, para que todos vean el producto de la traición.

Muchos dicen que esa estatua es el cuerpo amortajado de la novia que fue bañado en cemento, y que ella sigue bajo la capa de piedra pudriéndose sobre el descanso de quien la traicionó. Dicen que fue su deseo, su deseo escrito en el sobre de la invitación maldita.
Muchos la vieron vagar desesperada por el cementerio de noche, corriendo y gritando mientras que de la larga cola de su vestido se desprendía un color entre blanco y rojo punzó.





Una mañana (casualmente en uno de los aniversarios del casamiento anulado), el niño Ramón Andrade, que había acudido con su madre a llevarle flores al memorial de su difunto abuelo, se acercó a la novia de piedra desoyendo los llamados de su progenitora. Logró sentir un olor pútrido que fluía de la piedra como si esta fuera la boca de un perro viejo, y no tardó en sentir el llanto, bajito, como si una garganta ensamblada en seda se quejara del infierno de los suicidas.


Dicen que todos los años la escuchan llorar, que a veces la piedra parece moverse, que las expresiones de la novia cambian de acuerdo a la luz del día.
Muchos afirman que la parte de la piedra que forma un anillo en su mano, brilla más.



Lo cierto es que el joven Ramón jamás volvió a acercarse a la mujer de piedra, y que muchas noches sueña con ella. Sueña que ella lo despierta, que una mano flaca y polvorienta le sacude el hombro y llora en una sutil plegaria al lado de su cama. El niño la mira a la cara, pero su rostro no tiene ojos, es un bulto de piedra gris con vetas negras que abre una boca descomunal para gritar y pedir auxilio o perdón.
El fantasma habla y dice: Fala para ele mandar os convites. Fala para ele experimentar o bolo, pelo amor de Deus. Fala para ele casar comigo, fala para ele casar comigo, fala para ele casar comigo, fala pera ele casar comigo…

Si se va al camposanto, se la va a ver, llorando eternamente reclinada con pena sobre el busto del que se llevó su virginidad y su vida. Se la ve con cara de tristeza hundiendo sus manos en el mojón que representa al traidor.
Se la ve en los días de lluvia acumulando más agua sobre sus mejillas esculpidas por carne o cincel y si se afina la nariz se sentirá el olor dulce mezclado con el de la podredumbre, y si los árboles callan su rumor, se la escucha llorar bajito, como si su boca, por debajo de la piedra, continuara diciendo: Fala para ele casar comigo, pelo amor de Deus.

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9 Comentarios

  1. En el año 1970 cuando llegue a la frontera fue la primer historia que escuché de la frontera y ahora la leo por este medio y recorde mi
    infancia en inmediaciones del parque Internacional.

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