La Peña

1
305

por Wilson Frechero

Por suerte aquella sana costumbre
se estaba consolidando en esos encuentros que,
cada tanto, realizábamos para almorzar juntos.

Eran ratos que no sé por qué,
quedaron en que fueran los viernes,
quizás para rematar la semana
con un encuentro puramente afectivo,
independiente del menú.

Eran muchos ratos de vida compartida,
que fuera ese día, nadie lo cuestionaba,
solo bastaba una convocatoria
de cualquiera de nosotros para estar allí.

Era como el ambiente ideal,
un boliche de barrio,
un espacio sin lujos ni brillos,
con olor a comida.

Una parrilla que Braulio, el asador, siempre tenía prendida, esperando la orden y el fondo de un murmullo constante de otras vidas que no molestaba.
Incluso la atención acompañaba, de un modo que no interfería con la dinámica de la reunión.

Podría caer en el facilismo de que nuestra comodidad era en parte porque aquellas paredes sin revoque, ese equipamiento sencillo, casi humilde, ese ambiente de fonda, tenía mucho que ver con nuestras vidas, pero prefiero no entrar en una especie de análisis psicológico para el cual no estoy capacitado, por lo tanto, dejémoslo solo como una intuición.

Ese día, luego de pedir el plato, me separé para ir al baño.
Cuando giré, algo me impactó. En una de las mesas contra la pared, estaba Claudia, que mientras giraba la cuchara de café, me hizo un gesto con la cabeza, invitando a sentarme. A Claudia hacía muchos años que no la veía, aunque aquel rostro mantenía los rasgos que tanto disfruté los años que estuvimos juntos.

Era imposible negarse a ese torbellino de imágenes y recuerdos que me atropellaron y sin dudarlo, me senté.
¿Cómo estás José?
Bien –le dije aún confundido por el encuentro- no sabía que vivías o parabas por acá.
No, ni vivo ni paro por acá, solo necesitaba contarte algo.
¿Pero cómo supiste que estaba aquí ?
No importa en este momento.
Créeme que todavía me cuesta darme cuenta de que estoy hablando contigo.
Lástima no tener tiempo…vine con unos amigos y..
Tranquilo José, hoy tampoco importa el tiempo. Hoy lo que importa es contarte alguna cosa.

Es que paso mucho tiempo y creo que habría mucho para contar
No…lo nuestro más que “hace mucho”, es que fue intenso, de ahí que parece mucho tiempo. Siempre recuerdo cuando vimos cinco veces la película del festival de Woodstock en el cine Liberty y volvíamos caminando tiernamente abrazados, parando en cada rincón, y yo segura de que aquella felicidad duraría para siempre.
Como no recordarlo…

Fueron muchas cosas José. La militancia, la playa, el sexo primario, cómplice y apurado, las risas… muchas risas. Pero en determinado momento preferiste la juventud a la ternura.
Para Claudia, te puedo explicar…
No José, este rato no es para explicar nada, sería desaprovecharlo en excusas inútiles y complejas difíciles de creer.
Créeme….
Discúlpame, hoy no me interesa creerte. Solo quiero que sepas que no te diste cuenta…
¿De qué Claudia?

De que era la mujer que se formó contigo en casi todo y compartió ese crecimiento al punto de creerme que nuestros sueños, de los que tanto hablábamos, eran realmente nuestros sueños. Y un día, luego de infinitas llamadas sin respuesta, me quedé con todos esos sueños sin saber donde dejarlos, y ya no me acompañaban, me dolían. Y con los años, esos sueños, fueron quedando junto a los honorarios de mi terapeuta hasta vaciarme…y luego la nada. Y envejecí sin superarlo en esa nada. Así fue el resto de mi vida José, luego de aquella opción.
Te puedo explicar…
No, no insistas José, solo quería que cerraras una historia que te había quedado inconclusa, me pareció que lo necesitabas. No te culpes, simplemente… no te diste cuenta.
Perdona Claudia, voy hasta el baño.

Me levanté bastante confundido y me lavé la cara varias veces, tratando de sacarme todo aquello de encima antes de volver.
Cuando salí, la mesa estaba vacía. Desde la puerta, antes de irse, Claudia con una sonrisa mansa, me levantaba la mano en señal de despedida.

Volví como pude a la mesa de los muchachos, pensando cómo explicar lo ocurrido. Pero nada, era como si no hubiera pasado el tiempo, nadie hizo referencia al rato de mi ausencia y la reunión siguió como si nada. Casi inmediatamente trajeron los platos, aunque mi cabeza demoraba en volver.
Inevitablemente, ese encuentro me acompañó el resto de la semana, buscándole un sentido que nunca encontré. Pero aquel “no te diste cuenta”, me acompaña hasta ahora.

Los días que siguieron, volví un par de veces a sentarme en el bar, definitivamente esperando a Claudia. Pero nunca apareció. Solo la mirada transpirada y cómplice de Braulio al despedirme cada vez que me iba, me hacía pensar que algo especial había ocurrido.

Pasaron un par de semanas y otra convocatoria de aquellos “compañeros del camino”, como me gustaba llamarlos, volvió a juntarnos en La Peña. Esta vez solo éramos cinco, pero ese cuórum bastaba para un almuerzo de charla, risas, un vino y alguno de los cuatro platos que tenía el menú.
Esa mañana llegué último y luego de los saludos, al ver que ya habían pedido, dejé la campera en el respaldo de la silla y me fui hasta el mostrador a buscar el menú. No bien lo tuve en mis manos una voz afónica me comentó:
Flaco, entrale a la lasaña, hoy está muy buena.

Solo los muy conocidos me llamaban flaco y cuando miré hacia el costado me sorprendí al encontrarme con él. Allí estaba, parado en el mostrador al lado mío, al Chiche Souza, el “Canario”. Con su armado apagado en la comisura de los labios y su amarga con vermut, con dos hielos, en la mano cuyo codo descansaba en el mostrador.
¿Chiche, sos vos? Pero cuento hace….
Le pregunté como mirando un fantasma.

Y…mucho, como 40 años. Dejando asomar una incompleta y amarillenta sonrisa.
Pero yo pensé…
Vos flaco, pensaste lo que pensaron muchos
A que te referís
A que me borre después que aquellos días.
No entiendo
Yo sé que lo entendés flaco, a esta altura no hace falta que te hagas el boludo conmigo. Vos también pensaste que me había borrado porque canté y negocié mi salida. Y que por eso cayeron luego los tres compañeros de los cuales dos, nunca más se supo de ellos.

Chiche, es que fue como muy casual
Y fue casual, y me banqué esa mochila todos estos años. ¿Sabés por qué me borré?.
No
Por miedo. Después de las biabas, durante tres días con sus noches, casi inconsciente y suponiendo que se les había ido la mano, me tiraron en un zanjón de camino Mendoza. Y sabés una cosa, me daba tanta vergüenza decir que tenía miedo, que luego de varios días con cuatro trapos y un pulmón menos, me tomé los vientos para Cerro Largo. Conseguí una changa en el campo y allí me quedé.

¿Y los otros compañeros?
Ya estaban marcados….
¿Porque no hablaste en el momento?
¿Vos sabés lo que es tener miedo flaco?, pero miedo. Sabés lo que es respirar con un pulmón solo, cuando te despertás empapado en sudor por pesadillas que no podés controlar?. Esas noches en la 13, pensé que era boleta..
En ese momento, el Chiche tomó mi mano y se la puso bajo la axila derecha. Allí donde tenía que haber carne, se palpaba un gran hueco, que al final llegaba a una dureza parecida a un hueso.

Si hubiera hablado flaco, quizás ahí no estaba vacío. En aquellos años los “revolucionarios” no podíamos tener miedo. Preferí desaparecer antes que renunciar por miedo a la causa, pero pagué carísimo ese miedo. Después me enteré que el Chiche pasó a ser un traidor. Por todo eso, flaco, te lo tenía que hacer saber.
Como me ubicaste?
No importa cómo, lo hice…me voy flaco, cuidate.
Pero esperá, después que almuerce vemos…
Chau flaco…..
Le pegó el último trago al vaso, dejo un par de billetes en el mostrador y se fue entre las mesas, tratando de no pegarle a nadie con su bandolera de cuero gastado que usó toda la vida.

Más confundido que nunca, volví a la mesa. Alvaro ya había empezado con sus cuentos, Diego tiraba fotos para la posteridad, Alejo y Juan compartían recuerdos y yo obviamente…pedí lasaña.
Algo estaba pasando, esa mañana tampoco nadie me preguntó con quién estaba o con quien me había encontrado.
Pero algo empecé a suponer. Nosotros nos reuníamos por necesidad. Por la necesidad de ese espacio cálido que te ofrece la memoria.
En esa mesa había memoria compartida y no sé por qué mecanismo, esa memoria, en ese ambiente, cruzaba las historias comunes y disparaba las propias. Las cuales no eran ni más ni menos, que las que llenaban los huecos que unían las de cada uno en esos encuentros.

Cada invocación de una historia común entre nosotros, estimulaba la propia, en ese espacio de memoria íntima y personal.
El ambiente hacía el resto. Posiblemente, tampoco era casualidad.
Posiblemente, en esos encuentros, cada uno de nosotros también iba cerrando historias propias como piezas de un rompecabezas.
Algo o alguien, nos había dado la oportunidad de juntarnos, volver y cerrar aquellos temas que la memoria, cómplice, supo esconder.

Me fui un rato antes, no porque no pasara bien, necesitaba pensar. Esta vez no esperé a Pablo, que por problema de horarios siempre llegaba al postre. Pero nunca faltaba.
El también no quería dejar pasar la oportunidad de compartir memoria o también, quizás, de cerrar historias.
Después de saludar a cada uno, me dirigí a la puerta. Braulio levantó su mano en señal de despedida con ese gesto fraternal que siempre regalaba y salí.

Había bajado la temperatura y mientras me ponía el abrigo, giré por la calle lateral y en la última ventana del bar, quedé congelado de la impresión. Sentado en una mesa individual, la figura de mi padre.
El viejo, con una sonrisa en todo el rostro, porque el se reía así, con todo el rostro, me hacía el gesto de remolino con el dedo índice de la mano derecha como indicando “la próxima” y con una corta guiñada nos quedamos mirando.
Creo que fue una eternidad, pero no resistí la tentación y volví a entrar lo mas rápido que pude. La mesa estaba vacía, no había nadie sentado en ella. Me di cuenta que Braulio me miraba de reojo mientras disimulaba, acomodando las brasas y volví a irme, no sé cómo.

Caminé no sé cuánto ni a donde. Mi cabeza no podía desprenderse de aquel gesto ni de aquella sonrisa. Revisaba mentalmente, una y otra vez, como sería esa charla, por donde empezar, si me daría el tiempo. Y sin darme cuenta ni quererlo, lloré.
Fueron días raros, esperando con ansiedad la próxima convocatoria. Los hechos se habían sucedido siempre, cuando era otro el que armaba la reunión y al no querer arruinarlo, esperé.
Pasaron dos semanas y la convocatoria de Juanca me alteró la jornada, al otro día nos reuníamos nuevamente en La Peña.

Esa noche repasé hasta lo imposible como enfrentarme a ese encuentro, como preguntar sin dolor, como escuchar sin llorar, como afrontar otro último abrazo, hasta que, agotado, me dormí.
Y llegó el día.
Si dudarlo fui el primero en llegar.
Ya próximo a La Peña, me llamó la atención un grupo de gente ante la puerta que parecía cerrada.
Cuando llegué, había un murmullo de voces bajas en torno a un pequeño cartel pegado con cinta donde escrito con marcador negro se leía “cerrado por duelo”.

Esa mañana temprano, ya con el fuego encendido, encontraron a Braulio caído boca abajo sobre un pedazo de vacío que nunca llegó a la parrilla, aparentemente, el corazón.
Mi confusión y desazón no tenían límites. No podía creerlo.
Es posible que lo que iba a suceder superaba los límites, no sé. ¿Por qué Braulio?
Quizás La Peña, no era solo un bar. Quizás era una grieta atemporal, donde se cerraban historias, cuando uno traía su porción para compartir con el otro, como las presas de aquella parrilla, donde el asador determinaba si estaban a punto para dejártela en el plato.

Quizás sea un disparate, pero me hubiera gustado pasar aquel límite. Es posible que todos nosotros, sin decirlo, íbamos cerrando historias en cada almuerzo, en ese conjuro que se produjo en ese lugar.
Es que la memoria mantiene guardado algunos hechos más que otros, quizás en una actitud de protección, quizás por una negación, o quizás la verdad no exista y se ampare en ese derecho.
Quizás por eso, Braulio no me dejó cerrar la última historia.

Lo que si comprendí, es por qué nuestros almuerzos de los viernes, se había dado en ese lugar de tan solo cuatro platos, de paredes sin revoque, donde nuestras historias con olor a comida se entrelazaban en una historia común aún sin descifrar.

Y también comprendí, que no fuimos nosotros… fue La Peña la que nos convocó.

otros relatos del autor

1 Comentario

Deja una respuesta

Por favor escribe tu comentario
Escribe tu nombre aquí